Dale, tomate una… .François Graña

20.06.2026

Nos merecemos información honesta, y no marketing de una industria que mueve miles de millones de dólares al año.

 

Hasta hace unos pocos años se creía que el alcohol mataba neuronas, pero recientemente se ha establecido que las cosas son más complejas. El etanol es una molécula muy pequeña que atraviesa con facilidad la barrera de vasos sanguíneos que protege el cerebro de sustancias dañinas. Es por eso que los efectos del alcohol son tan rápidos y directos. En realidad, hace algo más dañino que matar neuronas: corta los canales de comunicación entre estas; no daña el cuerpo de las neuronas sino las dendritas, que son como tentáculos que comunican a las neuronas entre sí. Menos dendritas significa menos conexiones, menos comunicación. El alcohol afecta un neutrotransmisor inhibidor que se ocupa de frenar la actividad cerebral; es por eso que después de tomar uno se siente relajado, desinhibido, menos ansioso. Al mismo tiempo, el alcohol también bloquea el glutamato, que es el principal neurotransmisor que activa la memoria y el aprendizaje. Esa es la razón por la que después de beber es difícil formar recuerdos nuevos, y se crean lagunas de memoria aun en aquellas personas que toman esporádicamente. Es como si pisáramos simultáneamente el acelerador y el freno del cerebro.

El alcohol también afecta la dopamina, que es el neurotransmisor del placer y la recompensa. Cada vez que uno toma, el cerebro libera dopamina en el centro de recompensa produciendo una sensación de placer inmediato. Eso hace que el alcohol sea potencialmente adictivo: el cerebro aprende que beber produce placer, y empieza a reclamarlo automáticamente.

El alcohol inhibe la generación de nuevas neuronas. Hasta hace poco se creía que las neuronas ya no se reproducían en el cerebro del adulto, pero eso es falso: hay generación de nuevas neuronas en el hipocampo, que es el centro del aprendizaje y la memoria. Con el tiempo, el hipocampo del bebedor regular se queda estancado y solo cuenta con las viejas neuronas: no hay renovación. Esto genera dificultad para retener información nueva, afecta la memoria a corto plazo y limita la adaptación a situaciones nuevas. Esto no le ocurre solamente al alcohólico: estudios recientes muestran que también pasa con un consumo regular moderado. 

El alcohol interfiere la producción de una proteína (BDNF) que actúa como fertilizante de las neuronas. Esa proteína le dice a las células madre del cerebro que se conviertan en neuronas nuevas, y que las neuronas existentes formen nuevas conexiones. Un cerebro con menos BDNF tiene una capacidad de aprendizaje reducida.

El alcohol también genera neuroinflamación activando las células inmunitarias del cerebro (microglías), que son los guardias de seguridad del sistema nervioso. Normalmente, las microglías reparan tejido dañado y eliminan desechos celulares, pero cuando el alcohol las activa repetidamente, empiezan a liberar sustancias inflamatorias (las citoquinas). Estas sustancias dañan las neuronas.

La conexión intestino-cerebro es mucho más importante de lo que se pensaba hace unos años. El alcohol también afecta la barrera intestinal permitiendo que ciertas sustancias lleguen al cerebro amplificando aún más la reacción inflamatoria. Esta inflamación crónica produce deterioro cognitivo, mayor riesgo de demencia y alteraciones emocionales: ansiedad, depresión, desánimo. Paradójicamente, muchos toman para aliviar la ansiedad cuando en realidad la están aumentando a largo plazo.

El alcohol daña el lóbulo frontal o neocortex, que es la parte más evolucionada del cerebro; allí está el centro del control de impulsos, la toma de decisiones, la empatía y el juicio. El lóbulo frontal es la parte más propiamente humana del cerebro, la que nos distingue de los demás mamíferos superiores. Al reducir las conexiones entre neuronas, el consumo crónico de alcohol produce atrofia de esa región cerebral. Las señales se vuelven lentas, imprecisas y poco confiables. Esto explica la lentitud cognitiva que muchos bebedores frecuentes experimentan aún cuando están sobrios. De todo esto resultan decisiones impulsivas, mayor dificultad para evaluar consecuencias, menor capacidad de frenar comportamientos automáticos. Es como si el director general del cerebro llegara al trabajo con cada vez menos autoridad, y los departamentos más primitivos lo relevaran en la toma de decisiones. Estas regiones más primitivas del cerebro responden a estímulos inmediatos, no a consecuencias futuras.

