El Vaticano y las mujeres. François Graña

25.03.2026

El trato dispensado a las mujeres en ciertos países -sobre todo islámicos aunque no únicamente- no deja de asombrarnos con cuadros de horror dantescos.

La mujer debe bajar la vista con recato ante los hombres, debe cubrir su escote con el velo y solo puede exhibir sus adornos al marido; el Corán establece la posesión del cuerpo femenino por el esposo con o sin consentimiento y permite que ellas sean golpeadas ante sospecha de infidelidad; en el desacuerdo, el hombre tiene la palabra definitiva; la mutilación genital es una práctica extendida; la muerte por lapidación, aunque raramente ejecutada, es el castigo supremo del adulterio femenino.
La más firme condena a estas prácticas aberrantes, sin embargo, no nos exime a los "occidentales" de convicciones que abrevan de la misma fuente que las arriba mencionadas: nacer mujer es una desventaja.
Las culturas son cocciones de fuego lento, crepitan durante milenios y se transmiten de generación en generación. Tanto en la tradición judeo-cristiana como en la griega, se postula sin ambages la superioridad masculina: el Adán bíblico y el andros griego están en la cima de la perfección humana. En su obra "Timeo", Platón afirma que la última reencarnación de la mujer deberá ser masculina para lograr el alma inmortal. Por su parte, Aristóteles en "La Política" declara el carácter aristocrático de la relación entre marido y mujer: el varón es movimiento y la hembra pasividad, la mujer es un hombre imperfecto que se encuentra impedido de todo pensamiento racional; y en la cosmogonía judeo-cristiana estampada en la Biblia, la mujer fue creada a partir del cuerpo del hombre (1).
Cierto: las cosas ya no son lo que eran. En poco más de un siglo, las mujeres se rebelaron contra el orden patriarcal que las somete, conquistaron derechos, reclamaron igualdad, pusieron a los relatos de la aventura humana bajo sospecha de sexismo y androcentrismo. Pero estamos muy lejos de una genuina igualdad de derechos entre hombres y mujeres, y las resistencias a las conquistas femeninas se han acrecentado en estos últimos años. Aquí me limitaré a comentar uno de los pilares institucionales milenarios de la desigualdad de género: el Vaticano.  Según los primeros apóstoles cristianos, la voluntad de Dios colocaba a la mujer como un ser anónimo, pasivo, callado y subordinado al hombre. San Agustín y Santo Tomás justifican con argumentos teológicos esta subordinación; para éste último, las mujeres son el imbecillitas sexu. La interpretación de los textos bíblicos es cosa exclusiva de hombres, dada su condición de seres superiores; siguiendo el Génesis, Dios creó al hombre y la mujer fue hecha de una costilla suya, como complemento sometido al hombre y para sacarlo de su soledad. Asimismo, el relato del pecado original señala la culpabilidad de la mujer, "autora del primer pecado y primera reveladora de los problemas del sexo". De ahí a considerar a la mujer como mediadora del demonio no hay más que un paso, y este paso se ha dado constantemente en la historia de la Iglesia (2).
En la época moderna, el Vaticano persistirá en su concepción antifeminista estimulando la idealización de lo femenino; más particularmente desde fines del siglo XIX, la Iglesia católica se levanta en cruzada moral contra los anticonceptivos, el parto sin dolor y el aborto. El Papa León XIII se coloca en la tradición de San Pablo y Santo Tomás cuando escribe en 1878: "...por lo tanto, según advertencia del apóstol, como Cristo es cabeza de la Iglesia, así el varón es cabeza de la mujer". En la Encíclica Rerum Novarum dictada por este mismo Papa en 1891, se establece que la Naturaleza destina a las mujeres a los trabajos del hogar. Ellas han nacido para las labores domésticas, "labores éstas que no sólo protegen sobremanera el decoro femenino, sino que responden por naturaleza a la educación de los hijos y a la prosperidad de la familia".
En las Encíclicas Castii Connubii y Quadragesimo Anno de 1930 y 1931 respectivamente, el Papa Pío XI persevera en esta orientación. La primera se refiere a la "fiel y honesta sumisión de la mujer al marido" y denuncia la falsedad de las tres emancipaciones femeninas que en esos años comienzan a hacerse oír:  la fisiológica, la económica y la sociopolítica. Se señala también que la mujer ha sido "elevada por el Evangelio al interior de los muros domésticos", y por ello es una desgracia que el bajo salario de los maridos las obligue a buscar un empleo remunerado. Este paternalismo, a la vez protector y denigrante, campea en la cultura secular de Occidente.
El culto de la Virgen María es un baluarte de la negación de la sexualidad, del repudio de la mujer y de la consagración de la virginidad. María es la única mujer madre y virgen: todas las demás deberán optar por una de las dos condiciones. Queda así consagrada la identidad entre sexo y procreación, y por añadidura, la condena de la búsqueda del placer como fin en sí. La mujer es sublimada con la virginidad o degradada con la prostitución, pero nunca tratada en un plano de igualdad. En la Edad Media, la imagen de la Virgen Madre es una figura invertida de Eva la pecadora; la madre de Cristo aplasta la serpiente con su pie, y se erige en mediadora de la salvación y la virtud así como Eva lo fue de la perdición y el pecado. Por otra parte, el culto de María arrodillada ante su hijo crucificado y reconociendo así su inferioridad, consuma la suprema victoria masculina. "La repugnancia del cristianismo por el cuerpo femenino es tal, que acepta una muerte ignominiosa para su Dios pero lo salva de la mancha del nacimiento: el concilio de Efeso en la Iglesia oriental y el de Letrán en Occidente afirman el parto virginal de Cristo." (3)
En el siglo XXI, el Vaticano sigue sosteniendo a pie firme estos principios fundamentales. En 2004, la Congregación para la Doctrina de la Fe, ex-Inquisición, estaba presidida por el cardenal Ratzinger, futuro Papa Benedicto XVI. El 31 de julio de ese año, la Congregación dirigía una carta a los obispos instruyéndolos acerca de la postura de la Iglesia sobre la colaboración del hombre y la mujer. Comienza constatando la existencia de una "estrategia de búsqueda de poder" por parte de la mujer en respuesta a los abusos masculinos. Pero de esta reacción entendible, emerge "el cuestionamiento de la familia biparental, la equiparación de la homosexualidad y la heterosexualidad y un nuevo modelo de sexualidad polimorfa". El documento interpreta estas tendencias como aberraciones respecto de una naturaleza humana predeterminada, lamenta la desvinculación de la noción de "género" respecto del sexo biológico, defiende la familia tradicional como "entidad natural" y reivindica una lectura ahistórica de los textos bíblicos en apoyo a sus afirmaciones. Tal el caso de las palabras de Yahvé dirigidas a Eva luego de haber probado del fruto del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal: "Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Parirás con dolor los hijos. Y buscarás con ardor a tu marido que te dominará" (4).La carta de Ratzinger retoma la Epístola 2 de San Pablo a los Corintios, donde se lee: "La mujer en su ser más profundo y originario existe por razón del hombre (...) El varón no debe cubrirse la cabeza porque es imagen y gloria de Dios, pero la mujer es gloria del varón, pues no procede el varón de la mujer sino la mujer del varón; ni fue creado el varón para la mujer sino la mujer para el varón..." Aún sin nombrarlo, la carta responsabiliza al feminismo de los cambios en las relaciones entre los sexos y llama a naturalizar la subordinación de la mujer, que debe limitarse a la maternidad y al cuidado de los demás. La femineidad se define como una "capacidad fundamentalmente humana de vivir para el otro y gracias al otro (...) Lo mejor de su vida [de la mujer] está hecho de actividades orientadas al despertar del otro, a su crecimiento y protección" (5).

Cuando veas las bardas de tu vecino arder, pon las tuyas en remojo...

Francois Graña es Doctor en Ciencias Sociales.

Notas

(1) Graña, François (2006): El sexismo en el aula. Editorial Nordan, Montevideo

(2) Tribó, Gemma (1977): "Iglesia e ideología sexista, historia antigua y realidad presente", en Cuadernos de Pedagogía  Nº 31-32, jul-ag/77

(3) de Beauvoir, Simone (1970): Le deuxième sexe I, Gallimard, Paris (© 1949)

(4) Génesis 3,16

(5) Vasallo, Marta (2004): "La culpa de Eva", Le Monde Diplomatique - El Dipló, año VI, nº 63, setiembre 04, p.31

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2026-03-25T04:51:00

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