Acerca de la marihuana y otras yerbas (Segunda nota)

Daniel Vidart

26.07.2012

Un sistema planetario. Para acceder al sistema planetario de la marihuana es preciso poseer una previa y precisa información acerca de una galaxia sociocultural de primer orden, en la que hay astros sin luz propia, satélites, estrellas y nebulosas de contornos indefinidos.

A partir de las informaciones preliminares acerca de las drogas, los drogadictos y la drogadicción, que incorporo en estos apuntes, a los lectores les será más fácil -así lo espero- comprender las características químicas y los efectos psíquicos de los componentes de la marihuana, un psicotropo semejante a los Janos bifrontes de la antigüedad clásica.

En efecto, uno de sus rostros mira hacia las aguas serenas de un lago interior, hacia el espíritu risueño y el ánimo locuaz del fumador de un “porro”, en tanto que el otro contempla los difusos contornos de un magma de nítidas o difusas visiones donde lo alucinante y lo irreal se dan la mano. En la generación de esta ambivalencia obran factores personales y ambientales, por un lado, y propios de la concentración de THC (tetrahidrocannabinol) en la dosis inhalada o ingerida, por el otro. Aclaro que psicotropo, voz que aparecerá más de una vez en estos apuntes, significa, en griego, “lo que hace cambiar la mente”.


Etic y emic: el afuera y el adentro
Existen muchas definiciones de la droga en tanto que sustancia psicoactivante: las científicas y las populares, las objetivas y las subjetivas, las provenientes de los juicios de realidad y las maleadas por los juicios de valor.

Estos, a su vez, poseen dos vertientes, y para caracterizarlas me animo a utilizar las expresiones antropológicas emic y etic, provenientes de emicología y eticología, voces acuñadas por la jerga de los semiólogos y adoptadas, tijera en mano, por los antropólogos.

Cuando un antropólogo de campo explora el conjunto de creencias, prácticas, costumbres y artefactos de una tribu indígena, de una comunidad campesina o aún de una subcultura de su propio sistema de convenciones y símbolos, lo hace desde afuera, de modo descriptivo, según su disciplina y terminología, al margen de lo que el mito, la tradición y la conducta del grupo atribuyen al rasgo, la pauta o el complejo cultural estudiados. Esta es la visión etic, obtenida desde la alteridad del Otro por un microscopio etnográfico, según la expresión de Lévi-Strauss. Se trata de un juicio de realidad. O que debería ser tal. Es difícil esquivar el biais subjetivo, el pre-juicio, aún en la evaluación científica, portadora, se dice, de la tan elusiva “objetividad”.

Por su lado, el integrante del “espíritu de cuerpo” que cohesiona la comunidad investigada, no la observa como a una muerta mariposa de museo, clavada con un alfiler en un cartón clasificatorio, ni la remite a un catálogo descriptivo. La vive, la siente, la abarrota de símbolos, mitifica su pasado, ritualiza su presente, la evalúa desde la afectividad de un “nosotros” solidario en vez de analizar, intelectivamente, sus estructuras y sus funciones.

Estamos ante la visión emic. Ella siempre es etnocéntrica. Los “salvajes” se consideran como los verdaderos hombres, ya se llamen chónik, muiska, cheyenne, inuit, ainu, khoi-khoi, o san, entre decenas más de autocalificaciones exclusivas y excluyentes. Alrededor de estos oasis de humanidad “auténtica” rondan las hordas de quienes no hablan su lengua y desconocen sus costumbres. Por ello son sus enemigos y es preciso exterminarlos. Así lo hizo el guaraní selvático con el tapuya. Así lo hicieron los griegos con los bárbaros que barbotaban las palabras, que no conocían su idioma y constituían, por ello, una ralea peligrosa, una amenaza fronteriza.

Tampoco los civilizados de posteriores siglos estaban vacunados contra el virus etnocéntrico. Nadie era tan noble y valiente como un caballero cristiano medieval. Nadie alcanzaba la excelencia científica, filosófica y artística de un musulmán de al-Andalus o de Bagdad. La historia nos cuenta cómo, dónde y cuándo los “perros musulmanes” y los “perros cristianos”, unívocamente exaltados y recíprocamente denigrados, hicieron correr ríos de sangre durante las Cruzadas a Tierra Santa (término no compartido por Saladino, ciertamente) y en las riberas del Mare Nostrum.

Dentro de las sociedades actuales también existe una visión emic, la de los drogadictos, y otra etic, la de quienes, desde la tribuna, contemplan y juzgan de modo negativo o positivo el consumo de aquellas. En ambos casos se trata de juicios de valor.


Glorificación versus demonización
Existe una clara frontera entre los usuarios de las drogas y quienes los observan. Entre éstos revistan aquellos que demonizan a los adictos, calificándolos de delincuentes, outsiders, orates, antisociales o degenerados, que esto y más se dice de ellos. Por su parte, el coro de los que cantan himnos en su alabanza los consideran poseedores de una “espiritualidad dionisíaca, cirenaica, colectiva, místico-extático-contemplativa, ligada a insumos materiales y corpóreos, sensoriales, que festeja y celebra el mundo y la vida…” (Rafael Bayce).

Estas dos tendencias extremas combaten en el escenario mundial y en las arenas del circo local.
Comencemos por el juicio de los represores. Allá por los años cuarenta del siglo pasado, un alcalde de New York, el famoso Fiorello La Guardia, ordenó una investigación sobre los efectos de la marihuana. Las conclusiones a las que llegó el Comité, publicadas en el año 1944 (The Marihuana Problem in the City on New York), fueron tranquilizantes: la “hierba” no provocaba adicción, no tenía nada que ver con la delincuencia, no soliviantaba la sexualidad. Generaba un vicio amable, recreativo, inocuo. “Cosas de negros”, en definitiva, pues los trabajos se realizaron fundamentalmente en Harlem.


Censores, represores, interventores
Al comisario Harry Anslinger, un “halcón”, no lo satisfizo el informe redactado por aquella permisiva bandada de “palomas”. Consideró que las conclusiones a las que se habían llegado eran “desafortunadas”, “frívolas” y “falaces”. Fulminó el uso de la marihuana pero no ofreció pruebas científicas acerca de sus dañinos efectos en la salud humana. Y tras esta diatriba, generada por los cancerberos de una superpotencia, vino la descarga de munición gruesa, tanto en los EE.UU, como en otros países.
Digamos que ya había nubes oscuras en el horizonte, un presagio de los rayos y truenos de una tormenta moral y policíaca que estaba por desatarse contra los adictos y vendedores que formaban parte, los unos, de la ansiosa clientela, y los otros, de la naciente mafia de fabricantes y distribuidores de los ensueños y los entusiasmos, de los tarifados minutos agresivos, las horas serenas o los días delirantes.

Desde principios del siglo XX preocupaba el tema a las autoridades estadounidenses. Allá por el mes de enero del año 1901, en una repartición del Ministerio de Salud y Urbanismo a cargo del Dr., Joseph Pulitzer, se había constituido un cuerpo de choque para investigar y perseguir a los traficantes y consumidores de sustancias “narcóticas” y “estupefacientes”, como desde entonces, erróneamente, se denominó el ya numeroso repertorio de calmantes, activantes y distorsionantes de la mente.

Al acrecentarse el consumo y comercio de drogas se constituyó en el año 1968 una megaoficina en cuyo entramado administrativo y fuerzas represoras participaron varias agencias federales. Había nacido, con más gente y recursos, con mas garrote fácil e inevitable corrupción también, el BNDD (Bureau of Narcotics and Dangerous Drugs). Tres años más tarde contaba con un ejército invisible de 1500 hombres y un presupuesto astronómico. Pero ya por ese entonces -todos los hombres tienen su precio, decía Napoleón- se le había pedido ayuda a la CIA para investigar a los agentes comprados por las mafias de la droga. Era preciso cortar las ramas podridas. De tal modo todo estaba pronto para la fundación de la DEA (Drug Enforcement Administration). Eso sucedió el 1º de junio de 1973.

Hoy la DEA cuenta con una asombrosa autonomía y una gran capacidad de maniobra. Trabaja dentro y fuera de los EE.UU. Vigila, espía y pega dentro y fuera de fronteras. Ya ha tenido espinosos conflictos con los gobiernos de algunos países latinoamericanos. Cuenta con 11.000 miembros, de los cuales 6.000 se han especializado como agentes de elite, eficazmente entrenados.

