El fin de la emancipación sionista. Tomás Abraham

14.09.2026

 

El sionismo fue una idea genial. Una solución política para los judíos que no tenían ninguna posibilidad de ejercer derechos ciudadanos, ni derechos individuales, ni tener la garantía de los derechos humanos; no los tenían en el Occidente cristiano, ni tampoco en el Occidente laico, ni en los países árabes, porque si no los mataban, expulsaban, convertían a la fuerza, el grado supremo de la tolerancia era considerarlos ciudadanos de segunda con la prerrogativa de practicar sus ritos y pagar impuestos especiales. Siempre segregados.

A fines del siglo XIX el periodista húngaro Theodor Herzl, después del caso Dreyfus, llegó a la conclusión de que no había salida para los judíos en ningún país del mundo y que había que pensar en un Estado judío. No proponía en ese momento ninguna localización geográfica.

Se sumaba así a los nacionalismos emergentes en el universo imperial de la época, el Austrohúngaro, el Otomano, el Ruso, el Alemán, que hasta la primera guerra mundial pudieron sujetar a los pueblos bajo su égida, ya fueran serbios o árabes entre tantos otros de ese mosaico cosmopolita.

Cada pueblo bregaba por su territorio, su lengua, su religión, frente a las culturas imperiales dominantes, y los judíos como parias de la historia de la civilización desde que los acusaron de tribu deicida, de tener un plan para adueñarse de la Patagonia, hasta la de ser dueños del mundo en los protocolos de los sabios de Sión, sobrevivieron de acuerdo al arbitrio de los poderes reinantes, desde los visigodos a los jerarcas de la modernidad ilustrada, como un pueblo desterrado, sin lengua unificada, sin nación. 

Las leyes napoleónicas y las promulgadas por el imperio austríaco en 1867 que autorizaban la integración de los judíos a la vida civil de la que gozaban los otros habitantes fue coincidente con el surgimiento del antisemitismo moderno y el racismo biológico que se prepararon para la búsqueda y la caza de los judíos invisibles, ya no identificables por su apariencia ni siquiera por sus apellidos.

Hannah Arendt escribió bastante sobre el tema.

La pregunta no es la de comprender cómo hicieron para sobrevivir dos mil años a las persecuciones y las matanzas, sino por qué no los aniquilaron de una buena vez por todas (como finalmente se propuso llevar a cabo Hitler).  No se debió a una resistencia armada, sino a una persistencia en su fe y su pasado que superó las conversiones, los exilios, las ejecuciones, que no tenía otro sistema de defensa que un recinto que ni siquiera necesitaba ser una sinagoga en la que orar o leer la biblia, sino que era suficiente con algún metro cuadrado y diez fieles para iniciar la ceremonia.

Fue así que presencié a la vez que participé en un shabatt en el fondo de un patio al lado de una cocina cuando viajé con mis padres a mi ciudad natal de Rumania, Timisoara, en la que las sinagogas existentes estaban cerradas con candado. Del mismo modo que los otros fieles con mi padre nos cubrimos la cabeza con un gorro de cartón.

Hay quince millones de judíos en el mundo y quince millones de palestinos, dos judíos por mil habitantes y dos palestinos por mil habitantes del planeta. En Chile viven quinientos mil habitantes de origen palestino y en la Argentina doscientos mil judíos. Son datos que no todos conocen.

Otro dato que no todos conocen es que el 25 de noviembre de 1977, se le otorgó al almirante Emilio Eduardo Massera el Doctorado Honoris Causa en la Universidad del Salvador. El marino pronunció un discurso sobre el concepto de "Hombre Sensorial", en el que argumentaba que la juventud argentina estaba en peligro por la difusión de las teorías de Marx, de Freud y de Einstein, los tres judíos que subvertían los valores esenciales del Occidente Cristiano. 

Más allá de condenar al criminal de guerra Netanyahu, de denunciar a los grupos fascistas del llamado sionismo cristiano y a los fundamentalistas libertarianos, como debemos hacer y hacemos muchos judíos, mientras israelíes (israelíes y judíos no son lo mismo, yo soy judío y no israelí) sigan ocupando tierras, violentando a palestinos en Cisjordania, y cometiendo asesinatos en Gaza, más allá del desastre humanitario que hay en Palestina, noto una falta de información, ignorancia, respecto de la historia de parte de algunos que confunden, de buena fe, la pésima solución de la partición de Palestina que ignoró los derechos de la población local  pero que olvida el destino de aniquilación de los judíos en la historia. No tenían adónde ir.

Con mis padres pudimos ingresar a la Argentina en 1948, una vez convertidos a la fe evangélica. Durante el primer gobierno de Perón, los judíos después de Auschwitz tenían un cupo de admisión.

Nosotros los argentinos tenemos una larga historia de odio a los judíos, no sólo de odios sino de crímenes, atentados, violaciones, torturas, ataques a comentarios, sinagogas, escuelas, librerías, que podemos enumerar durante décadas. Pero no por eso una crítica a la política criminal del gobierno israelí es una expresión antisemita, ni una crítica al terrorismo de Estado iraní nada tiene que ver con nuestra posición respecto de la historia y la civilización del islam. Hoy es necesario filtrar las expresiones altisonantes de unos y otros porque el racismo se disfraza de valores sublimes.

Sabemos que antisemitas de siempre, hoy más relajados, pueden exteriorizar su antisemitismo gracias a los palestinos. Otros sienten que pueden expresarse sin culpa y encomian a Israel porque sus fuerzas militares se cobran víctimas entre los árabes. Pueden admirar a Israel sin renunciar a su antijudaísmo ni a su antiarabismo.    

Por lo que acontece en Israel desde el 7 de octubre de 2023, considero que el sionismo debe ser repensado, su característica pionera de un pueblo perseguido desde siempre hasta el genocidio, ya no es una ideología emancipadora. Pero no debemos identificar sus inicios liberadores ni sus primeros proyectos socialistas con la realidad actual y hablar de sionismo en general. Hay una historia del sionismo.  

Los judíos de la diáspora, como yo, no tenemos la misma relación con Israel que la que teníamos hasta la masacre de Gaza. Hablo en nombre propio, no represento a nadie.

Me dirijo a quienes asumen una posición de buena fe.  Los que tienen mala fe, ya los conocemos, son mera y gastada repetición. Como dijo el premio Nobel de literatura, el húngaro Imre Kertész: en realidad, después del Holocausto, ya no hay antisemitas, hay imbéciles.

 

(*) Tomás Abraham

Filósofo (Argentina), Profesor Emérito de la Universidad de Buenos Aires/Doctor Honoris Causa de la Universidad de Tibiscus, Timisoara (Rumania).


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2026-09-14T13:38:00

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