Al generar un déficit sistemático de vitamina B1, el alcohol reduce el metabolismo neuronal y zonas enteras del cerebro empiezan a fallar: confusión, pérdida de coordinación y amnesia.

El cortisol muy elevado por el consumo de alcohol, daña el hipocampo suprimiendo la neurogénesis y generando inflamación. Además, estrés y alcohol forman un círculo vicioso. El cortisol activa el sistema de recompensa cerebral aumentando el deseo de alivio, pero genera inflamación y desequilibrio en los neurotransmisores, lo que eleva la ansiedad: el ciclo se reinicia.

Durante años, se dijo que una copa de vino era beneficiosa para el corazón gracias a un compuesto antioxidante presente en la uva. Pero las cantidades de ese compuesto son tan bajas, que habría que tomar en grandes cantidades para que tuviera cierto efecto, lo que obviamente es mucho más dañino que beneficioso.

En 2022, la prestigiosa revista médica The Lancet publicó una revisión de decenas de estudios que abarcaban más de cuatro millones de participantes. Se concluyó que no existe un nivel de alcohol que sea seguro para el cerebro, y que el riesgo de deterioro cognitivo aumenta de forma proporcional al consumo. Incluso en dosis moderadas se producen efectos medibles, y cuanto más alcohol, mayor daño acumulativo. 

El cerebro joven es especialmente vulnerable, dado que la corteza prefrontal se sigue desarrollando hasta los 25 años. En adolescentes y jóvenes, la ingesta de alcohol actúa sobre un cerebro que aún está en construcción, por lo que el daño puede ser permanente y más grave que en el cerebro adulto.

Todo esto no quiere decir que si te tomaste una copita el fin de semana, tu cerebro esté en peligro; el cuerpo tiene una enorme capacidad de recuperación. Pero aquello de que una copita no le hace mal a nadie, es una simplificación cuya falsedad ha sido recientemente demostrada por la ciencia. 

¿Qué podemos hacer para proteger nuestro cerebro? En primer lugar, reducir o eliminar el alcohol. Cada día sin alcohol es un día en que la neurogénesis puede recuperarse, la inflamación puede disminuir y el lóbulo frontal empieza a restaurar conexiones.

A continuación, otras medidas de protección:

  • Unos seis a doce meses de abstinencia permiten que ciertas zonas del cerebro aumenten su volumen en grados medibles. El cerebro no solo deja de deteriorarse sino que se recupera.
  • El ejercicio aeróbico es el protector más poderoso de nuestro cerebro; treinta minutos diarios de caminata rápida u otro ejercicio que eleve la frecuencia cardíaca estimula la neurogénesis en el hipocampo. Numerosos estudios muestran un aumento significativo del hipocampo con ejercicio regular.
  • El sueño profundo elimina residuos metabólicos acumulados durante el día, entre los que están las proteínas asociadas al deterioro cognitivo; el alcohol suprime la fase nocturna más reparadora: el sueño de ondas lentas. Aunque te quedes dormido muy rápido porque tomaste, el trabajo de reparación de tu cerebro está entorpecido.
  • El omega-3 representa un 40 % de las grasas poliinsaturadas que constituyen las membranas neuronales; cuando está presente en cantidades óptimas, las membranas son más fluidas y transmiten señales con mayor eficiencia. El alcohol oxida y daña esas membranas, y el omega-3 ayuda a repararlas: pescado azul, sardinas, salmón, atún. Su consumo desacelera el deterioro cognitivo que sobreviene con la edad.
  • La meditación, la respiración diafragmática y las relaciones sociales de calidad son importantes neuroprotectores.

El alcohol es una droga pesada que no necesita matar neuronas para alterar nuestra identidad; le basta con actuar silenciosamente sobre las reglas de comunicación del cerebro, afectando el modo en que pensamos y en que tomamos decisiones. Y como es sabido, nuestra mente es lo más valioso que poseemos.

Francois Graña es Doctor en Ciencias Sociales.

Fuente: "Dr. Leo explica". https://www.youtube.com/watch?v=azTvq5d6O9M

Foto: Javier Calvelo / adhocFOTOS

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2026-06-20T04:29:00

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