El acuerdo Unión Europea-Mercosur nos entierra de cabeza. Marcelo Marchese
21.01.2026
Tristes noticias suceden a tristes noticias: está en sus fases finales el acuerdo con Europa que primariza nuestra economía, blinda jurídicamente a las transnacionales instaladas en nuestro continente y erosiona aún más nuestra soberanía.
Al negocio desastroso nos lo pintan como una genial estratagema frente a Júpiter Donald y sus rayos arancelarios, cuando este endriago se viene gestando desde hace tiempo y lo que en verdad lo difería, era las clases agrarias europeas y su grado de influencia. Resuelto eso allá, acá era sólo un trámite.
El acuerdo es bien sencillo: podremos enviar más carne a Europa, así como arroz y celulosa, y Europa nos venderá sus bienes manufacturados y su alta tecnología. Si nosotros un día quisiéramos desarrollar nuestros propios bienes manufacturados y apostar a lo que hace la diferencia, la alta tecnología, será cosa bien jodida hacerlo, pues con esto le damos un tiro de gracia a los talleres metalúrgicos y demás industrias nacionales, y le damos más seguridad jurídica a las industrias transnacionales enclavadas en el País con privilegios delirantes.
El acuerdo elimina barreras: así que mientras nuestra carne liquidará a la ganadería de allá, que debe soportar una agenda verde más intensa, sus bienes elaborados liquidarán nuestra industria de acá, salvo la industria de ellos que ya opera acá.
Sabemos quienes monopolizan la venta de celulosa a Europa, ahora consideremos que la inmensa mayoría del procesamiento de la carne y del arroz, están en manos de capitales extranjeros.
Hay sectores nacionales que crían ganado, cultivan arroz y plantan eucaliptos. Por un lado estos sectores ganarán con el acuerdo, pero por otro saldrán perjudicados, pues el País donde viven se empobrecerá; las transnacionales que los ahogan se fortalecerán; y las clases rurales europeas se hundirán y dejarán sus tierras a las transnacionales, paso previo para que vengan con la agenda verde a hundir las clases rurales americanas que venderán sus tierras a las transnacionales.
El acuerdo refuerza la base jurídica para cualquier reclamo de UPM, HIF Global o las que sean las transnacionales que operen en nuestro suelo. Limita aún más el margen de acción del Estado si un día quisiera regularlas, y consolida los estándares europeos de resolución de controversias, lo que implica que nuestros tribunales no tocarán pito en este entierro: los problemas serán zanjados en París o Londres.
Esas son las consecuencias jurídicas de este acuerdo. No por acaso los tentáculos de las transnacionales que operan aquí con privilegios feudales y sus empleados, celebraron su firma.
¿Qué implica socialmente que profundicemos nuestra producción de bienes primarios y abandonemos la posibilidad de industrializarnos y apostar a la decisiva alta tecnología.
La alta tecnología requiere conocimientos, ya que a la postre, eso es lo que vende. Como los países más desarrollados apostaron a eso, deben tener necesariamente un sistema educativo acorde a esas necesidades económicas. Como nosotros no tendremos esa exigencia económica, no habrá una presión extra para mejorar nuestro sistema educativo, y como las otras presiones están menoscabadas, nuestro sistema educativo seguirá en caída vertical por el abismo.
Si al menos pudiéramos envasar a modo de mermelada las frutas que alegremente exportamos, daríamos trabajo a alguien más, amén de que alguno debería fabricar el frasco de vidrio y la tapa de metal. Eso no sucederá, y UPM no destinará ni siquiera un 1% de su celulosa para hacer papel acá. Así que aumentará la desocupación, más gente dormirá sobre cartones en las calles y las carpas de nylon se extenderán como una mancha de aceite en el mantel de Montevideo. Seguiremos perdiendo dinamismo, empantanados aún más con este acuerdo disfrazado de libre comercio, cuando sólo elimina la competencia de un lado y del otro, favoreciendo los sectores más fuertes de cada economía.
El acuerdo refuerza las relaciones desiguales de intercambio y acelera el proceso de agravamiento de las relaciones desiguales de intercambio.
Entiéndase que el puerto saldrá favorecido ¿Quién gestiona el puerto? Los elegantes bufetes de abogados que trabajan para las transnacionales saldrán favorecidos, y los medios de comunicación que reciben publicidad de las transnacionales saldrán favorecidos. Si no hubieran clases sociales favorecidas, un sistema político servil y una población preocupada por la farándula argentina, este acuerdo no tendría lugar.
Ahora vendrá el debate en el Parlamento que no será ningún debate ni habrá nada parecido a un parlamento: el acuerdo saldrá como una pizza.
Quinientos años de historia nos mirarán con una sonrisa de desprecio.
¿O existe acaso una alternativa?
EL PLAN DE DESARROLLO NACIONAL
La historia de la economía dice que en todos y absolutamente todos los casos que registra, el Estado fue un resorte crucial para impulsar la economía capitalista de un País, sea Inglaterra, Estados Unidos, China o Corea del sur.
Esto significa usar los premios y castigos que pueda desplegar el Estado para favorecer un cambio en la economía.
Podríamos cobrarle el agua a UPM, HIF Global y todas las demás, y destinar esa inmensa masa de dinero para alentar, con préstamos sin intereses (nuestra ganancia no estaría en la usura, sino en generar productividad) en un principio, a quienes hagan mermeladas, aceites y camperas de cuero.
La idea es trazar un plan por el cual agreguemos trabajo a lo que exportamos con poco trabajo, así que, lo primero, es frenar ya mismo y revertir el peligroso éxodo rural; asegurar que los productores de bienes primarios tengan las mejores condiciones para ampliar su ámbito de influencia; trasladar parte de las extraordinarias rentas de las transnacionales a nuestro Estado, de manera de tener el capital suficiente para impulsar las industrias que sean más dinámicas; y trazar las bases necesarias para complementar todo esto con la alta tecnología, por lo que será necesario salvar nuestra educación.
Cuando el lector leyó que el Estado recibiría fondos que hoy migran las transnacionales, pensó de inmediato en un bote agujereado. Un plan de desarrollo nacional que no incluya incentivos, regulaciones, protecciones y mejora de la salud y la educación, pero que no incluya una reforma del Estado para que sea el principal agente de la transformación, no sería un plan de desarrollo nacional.
Hasta ahora, no planificamos nada: ejecutamos lo que nos mandan de afuera, como este acuerdo ruinoso. Eso significa que no trazamos un rumbo, sino que seguimos el rumbo trazado por otros para otros intereses.
¿Qué se necesita para cambiar de pisada?
Que dejemos de considerar inevitable lo evitable. El problema es que si consideramos inevitable lo evitable, es porque alguien trabajó para que pensáramos así. Considere el lector el mundo de las diversidades que vivimos. Es diverso el sexo, las modas, las razas, Benetton, todo, salvo una cosa, la política económica.
A esa nadie la discute: está ahí, es como el aire.
Este acuerdo es una red jurídica que nos atrapa. Esa red jurídica es esencial, pues desde que dejamos que nos atrape, se transforma en una red política, y es la política la que rige lo jurídico. Así que los cambios jurídicos que operan en este acuerdo agravan la dominación política, pero si la política rige lo jurídico, significa que podemos decir que este acuerdo y otros acuerdos, son inválidos, porque así nos parece a nosotros y así lo dictamos.
Un sabio decía que un hombre no está derrotado hasta que la idea de la derrota es aceptada por su mente. Este sabio era un gran guerrero. Con sus palabras nos despedimos del lector.
Marcelo Marchese
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias