El arte de lo posible y la mediocridad de lo necesario. Esteban Valenti

29.04.2026

La política uruguaya, en su eterna danza de sombras y luces, parece haberse instalado en una zona de confort que, a la larga, termina siendo un freno para las cosas importantes. Nos hemos acostumbrado a discutir el detalle nimio, la chicana o el titular de la mañana, mientras el mundo -ese ente complejo, acelerado y a veces brutal- se nos escurre entre los dedos sin que logremos siquiera articular una estrategia de supervivencia, mucho menos de desarrollo.

Lo primero que hay que entender es que el ejercicio del poder, o la aspiración a él, no es una partida de ajedrez donde gana el que se mantiene amenazando con las piezas, sino una construcción de sentidos. Y ahí es donde estamos fallando. Nos hemos dejado ganar por la lógica del "relato" vacío de nuestros adversarios, ese que se agota en el eslogan, olvidando que la gente, a pesar de lo que algunos analistas de café creen, tiene una intuición asombrosa para detectar cuándo se le está tomando el pelo.

El país necesita, de forma urgente, una sacudida de realismo. No hablo de ese realismo cínico que justifica la inacción, sino de aquel que reconoce las limitaciones pero no claudica ante ellas.

Gobernar hoy no es administrar el statu quo. Es, fundamentalmente, la capacidad de reformar sin romper el tejido social, y de innovar sin caer en el delirio tecnocrático.

Existe un peligro grave de desconexión entre quienes habitan el Palacio y quienes habitan la calle. Cuando la política se vuelve un sistema cerrado, se oxida. Y un sistema oxidado no produce progreso; produce, en el mejor de los casos, administración de crisis.

Hablamos de un país para crecer, pero estamos atados a un presente que vive de rentas pasadas. La educación, la inserción internacional, la matriz productiva: son todas urgencias que tratamos como si fueran temas de agenda parlamentaria para el próximo quinquenio, cuando en realidad son temas de vida o muerte para nuestra viabilidad como sociedad.

La política no es, ni debería ser, el arte de evitar el conflicto. Es el arte de gestionarlo para construir algo mejor. Pero para eso hace falta coraje. Coraje para decir lo que no gusta, para confrontar a los corporativismos propios y ajenos, y sobre todo, coraje para reconocer que, si queremos resultados distintos, no podemos seguir aplicando la misma receta con algunos cambios pero que muchas veces tienen solo un distinto envoltorio.

El Uruguay no está condenado al éxito, ni tampoco al fracaso.  Estamos, simplemente, ante una encrucijada de voluntad. O nos animamos a romper las inercias que nos frenan, o nos seguiremos deslizando, con paso elegante pero seguro, hacia una irrelevancia que nos costará mucho más que unos pocos puntos del PBI. Que incluso la CEPAL nos está vaticinando.

La historia no espera a los que se quedan discutiendo el sexo de los ángeles. Espera a los que, con errores y aciertos, se atreven a transformar la realidad. La pregunta, entonces, es incómoda pero necesaria: ¿estamos dispuestos a cambiar nosotros, o preferimos seguir siendo testigos de nuestra propia decadencia? No es una frase más, la escribo con el corazón apretado.

La pregunta no es solo necesaria; es, en realidad, el único tema que debería importarnos hoy, más allá de la gestión diaria y el ruido de la política menor. Nos planteas un escenario que, visto sin filtros, es muy preocupante: estamos al borde de un abismo que nosotros mismos hemos cavado, con la particularidad de que tenemos el dedo sobre el botón del detonador.

Vivimos bajo una angustia existencial de baja intensidad pero de alta frecuencia. Es la sensación de que, mientras tomamos el café de la mañana, en algún lugar del mundo alguien está decidiendo, con una frialdad administrativa espantosa, el destino de millones de seres humanos.

Lo que nos queda de humanidad es, paradójicamente, lo que estamos intentando desesperadamente sepultar bajo el cinismo y la polarización: la capacidad de indignación.

La fractura social global no es un fenómeno meteorológico; es un producto manufacturado. Nos han vendido que nuestra humanidad se mide por nuestra pertenencia a una tribu -nacional, ideológica, religiosa- y que la "humanidad del otro" es, en el mejor de los casos, negociable. Cuando perdemos la capacidad de reconocer en el adversario un semejante, no solo perdemos la paz, perdemos la brújula moral que nos hizo sobrevivir como especie durante milenios.

Nos escandalizamos -con razón- por la imprevisibilidad de quienes detentan el poder nuclear. Pero esos liderazgos no surgieron de un vacío. Son el síntoma de una sociedad que ha confundido la fuerza con el liderazgo y el silencio con la prudencia. Cuando la política global se reduce a una exhibición de testosterona atómica, la humanidad se retrae, se encierra en su miedo y le entrega el mando a quienes prometen seguridad a cambio de libertad.

A pesar de todo, queda algo que las bombas no pueden destruir: la memoria de la civilización y la resiliencia de la cultura, aún en medio de las guerras, hay gente creando arte, curando enfermos y defendiendo derechos. Esa es la trinchera real.

La globalización, que ha traído desigualdades brutales, también nos ha mostrado, por primera vez en la historia, que estamos en el mismo barco. No hay guerra hoy que no sea, al final, una guerra contra todos nosotros.

Lo que nos queda es la capacidad de decidir, aquí y ahora, que no vamos a ser cómplices. La humanidad se preserva en el acto cotidiano de no aceptar la barbarie como algo "normal".

La gran tragedia no es el peligro de extinción, que siempre ha existido bajo formas distintas. La gran tragedia es la normalización del horror. Mientras sigamos mirando las noticias de las guerras con la misma distancia que vemos una serie de ficción, estaremos cediendo un poco más de nuestra humanidad.

Lo que nos queda es una tarea: reconstruir el tejido de la empatía no como un valor romántico, sino como una herramienta política de supervivencia. La humanidad no es un estado de gracia que se nos regaló; es una conquista diaria que se nos está escapando de las manos precisamente porque hemos olvidado que, en el fondo, el otro somos nosotros mismos.

Si no somos capaces de articular una respuesta global que ponga la vida por encima de la geopolítica, no necesitaremos de una guerra nuclear para extinguirnos: habremos terminado con lo único que nos hace humanos mucho antes de que caiga la primera bomba.

Esteban Valenti
2026-04-29T07:14:00

Esteban Valenti.

Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)