El precio de la filantropía. Magela Misurraco

11.04.2026

La ayuda humanitaria responde a incentivos: cada problema a resolver requiere financiación por lo que la solución no siempre es conveniente. Sucede en Haití, el país más olvidado de América Latina, donde hay más de 10 mil ONG que siguen sin resolver los problemas de fondo. ¿Qué pasa cuando ayudar se vuelve una industria?

 

Después del huracán de 2010, y otros desastres posteriores, Haití se convirtió en el laboratorio más visible de filantropía. Miles de organizaciones no gubernamentales desembarcaron en el país  con recursos, equipos, contratación de profesionales y buenas intenciones.

El panorama parecía incuestionable: frente al desastre, la solidaridad, pero con el tiempo empezó a aparecer un problema, el de la ayuda como una industria aparte. La mayoría de las ONG dependen de donaciones externas. Esto puede crear un incentivo perverso: si el problema se resuelve del todo, se reduce la fuente de financiamiento. Por eso algunas ONG terminan perpetuando la asistencia en lugar de empoderar a las comunidades locales para ser autosuficientes.

 Las ONG no operan en el vacío. Compiten por fondos, por visibilidad, por legitimidad. Necesitan mostrar resultados, pero también justificar su continuidad. Sin problema no hay financiamiento y sin financiamiento, no hay estructura, ni equipos, ni proyectos. La filantropía se profesionaliza: hay salarios, trabajo de imagen, narrativa, métricas de impacto, entre otros factores. Y en ese proceso, el problema que da origen a la ayuda deja de ser solo una urgencia que resolver y pasa a ser, también, la condición de posibilidad de todo el sistema.

Aunque esto no implica necesariamente mala fe, cuando la supervivencia de una organización depende de la persistencia de aquello que busca combatir, se instala una contradicción: resolver el problema puede significar volverse irrelevante. Administrarlo, en cambio, garantiza continuidad.

A eso se suma otro actor clave, el donante. Individuos, gobiernos y organismos internacionales que necesitan -y muchas veces desean - sentir que están ayudando. 

La filantropía también tiene marketing. Se construyen relatos simples, emocionalmente eficaces: salvar vidas, cambiar destinos, reconstruir comunidades. Narrativas que movilizan recursos, pero que al mismo tiempo simplifican realidades complejas y desalientan cuestionamientos sobre la eficacia, la dependencia o el impacto a largo plazo.

En ese circuito, todos obtienen algo. Las ONG financiamiento y propósito. Los donantes validación moral. Las comunidades, ayuda -muchas veces indispensable- pero también, en ciertos casos, una dependencia estructural que reemplaza al desarrollo. Cuando la asistencia se superpone o sustituye capacidades locales, puede terminar debilitando aquello que pretendía fortalecer.

Nada de esto niega que haya organizaciones que hacen trabajos extraordinarios y personas profundamente comprometidas. Pero el problema no es individual. Es sistémico: ayudar, en muchos casos, también puede convertirse en una forma de sostener -sin quererlo- aquello que se declara querer cambiar.

Magela Misurraco es Licenciada en Comunicación. Opción Publicidad y Relaciones Institucionales. Udelar.

 

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2026-04-11T20:16:00

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