Posee 120 aviones y casi 90 representaciones en más de 60 países del mundo. Su red de detectives, agentes, delatores e infiltrados es inmensa. Compra información, hace prisioneros por su cuenta, pone cizaña entre cartels rivales de la droga para provocar luchas y purgas intestinas, En tanto que eminencia gris actúa en los cuartos oscuros y en las mesas de conferencias de muchos gobiernos del mundo. Ha creado una formidable infantería sin uniforme, respaldada con un presupuesto que le quitaría el hambre a pueblos enteros, como lo pueden hacer los 2 500 millones de dólares anuales que se le han asignado para hacer trabajos limpios y sucios contra el narcotráfico y sus laderos. Cosecha, a la vez, aplausos y desconfianzas, aprobaciones y censuras. Inmune a las críticas olfatea por allá, por acá, por todas partes, tras los rastros de los fármacos “malditos” y de quienes los ofrecen y los compran, de quienes los fabrican y consumen, de quienes los esconden y toleran.

Tanto los chacchadores y mambeadores de la Mama Cuca, la coca andina, como los que la cultivan en el Cauca colombiano y el Chaparé boliviano, se han convertido, contemplados con esta óptica demonizante, de campesinos en delincuentes.
Cosa semejante había sucedido en Europa con el consumo del opio. Se pasó de la neutra indiferencia, pública y oficial, al rechazo, a la prohibición, a la condena de una detestable “herejía” social. Y a una lucha sin cuartel contra una nueva plaga desatada a principios del siglo XX, convertida hoy en pandemia mundial.


¿El retorno de los brujos, o una New Age novelera?

Veamos ahora lo que piensan y dicen quienes ven en la droga una alteridad escapista, un camino de salvación para aquellos que padecen las imposiciones de “la matriz cultural hegemónica”. Frente al comisariato post victoriano que templa las cuerdas del poder patriarcal, desdeñoso opresor de la mujer e hijo ingrato de la Naturaleza, ”toda una historia sumergida, subordinada y alternativa brota nuevamente con la posmodernidad, el retorno de los brujos, la explosión[…] de neocreencias y rituales y de nuevas creencias-rituales; seguimos exorcizando demonios que son simplemente vías de perfección y salvación ancestrales alternativas, tan importantes y fundadas como las hegemónicas, simplemente derrotadas en el imaginario actual, pero que en el siglo XX recuperan adeptos, permisivos y tolerantes a sus creencias y prácticas, de ahí que sean, aquí y ahora, considerados como peligros” (Rafael Bayce).


Sobre el uso y los usuarios de las drogas

Y a todo esto ¿cuáles son los usos de las drogas? ¿Cómo, por qué y cuándo se utilizan? ¿Quiénes las emplean, y para qué?

En la actualidad existe un uso profano y otro sagrado de las drogas. Pro-fanus era, para los romanos, todo aquello que estaba fuera del fanum, el templo, el abrigo de los fanáticos. No obstante dicho estado de profanidad, la práctica de la drogadicción en el plexo tecnificado de las ciudades contemporáneas - aparentemente desligadas de lo numinoso, misterioso, místico o convivial- conmueve la mente del usuario, lo viste con ropajes talares, lo invade con viejas alegorías, lo empapa con las lluvias de la selva, lo adormece con el canturreo de recónditos chamanes. La cosa no termina acá: en muchos casos -pasta base, por ejemplo- impone cambios de conducta, a veces catastróficos. El usuario es destruido por el infernal bazuco y a la vez se convierte, sin posible marcha atrás, en una alimaña destructora, privada de conciencia moral.

El uso sagrado disocia al sujeto de la vida rutinaria al practicar un corte en el entramado de la cultura. De tal modo la droga implanta sus escenarios en las sociedades prealfabetas, en los escondites de los iniciados urbanos, en las soledades del Ego que procura comulgar con el Ello de las primeras edades de la humanidad. El empleo de sustancias que alteran la conciencia es sagrado, pues, porque separa al usuario de los opacos menesteres de una cotidianidad que aburre, contradice o lastima.

