Diálogo social: Un lejano recuerdo. Stefano Casini
30.09.2026
Entre la pérdida del ADN socialdemócrata uruguayo, el eclipse de la humildad intelectual de la izquierda (en todo el mundo) y las reacciones globales ante los fundamentalismos, dinamitamos los puentes, para encerrarnos en tribus, cada día más impermeables al sentido común.
¿Podremos rescatar la convivencia democrática antes de que el abismo sea definitivo? Si seguimos en este camino de fractura total, será imposible. El diálogo social hoy, se transformó en monólogos gritados al vacío, amplificado exponencialmente por las redes sociales.
La denominada grieta, es un fenómeno global, mientras que el dialogo es una pieza arqueológica. Es como una cabinas telefónicas, una Olivetti, un cassete, una memoria de cartón perforado o un mapa de papel, objetos de museo, que, los que peinamos canas, comtemplamos con nostalgia. ¿cómo fue posible que alguna vez funcionara el sentido común?. En la arena pública de hoy, la deliberación fue sepultada por los monólogos paralelos que no buscan convencer al otro, sino aniquilarlo.
En la TV, sobre todo en el Viejo Continente, vemos galllneros bochornosos con un montón de aves gritando enojadas que, ni escuchan, ni ceden un milímetro a la "palabra de Dios" (el comunismo o el fascismo). La política es una guerra cultural autodestructiva.
¿En qué momento se rompió el mecanismo virtuoso? Para entenderlo, hay que rastrear las costuras del siglo XX. Podríamos ver la primera chispa en aquella primavera estudiantil de 1968 o la fuerza contra-cultural "hippiosa" anti-Vietnam en USA, que había nacido como la promesa de una liberación legítima. Con esos símbolos de paz, marihuana, amor buenista de jovenes con esperanzas reales, reunidos frente al Capitolio o en Woodstok, al entronizar lo de "lo personal es político", se forzó el eje del debate.
El diálogo social creado entre grandes proyectos colectivos y modelos económicos, empezó a atomizarse. La política de las ideas se transformó en la política de las identidades. Llegamos a 1989, caída del Muro de Berlín, un hecho histórico y simbólico, que drogó el mundo, con la ilusión del consenso absoluto. Nos vendieron el fin de la guerra fría y el triunfo de la democracia liberal. Pero, al desaparecer el "oso ruso come-niños" que obligaba una cohesión occidental y al caer el enemigo público N1 que forzó a inventar otro enemigo como un terrorismo nuclear inexistente, las sociedades "normales para nosotros" se fracturaron desde adentro.
El vacío intelectual fue llenado por los nuevos dogmatismos, el auge de nacionalismos reactivos y dinámicas de polarización identitaria, alimentadas por empresarios woke o anti woke, tensiones geopolíticas y la determinación musulmana yihadista, de transformar el progreso en un enemigo del hombre. El golpe de gracia lo dio un algoritmo que se traduce hoy en IA.
Las tradicionales plazas, los partidos, los sindicatos, los cafés de debate, fueron sustituidos por las redes sociales, que no están diseñadas para el consenso, sino para premiar la indignación, el victimismo y las fake news. En el ecosistema digital, calma, matices, sonrisas o algún "tenés razón" son sinónimo de debilidad. El "pensar distinto" se castiga con borrar seguidores o falta de likes. Construimos muros invisibles, burbujas de autoafirmación, donde solo escuchamos nuestros prejuicios.
La grieta se volvió así, una fractura entre, quienes creen que el oponente es un rival y un enemigo moral al que se debe eliminar. El centro político se vacía y los puentes se dinamitan, resultado: el tejido social se desgarra.
Un dialogo social precisa 2 condiciones, hoy muy escasas: la aceptación de la legitimidad del otro y la paciencia para escucharlo. Sin estos elementos indispensables para convivir, el dialogo se vuelve un simulacro. Si no somos capaces de rescatar ese viejo artefacto (el dialogo) de las vitrinas del museo y devolverlo a la sociedad, nos arriesgamos a olvidar, definitivamente, cómo se puede vivir en comunidad. Junto a estos procesos que parecen inevitables, hay un elemento sustancial: la pérdida de referentes humanos e institucionales como líderes, partidos con propuestas, sindicatos, iglesias y la llegada de algoritmos diseñados para premiar la indignación en lugar del consenso. Sin aceptación de la legitimidad del otro y la paciencia para escuchar, la democracia se convierte en una copia barata de un cuadro de autor.
Si no logramos rescatar el viejo artefacto y devolverlo a la calle, chau!! Olvidémosnos del dialogo social. Se vuelve algo así como las cabinas telefónicas, los cassetes de cinta o los mapas de papel. Los que, todavía, creemos en la Democracia, estamos viendo este degradación moral, con una mezcla de nostalgia y extrañeza del pasado.
Hasta nos preguntamos ¿cómo pudo funcionar hace apenas unas décadas?. En la arena pública contemporánea, la deliberación fue sepultada por el estruendo de dos monólogos paralelos que no buscan convencer al otro, sino aniquilarlo y apropíarse de la razón. La política es hoy una guerra cultural que suma cero. ¿En qué momento se rompió el mecanismo virtuoso?
Para entender el ensanchamiento de esta grieta irreparable, hay ver el eclipse de una virtud política fundamental: la humildad intelectual. La falta de esta, es una enfermedad contagiosa y pasea tranquilamente en los pasillos de extrema derecha y extrema izquierda, mientras los políticos (que cobran todos algo parecido) se hacen guiñadas cómplices Llegamos a vivir en una época en la cual, la política, se construía con la permeabilidad de ideas y la capacidad de compatibilizar rutas hacia el futuro.
Uruguay fue un ejemplo. La construcción del país moderno se hizo con figuras históricas de la talla de José Batlle y Ordóñez, referente ideológico y uno de los fundadores de la Internacional Socialista o, décadas más tarde, con la estatura cívica del General Líber Seregni, los consejos de Sanguinetti o Ferreira Aldunate y algunos pocos más. Ellos entendían que los programas a largo plazo exigían el respeto por el adversario y la continuidad del Estado por encima de la alternancia en el poder.
A nivel internacional, Suecia funcionó durante décadas como ese faro de pragmatismo socialista consensuado, demostrando que era posible amalgamar el bienestar social con políticas sostenibles y acordadas entre todo el espectro político. Algo similar pasó en otros países como Irlanda o Singapur pero, ni estos, pudieron frenar los kamikazees anti-sistema que lograron transformar ese digno bienestar, en incomprensión social aguda y, hoy, en rendición frente al islamismo de la Sharia.
Esa humildad intelectual de los grandes, desapareció. Gran parte de la izquierda actual abandonó esa vocación constructiva de largo aliento para encerrarse en una superioridad moral que evita o, directamente, cancela el debate. La derecha también tuvo y tiene sus anti-logros, a pesar que, más que algo organizado, es el resultado de la obtusa conducta de sus adversarios políticos y la total incapacidad de la izquierda siglo XXI, de construir programas coherentes. Se dejó de escuchar la realidad para pasar a dictar dogmas. Esta izquierda woke, logró despertar un movimiento global reaccionario que había desaparecido con Hitler, el KKK, los Pinochet o Goyos de turno. Si Bolsonaro gana las próximas elecciones brasileñas (y es muy probable), quedará un Yamandó Orsi sin muchas luces, como el único paladín de la izquierda latinoamericana.
La diabólica propaganda de esta izquierda anacrónica, los discursos que justifican o directamente elogian dictaduras sangrientas, las justificadas invasiones marroquíes en España, donde su Premier alienta la islamización a cambio de votos, sin esconderse, las "justicias" de países históricamente occidentales como Bélgica, Alemania, Suecia, Italia o Dinamarca, que aplican la puerta giratoria solamente para delincuentes ilegales, fue la mejor propaganda para una enfermiza explosión ultra derechista. Además, el vacío de autocrítica y la erosión del diálogo institucional, generaron el caldo de cultivo perfecto para la vuelta al terrorismo de estado.
En las últimas décadas, el escenario geopolítico se volvió una enredadera radicalizada que permite sin reacción, la invasión yihadistas. Fue muy fácil para el Ayatollah iraní, crear y financiar con petrodólares varias organizaciones terroristas hasta archienemigas, como Hamas e ISIS. Donde no se podía llegar con el aparato militar, se construyeron redes de algoritmos para reclutar los "lobos solitarios" no entrenados para la guerra, que se transformaron en robots que, al grito sagrado "Allah Akbar", pisan gente, machetean, violan y despedazan a piacere, sin que, ni la justicia, ni las fuerzas del orden, puedan reprimir. La islamización forzada en Europa y otros continentes, con ese avance religioso, acompañado por 6 hijos por pareja, lograron desafiar abiertamente los valores de las sociedades laicas, plurales y democráticas, mientras que, quizás por miedo o por plata, las élites políticas tradicionales, optaron por el silencio, la tibieza o directamente sustituir iglesias por mezquitas.
El resultado de este error de cálculo está provocando un boom de la extrema derecha. Los nazi no se multiplicaron por una organización milimétrica ni por un programa ideológico sofisticado, sino por la clarísima reacción del electorado. Los ciudadanos, sintiéndose desprotegidos y huérfanos de representación, reaccionan admirando a los que ponen límites duros: el ejemplo más claro es El Salvador, un país que, gracias a la eliminación de las pandillas por la acción de un mandatario joven, rico, inteligentísimo, hiper preparado y ejemplo de la vieja guardia coherente con principios, valores y tradiciones, hoy tiene el apoyo comprobado del 95% de su población. El centro por inoperante y la izquierda por volver al pasado staliniano, al negarse a debatir estos problemas con honestidad, le regalaron el monopolio de la respuesta a los pichones de Hitler que tanto tiempo combatimos para eliminarlos. Ese algoritmo que premia la indignación digital en lugar del matiz, es hoy una fractura identitaria.
Stefano Casini es periodista. Empezó en Radio Clarín, su primer noticiero en 1968. Después continuó por L'Eco D'Italia, L'Ora D'Italia, Guía Financiera, suplementos en El País, El Observador, La República, fue 23 años Corresponsal de RAI, Gente dItalia, 5 años de Radio TV Suiza Internacional y 2 años de CNN.
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias