El pollo nuestro de cada día. François Graña
05.03.2026
Los pollos de producción industrial están confinados en granjas donde se los mantiene vivos, pero no se satisfacen sus demás necesidades. Dado que decenas de miles de aves conviven en cada galpón, sus vidas son insignificantes.
Las aves no reciben atención individualizada; muchísimas mueren allí mismo en los galpones, incapaces de sobrevivir ni siquiera seis semanas en tan precarias condiciones. ¿Seis semanas? Sí, estas aves han sido manipuladas genéticamente para ganar mucho peso en apenas un mes y medio, con lo que sus cuerpos se inflan, sus corazones fallan y sus extremidades se rompen. Así, a pesar de su gran tamaño, son solo crías cuando las matan.
En tales condiciones de crianza, como no podría ser de otro modo, muchas aves sucumben. Sus cuerpos son arrojados a los contenedores de cadáveres o se dejan pudrir donde yacen. Incluso aves enfermas pero aún vivas, han sido encontradas en la basura, asfixiadas por el peso de sus compañeras muertas.
El margen de beneficio de cada ave es tan pequeño que se deben reducir costos hasta su mínima expresión. El alimento que se les da a las aves solo necesita asegurar que su peso aumente drásticamente; no es necesario mantenerlas sanas. Por eso, su alimento se compone de ingredientes baratos, entre ellos la soja, gran parte de la cual se cultiva en tierras deforestadas y se envía a todo el mundo.
A estas aves, inmunocomprometidas, hacinadas en entornos inmundos, a menudo sin aire fresco y sin nada que ejercite el cuerpo o la mente, se les suministra regularmente antibióticos para mantener con vida a la mayor cantidad posible durante esas seis cortas semanas. El uso generalizado de antibióticos en animales de granja estimula el florecimiento de patógenos resistentes a los antibióticos en las personas. Actualmente, según datos de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de los EE.UU., las bacterias resistentes a los medicamentos enferman a 2,8 millones de estadounidenses cada año y matan a unas 35.000 personas. Asimismo, cada año enferman millones de personas por causa de patógenos como la campylobacter y la E.Coli, ambas asociadas a la manipulación y el consumo de pollo.
Al final del ciclo de seis semanas, se vacían los galpones. Las aves se empaquetan en jaulas, ya sea físicamente mediante cuadrillas de captura que trabajan con rapidez, agarrándolas por las patas y las alas, o mecánicamente, donde los animales son recogidos por maquinaria. Una vez embutidas -literalmente- en la jaula, muchas de ellas ya con fracturas en las patas y las alas, las aves se cargan en camiones y se transportan hasta el matadero. Allí son encadenadas boca abajo mientras aún están conscientes, y se les corta la garganta. Algunos mataderos las matan con gas en cámaras especialmente diseñadas. Pero es sabido que los intentos de aturdimiento no funcionan con todas las aves, por lo que un número indeterminado de animales está consciente durante la matanza. Una vez desangradas, las aves son sumergidas en baños de agua caliente para aflojar sus plumas y luego pasan a la línea de carnicería.
Las investigaciones demuestran que casi todos los productos animales, incluido el pollo, son más perjudiciales para el planeta que casi todos los productos vegetales. La carne de pollo, por ejemplo, produce tres veces más emisiones que contribuyen al cambio climático que el tofu, y está inextricablemente ligada a la deforestación, ya que gran parte del pienso enviado a las granjas industriales de todo el mundo contiene soja cultivada en tierras deforestadas. Cuando se talan árboles, se pierde la vida silvestre. Las granjas avícolas son altamente contaminantes de agua y aire, lo que también tiene un profundo impacto negativo en la fauna. En resumen, las granjas avícolas son una pésima noticia para el planeta.
Francois Graña es Doctor en Ciencias Sociales.
Fuente: Generation Vegan - https://genv.org/
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