Luego de esta necesaria introducción voy a referirme a cinco tipos de uso: el recreativo, el mágico, el mistérico, el sacerdotal y el medicinal.

El modo autónomo, puramente recreativo, no puede evadir el llamado a la emotividad sin fronteras, a la afectividad conmovida, a la subjetividad trastornada, a la ensoñación sorprendente, al trasfondo irracional de la especie que, a voces o susurrando, realizan las sustancias psicotrópicas. Hay usuarios que así lo comprenden y otros que, a puro instinto, sienten, aunque no lo sepan explicar, que están caminando por sendas que se apartan -y por ello y no por intervención de lo divino, adquieren la condición sacer o sea sagrada- de lo que se considera “normal”, impuesto por la cultura del grupo o por el Big Stick empuñado por “la clase hegemónica”, el hoy resucitado caballito de batalla de Gramsci.

Pongamos atención en lo que, desde los EE.UU., escribe Terence McKenna: “Antes de comprometernos de un modo irrevocable con la quimera de una cultura libre de drogas conseguida al precio de echar completamente por la borda una sociedad planetaria libre y democrática, hemos de hacernos algunas preguntas complejas: ¿por qué, como especie, estamos tan fascinados por los estados alterados de conciencia?¿ Cuál ha sido su impacto en nuestra estética y aspiraciones espirituales?

¿Qué hemos perdido al negar legitimidad del impulso individual de la persona a la hora de utilizar sustancias para experimentar personalmente lo trascendental y lo sagrado? Tengo la esperanza de que dar respuesta a estas preguntas nos obligará a afrontar las consecuencias de la negación de la dimensión espiritual de la naturaleza y las de considerar a la naturaleza únicamente como un ´recurso` al que esquilmar y saquear. Un planteamiento ponderado de estos temas no será del agrado de los obsesos por el control, ni de los fundamentalistas religiosos, ni del fascismo de cualquier signo”.

No creo que sea una entrada a lo “trascendental” recurrir al crack o al pegamento ni tampoco considero un regreso al seno de la Madre Naturaleza el consumo de drogas “de diseño” originadas en un laboratorio.
De todos modos, a título clasificatorio, digamos que existe un uso recreativo de la droga, sin conexión explícita con lo mágico o religioso. Es en los centros civilizados contemporáneos, esos cementerios de la religión donde imperan el carpe diem y el cientificismo, tutor de las tecnologías de punta, donde se aposentan los mundos del desencanto, de los que hablaba Max Weber. En tales ambientes las drogas dinamógenas y las sedantes son las que predominan.

El urbano no es el exclusivo habitáculo de la marihuana, consumida también por las comunidades campesinas y prealfabetas. El cannabis y sus variedades juegan a las escondidas con las clasificaciones rigurosas. Según cómo se la utilice, el ánimo de quien la emplea y la oportunidad en que lo hace, los efectos de la marihuana oscilan desde un extremo al otro de un espectro lábil, variable, imprevisto. Podría decirse que esta droga, aparentemente bonachona y gentil, de pronto empuña la varita mágica de un hada o la escoba de una bruja y transporta a los reinos de la fantasía cuando no de lo fantástico.

El segundo uso de las drogas es el mágico. Se utiliza en los cultos de posesión colectiva, en la fiesta tribal, que siempre apunta al trasmundo de los espíritus, de las potestades (mana, orenda, manitú), esos poderes súbitos que se encarnan en objetos, en animales, en plantas, en piedras, El frenesí y el éxtasis colectivos son provocados por las drogas embriagantes, estimulantes y alucinógenas.
Las drogas también están presentes en los “viajes” chamánicos. El chamán es un personaje que desempeña tres oficios a un tiempo: el oracular, el terapéutico y el sacerdotal. En su papel de psicopompo conduce, como un Buen Pastor, las almas del drogado a los reinos de la Otra Realidad.

El chamán, generalmente, actúa bajo los efectos de una droga visionaria. Su nombre, de origen tungús -una etnia siberiana- es muy significativo. Chamán (shamán) significa “exaltación convulsiva”, Según algunos lingüistas desciende del sánscrito samana, que quiere decir “esfuerzo agotador”. Ambos estados conviven cuando el remendón de almas, anticipador de destinos y cura-cuerpos gratuito realiza su trabajo. En los tratados de antropología puede leerse que el chamán es a un tiempo adivino, profeta visionario, mago, poeta, cantante, predictor del clima y la suerte de la cacería, preservador de las tradiciones y sanador de enfermedades, las del la carne y las del espíritu.

El chamán, una criatura histérica, epiléptica, a menudo homosexual, alcanza la sabiduría plena luego de un largo aprendizaje. Debe morir lo “viejo”, la herencia humana de la corporeidad y la mentalidad comunes a la especie, para que lo “nuevo”, a partir de una psiquis y un organismo renacidos, inaugure un mágico acrecentamiento de las facultades y los poderes, ya no terrenales sino cósmicos.

El tercer uso de las drogas es el mistérico. Hubo cultos -así se prefiere llamarlos a veces- que, contrariamente a la indiferencia de las religiones oficiales, ofrecían a los iniciados felicidad, amparo, fortaleza moral y cura de todos los temores, incluyendo el temor a la muerte. Misterio, mysterion en griego, significa “guardar el secreto”, y el iniciado, el mystes, no debía mencionar lo sucedido durante las ceremonias. En las profundidades de las grutas y los oscuros salones de los templos se llevaban a cabo, con la ayuda de fármacos visionarios y bebidas embriagantes, los rituales eleusinos, órficos, pitagóricos, dionisíacos y samotracios.

Tanto los sacerdotes iniciadores como los iniciados, gracias a los serviciales alcaloides, abandonaban el reino de la vida cotidiana durante horas que parecían años, pues el tiempo se distorsiona por el efecto de ciertas drogas, tales como el honguito del centeno, el famoso cornezuelo de Eleusis. Entonces desnudaban y lavaban su psiquis, recibían seguridades de protección, estaban en condiciones de soportar serenamente las ofensas del Otro y los errores del Yo. Luego de realizados los rituales iniciáticos se sentían distintos, mas dueños de sí mismos, mas confortados, a veces en estado de beatitud.

El cuarto uso de las drogas es el sacerdotal. En ciertas ceremonias religiosas los sacerdotes recurrían y recurren, como sucede en el caso de la misa católica, a las bebidas alcohólicas, tales como el vino, que simboliza la “sangre de Cristo”. En ciertas religiones antiguas los sacerdotes echaban mano a sustancias embriagantes y alucinantes. Oficiaban en trance, en estado de gracia, poseídos por el dios,

El quinto uso es el medicinal. El hechicero, el chamán o el médico prescriben todo un universo de drogas para aliviar o curar los males del alma y del cuerpo. En la actualidad la farmacopea científica -aunque a veces no sea confiable ni efectiva- es inmensa: somníferos, ansiolíticos, sedantes, analgésicos y toda una artillería liviana y pesada de productos para combatir las psicosis, las neurosis y las enfermedades orgánicas es promocionada en los medios informativos, a veces artísticamente, otras escandalosamente, por la propaganda comercial. Las píldoras, pócimas, ungüentos y demás parafernalia elaborada en los laboratorios han sustituido a los dones de la selva -la tradicional farmacia del aborigen-, al yuyero rural y a la sabiduría de los curanderos que combinaban sustancias exóticas y fabricaban beberajes según el dictado de arcaicas medicinas que hoy, con cierto desdén académico, se denominan alternativas.


El retablo de motivaciones
¿Por qué la gente, en solitario o en grupo fraternal, consume, y casi se podría decir que en progresión geométrica, drogas folklóricas y drogas científicas para alterar su percepción, para disfrazar su conciencia, para experimentar deleitosas o dramáticas sensaciones? ¿Qué deseos, necesidades o caprichos mueven a utilizar drogas que, al alterar las facultades, sustraen de la cotidianidad y alivian dolores, angustias o frustraciones?

Dejemos de lado la coacción social, el imperativo religioso y el impacto ambiental de la cultura. Vayamos a la intimidad desnuda, al querer, al pensar, al sentir de ese átomo social a la intemperie, el solitario representante del Homo sapiens.

El ser humano es un aventurero, un nómada espacial y espiritual, Le gusta entremeterse con las cosas y vidas del contorno, descubrir lo oculto, develar lo escondido, asomarse a las aguas profundas de su intimidad.

He aquí entonces la primera motivación: el afán de probar, de experimentar. En este sentido no solamente personajes famosos de nuestro mundo se han internado en los iluminados u oscuros caminos de la droga, por el mero hecho de explorar lo desconocido. Desde las lejanas edades del Homo erectus aquellos socios de la naturaleza padecieron o disfrutaron los extraños efectos producidos por la ingesta de semillas, raíces, flores, hojas, cactus, lianas u hongos recolectados en derredor del campamento. Y me atrevo a pensar que fueron mujeres y no hombres quienes pisaron por vez primera los umbrales de la fantasía, la sorpresa y el misterio. Los machos salían de caza, a veces por semanas enteras. Las hembras quedaban en el campamento atendiendo niños, recolectando especies vegetales y animales, cuidando el fuego, preparando la comida, confeccionando armas y utensilios de madera, hueso y piedra, fabricando vestimentas con cueros de animales o cortezas de árboles, aseando el refugio, pintando las paredes de las cavernas, esculpiendo estatuillas, inventando deidades.

Una segunda motivación se cifra en el placer, en el uso recreativo de la droga. Ya el sujeto posee información sobre los efectos de determinado producto psicotrópico. Por decisión propia o persuasión del otro, que recomienda el uso, se fuma el primer porro y llegan la risa y la buena onda: un joven sudafricano, ajeno a la composición química de la metacualona. descubre un pequeño y tranquilo paraíso con un mandrax, que hoy alli se llama geluk tablette: una muchacha que se hizo la rabona al liceo se siente con renovadas fuerzas y ánimo decidido al aspirar cocaína; el alma y el cuerpo de un huichol caminante vuelan abrazados a un cactus rastrero. Estos experimentos son pródigos, conmovedores. Los alcaloides psicodélicos, “manifestadores de la mente”, los megapáticos, “acrecentadores del sentimiento”, y los psicomiméticos, “creadores de otras dimensiones en el alma”, han entrado en acción. El neófito ha disfrutado un nuevo tipo de placer.
Querrá prolongarlo, repetirlo, conservarlo. Ya está “colocado”.

El tercer motivo: la tesonera lucha contra la enfermedad, el dolor físico, el insomnio, la depresión y la angustia. La oferta es también generosa para esta demanda. Se busca paz, alivio, serenidad, equilibrio, buen descanso nocturno. Para ello hay una multitud de servidores químicos y algunos naturales. Los opiáceos, los tranquilizantes, los somníferos, los ansiolíticos, los analgésicos, todos ellos son discretos eunucos, todos acuden al llamamiento de la receta del médico o la automedicación del paciente. Algunas de las drogas contenidas en el enorme repertorio de productos que en crecientes cantidades inundan las farmacias del mundo y los cajones de los dormitorios, son adictivas.

Otras no lo son, pero sientan bien. Por allá abajo el hígado, el riñón, el estómago y otras vísceras entablan sus querellas, pasan sus facturas. Pero se persiste, se acude a los silenciosos auxilios de una cruz roja clandestina, al médico bonachón y desaprensivo que firma y palmea, a la soberana decisión personal. El mundo entero sufre la invasión de estas langostas de probeta, de estas dogas que han dejado de ser heroicas para convertirse en condescendientes ayudas de cámara cuando no en pacientes, silenciosas asesinas.

El cuarto motivo procura el afinamiento de las percepciones, el aumento del poder imaginativo, una mayor facilidad para crear y comunicar, un dominio superior del cuerpo y sus habilidades.
Los escritores, los músicos, los pintores, los cantantes, los actores y los deportistas reclaman mayor creatividad, mayor resistencia, y su manager, secretaria y confidente, cuando no su musa inspiradora, es la droga. Goya se drogaba con láudano, una tintura alcohólica derivada del opio, pero no fue el único. Muchas otras celebridades fueron bien recibidas por los guardianes de los Paraísos Artificiales. La lista de adictos a los opiáceos puede dejarnos atónitos: Walter Scott, Lord Byron, Goethe, Keats, Novalis, Coleridge, Shelley, de Quincey, Poe, Baudelaire y Cocteau, entre muchos otros. Verlaine y Hemingway eran borrachos perdidos.

