El ejemplo dignificador del gueto de Varsovia. Ernesto Kreimerman

20.04.2026

 

El 19 de abril de 1943 marcó el inicio de una insurrección que no fue un estallido espontáneo sino la respuesta organizada de una comunidad que se enfrentaba a un proyecto estatal e industrial de exterminio. La invasión alemana de Polonia en setiembre de 1939 abrió un periodo de ocupación que, bajo la lógica del nazismo, convirtió el antisemitismo en política de Estado: deportaciones masivas, guetos, y la puesta en marcha de campos de exterminio como Treblinka y Majdanek. En ese marco, el gueto de Varsovia se transformó en un espacio de hacinamiento, hambre y muerte administrada. El levantamiento fue la decisión colectiva de oponerse a la deportación final y a la aniquilación sistemática de la "cuestión judía", junto a la persecución de otros grupos considerados "indeseables". En síntesis, los grandes hechos que anteceden y definen el 19 de abril fueron la rápida derrota de Polonia en 1939 y la instauración del gobierno general; la segregación y concentración de la población judía en el gueto de Varsovia; las sucesivas oleadas de deportaciones que vaciaron barrios enteros; y la implementación de la "solución final", siendo las redadas operaciones de exterminio. Frente a esa ofensiva, surgieron organizaciones clandestinas que decidieron organizarse para resistir.

Las semanas y días previos al 19 de abril estuvieron marcados por una tensión creciente y por una preparación metódica. Dentro del gueto se tejieron redes de solidaridad y de resistencia: comités de ayuda, canales de contrabando, redes de rescate de niños, y células políticas que compartían información y recursos. Se adquirieron armas por vías clandestinas, se construyeron búnkeres y refugios subterráneos, se improvisaron túneles y se organizaron puntos de encuentro. Estas tareas no fueron improvisaciones aisladas sino el resultado de meses de trabajo clandestino y de deliberación política: la decisión de resistir fue tomada con plena conciencia de las mínimas probabilidades de supervivencia, con la conciencia de que la dignidad y la memoria exigían sería el mejor legado para las futuras generaciones

El levantamiento fue coordinado por dos formaciones principales: la Organización Judía de Combate (ZOB) y la Unión Militar Judía (ZZW). En ese entramado organizativo emergió con fuerza un liderazgo joven y colectivo. Muchos de los cuadros dirigentes procedían de movimientos juveniles y de la vida cultural y política previa a la guerra; su experiencia en organización, su energía y su capacidad de movilización fueron decisivas para convertir la indignación en estrategia. Mordejai Anielewicz, joven dirigente de la ZOB, se convirtió en figura central: no solo por su papel en la coordinación militar y en la comunicación entre células, sino por su capacidad para articular la dimensión ética de la revuelta. Anielewicz y sus compañeros entendieron la resistencia como una obligación política y moral: organizar la defensa, proteger a los civiles y preservar testimonios frente al intento de borrado.

El liderazgo de Anielewicz no fue un liderazgo aislado ni personalista; fue representativo de una generación que asumió responsabilidades colectivas. Desde el cuartel general de la ZOB en la calle Mila 18 se intentó coordinar la defensa, distribuir armas escasas, y mantener la moral de una población sometida. Cuando ese búnker fue finalmente descubierto y asaltado en mayo, la muerte de Anielewicz y de muchos de sus compañeros se convirtió en símbolo de la entrega y del sacrificio de una generación que prefirió la resistencia a la sumisión.

Es imprescindible destacar el papel activo y equivalente de las mujeres en la revuelta. Las muchachas del gueto participaron de igual a igual: combatieron en las barricadas, actuaron como mensajeras y enlaces entre células, organizaron redes de ayuda y escondieron a niños y ancianos. Su trabajo logístico, obtención y ocultamiento de alimentos, gestión de refugios, transporte de armas y mensajes, fue tan decisivo como la acción armada. Los testimonios recogen nombres y rostros femeninos en primera línea; su presencia desmonta la idea de una revuelta exclusivamente masculina y subraya la naturaleza civil y comunitaria del levantamiento.

El 19 de abril, cuando las tropas alemanas entraron con la intención de completar la limpieza del gueto, la respuesta fue inmediata: disparos desde azoteas y ventanas, barricadas improvisadas, y la activación de refugios subterráneos. La sorpresa inicial obligó a los atacantes a cambiar de táctica; bajo el mando de Jürgen Stroop la reacción alemana se volvió sistemática y brutal: incendios para expulsar a los escondidos, demoliciones casa por casa y asaltos dirigidos a borrar físicamente el espacio del gueto. La lucha urbana se prolongó casi un mes y terminó con la destrucción de gran parte del barrio, la muerte de miles y la deportación de muchos más a los campos. Militarmente la revuelta fue aplastada, pero quedó la dimensión moral de aquellos valientes. Fue una decisión ética y política: resistir para proteger a otros, para preservar la memoria y para afirmar la dignidad humana frente a la barbarie. El levantamiento expone la verdadera naturaleza del proyecto nazi y, al mismo tiempo, deja un testimonio de coraje, solidaridad y humanidad que desafía la lógica homicida del régimen.

Conmemorar hoy aquel 19 de abril es honrar una elección por la vida en la hora más oscura de la humanidad: honrar la organización y el sacrificio de quienes resistieron, reconocer el liderazgo joven y colectivo, con Mordejai Anielewicz como emblema, y reivindicar la participación plena de las mujeres como actores centrales de la revuelta. Mantener viva esa memoria es una obligación ética que nos exige combatir el antisemitismo, el racismo y cualquier forma de deshumanización. Una obligación ética que constituye hoy el mismo desafío.

Pero no es un día ni un acto para repetir mecánicamente unas palabras que parezcan sentidas y profundas.

El mundo vive una escalada de odio, autoritarismo belicista y muerte, que se nos ha colado impulsada por unos aventureros irresponsables que, aupados en un ciclo de concentración de la riqueza y del poder, están destruyendo las democracias.

En el recuerdo de aquellos héroes de Varsovia, las conciencias libres del mundo deben volver a levantar las banderas de paz y democracia. Y como entonces entonar el himno de los partisanos... "No es un canto alegre, es canto de fusil / no es tampoco pájaro de libertad / es canción de un pueblo obligado a sufrir / que con sangre y plomo el verso escribirá".

Del ejemplo de aquellos judíos y judías, solo partidarios de la vida, como cada 19 de abril, tomamos ejemplo y admiración, al ratificar nuestro compromiso con la vida y por la paz.

 

(*) Artículo originalmente publicado en El Telégrafo, 19/04/2026. Reproducido con autorización expresa del autor.


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2026-04-20T11:22:00

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