Dos caminos para negociar. Federico Rodríguez Aguiar

05.02.2026

Cada vez que se discute la forma en que los Estados deben vincularse entre sí, reaparece una pregunta que parece simple, pero no lo es: ¿conviene avanzar mediante acuerdos bilaterales o apostar a esquemas que involucren a varios países?

El error más frecuente es abordar esta cuestión como una disyuntiva excluyente, cuando en realidad se trata de una decisión estratégica que depende de objetivos, tiempos y contextos.

El bilateralismo suele presentarse como una herramienta pragmática. Su principal atractivo reside en la flexibilidad. Al limitar el número de actores, las negociaciones tienden a ser más rápidas y los compromisos más precisos. Desde esta lógica, cada Estado conserva un mayor control sobre las obligaciones que asume y sobre los mecanismos para revisarlas o ajustarlas. No es un dato menor en un escenario internacional marcado por cambios constantes y por una creciente presión sobre las capacidades de decisión nacionales.

Sin embargo, conviene no idealizar este formato. Cuando el bilateralismo se multiplica sin una visión de conjunto, el resultado puede ser un entramado normativo fragmentado y difícil de administrar. Reglas distintas para situaciones similares erosionan la previsibilidad y generan costos adicionales, tanto para los Estados como para los actores que operan bajo esos marcos. Además, una estrategia basada exclusivamente en acuerdos bilaterales corre el riesgo de privilegiar soluciones coyunturales, en detrimento de una arquitectura más estable y coherente.

Los acuerdos entre grupos de países responden a una lógica diferente. Su fortaleza no está en la rapidez, sino en la escala. Al establecer marcos comunes, estos esquemas apuntan a generar reglas homogéneas, reducir la discrecionalidad y ofrecer mayor certidumbre a largo plazo. Desde una perspectiva doctrinaria, expresan una visión más cooperativa del orden internacional, en la que la acción colectiva permite ordenar intereses diversos bajo principios compartidos.

Pero también aquí hay costos que no deberían minimizarse. La negociación entre múltiples Estados exige concesiones y equilibrios delicados, lo que suele traducirse en compromisos más generales y menos sensibles a las particularidades de cada país. Esa distancia entre la norma y la realidad puede generar tensiones internas y dificultades en la implementación, especialmente cuando las capacidades institucionales no son homogéneas.

Por eso, la pregunta central no es cuál de estos modelos es superior, sino para qué se los utiliza. Insistir en una comparación binaria empobrece el análisis y desvía la atención de lo verdaderamente relevante: la coherencia de la estrategia internacional. El bilateralismo puede ser una herramienta eficaz para objetivos puntuales, mientras que los acuerdos entre grupos de países resultan clave cuando se busca previsibilidad, integración y reglas compartidas.

En definitiva, más que optar por un modelo único, los Estados enfrentan el desafío de combinar instrumentos sin perder rumbo. La madurez de una política exterior no se mide por la cantidad de acuerdos firmados, sino por la claridad con la que se entiende qué se quiere construir y hasta dónde se está dispuesto a ceder para lograrlo

 

Federico Rodríguez Aguiar. Analista en Marketing, egresado de la Universidad ORT-Uruguay, con sólida formación en estrategias comerciales y desarrollo económico. Su trayectoria académica está complementada por diversas certificaciones y cursos internacionales en áreas clave como la gestión pública, cooperación internacional, y liderazgo.

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2026-02-05T10:07:00

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