Famosos actores de cine -Judy Garland y Liza Minelli, su hija- , actrices de fama -Sarah Bernhardt-, científicos e inventores -Freud y Edison-, le dieron sin límites a la cocaína y a otras drogas. En el universo de los pintores Warhol es uno entre centenares de ejemplos. ¿Y qué decir de los ídolos del canto y la música de la actualidad? ¿Qué de los jugadores de fútbol? Una jugada inspirada de un brillante n º 10 puede ser el regalo artístico de una droga oportuna.

El quinto motivo es el acceso a un estado convivial, de symposio entre amigos que comen y bromea, en el que se consumen los manjares de los dioses. Hay drogas que llaman a la fraternidad, a la compañía gozosa, al disfrute común de horas fecundas, de huida de las cosas terrenas y la vulgaridad lacerante. La marihuana, en suaves dosis, facilita ese puente a la risa delicada, al bienestar del alma y placidez del cuerpo, al silencio por donde caminan los sentimientos agrandados o al diálogo dicharachero y ocurrente, Yo he visto a los fumadores de la hierba haciendo ruedas en las callejuelas de Montevideo, cerca de mi casa; en San Agustín, Colombia, al pie de escoradas estatuas de fantasmas; a la sombra del observatorio astronómico maya de Palenque, Yucatán; en el suq de los oasis saharianos, donde el haxix y el shisha (narguile es una voz persa) conversaban bajo el parasol de las palmeras.

Hay un sexto motivo. Es el de la protesta juvenil, el de la rebelión contra una serie de obstáculos que aprisionan los deseos, que matan la espontaneidad, que impiden la libre manifestación de los sentidos. Entre estas retrancas odiadas figuran la sociedad castradora, los padres dominantes, los usos convencionales, el miedo misoneísta al cambio, los prejuicios convertidos en falsas verdades, las verdades verdaderas convertidas en falacias, la coacción social, el peso opresivo de la tradición, los gendarmes del orden constituido, los guardianes de la moralina al uso, los sicofantes del placer sin restricciones.

La droga acompaña estas manifestaciones del rebelde sin causa o con ella, del tercero excluido, del extranjero en su patria, del reventado por el status. Es el único islote soleado en un océano tormentoso, la única escapatoria de la gran ratonera social. La mente se evade a otros mundos, se empapa con el rocío de la aventura, adquiere agilidad de pájaro, liviandad de nube, brillo de estrella.

A partir de los años 60 del siglo pasado los hippies, los punks, los beatniks, los integrantes de los grupos underground y las tribus urbanas, los emos, los ni-ni y su corte de angustias, todo este ejército contracultural y contestatario recurre a las drogas duras y blandas para liberarse del aburrimiento, de la rabia, de la vergüenza, de la incomprensión, del desprecio.

Merced a los sedantes estos fugitivos transformaron los infiernos en islas de música, en apacibles prados de paz virtual; gracias a los activantes regresaron las fuerzas a los cuerpos vencidos, los ímpetus emprendedores a los ánimos derrotados, las mareas altas del Yo a las playas del desencanto; por obra de los alucinógenos suaves -y aquí hacen su entrada, faso va porro viene, las dosis reforzadas de la Maruja- se hacen presentes el avifauna de los cuentos de Perrault, el grifo de Las Mil y una Noches, el Dragón de Oro de las leyendas chinas.

A su conjuro se abren, por breves y benéficas horas, las puertas de los Paraísos Perdidos, las tranqueras de la Realidad Otra, las ventanas de un palacio de cristal, las alas verdes de un cielo de cantáridas. Y con ellas puestas el alma vuela y se va, y el cuerpo se queda, y el demonio del mediodía se convierte en un canto de calandrias al atardecer. La hierba es tacaña. Solamente concede un ratito de ensueño, una dosis (no un cacho) de felicidad. Después, como siempre, vendrán el despertar, el mareo, el vómito, el sudor, los días de plomo de la puta vida.

 

Daniel Vidart
2012-07-26T08:36:00

Daniel Vidart. Antropólogo, docente, investigador, ensayista y poeta.

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias