El problema no es "pedir un giro a la izquierda" sino haber renunciado a transformar. José W. Legaspi
23.08.2026
Un viejo amigo me hizo llegar, a propósito de las columnas que vengo publicando, una observación que pretende ser crítica y que, sin embargo, tiene la virtud involuntaria de colocar la discusión exactamente dónde debe estar.
Según él, estos análisis -junto con el documento "Volver a la senda del frenteamplismo" -un anónimo que aún no he leído- serían una reedición, en versión 2025-2026, de aquellas discusiones sobre "el gobierno en disputa" y el "giro a la izquierda" que atravesaron los gobiernos del Frente Amplio entre 2005 y 2019. Y remata con una constatación que imagina demoledora: "'Giro a la izquierda' es lo que vienen pidiendo tus notas todas, sin excepción, hace varios meses".
Pues bien: si después de leer todo lo que he escrito esa es la conclusión, no tengo demasiado que objetar. Sí. Mis columnas reclaman que la izquierda vuelva a comportarse como izquierda.
Pero el problema comienza cuando se supone que decirlo constituye una extravagancia, una desviación o, peor todavía, una especie de enfermedad infantil de quienes no comprendimos las responsabilidades de gobernar.
Porque entonces las preguntas inevitables son otras: ¿qué debería pedirle un hombre de izquierda a un gobierno de izquierda?¿Un giro a la derecha? ¿La administración indefinida del centro? ¿La tranquilidad de los mercados? ¿La aceptación de que las relaciones económicas fundamentales son inmodificables?
¿O acaso deberíamos concluir que llegar al gobierno constituye el punto final del recorrido histórico de la izquierda y que, una vez alcanzado ese objetivo, cualquier demanda de transformación pasa a convertirse en una incomodidad?
Ahí está la discusión que vale la pena dar.
La memoria de los quince años
Invocar los gobiernos frenteamplistas de 2005 a 2019 como demostración de que esta discusión ya ocurrió supone, además, una lectura curiosamente simplificada de aquella experiencia.
Porque durante esos quince años hubo disputas. Y menos mal que las hubo. Hubo debates sobre política tributaria, relaciones laborales, presupuesto educativo, concentración de la tierra, extranjerización, política internacional, inversión extranjera, empresas públicas, reforma del Estado y distribución de la riqueza.
Hubo quienes consideraban que el Frente Amplio debía avanzar más y quienes entendían que debía moderarse. Hubo tensiones entre el gobierno y el movimiento sindical. Hubo discusiones dentro de la propia fuerza política. Hubo diferencias entre ministros, sectores y presidentes.
Eso no fue una anomalía. Eso fue política. Una fuerza que había llegado al gobierno después de décadas de construcción popular inevitablemente debía discutir qué hacer con el poder conquistado.
El concepto de "gobierno en disputa" podía ser discutible en su formulación, pero señalaba un problema real: gobernar no elimina las contradicciones sociales. Mucho menos elimina los intereses económicos que actúan sobre el Estado.
La llegada de la izquierda al gobierno no provoca milagrosamente la desaparición del poder económico. Los grandes grupos empresariales no dejan de defender sus intereses porque haya ganado el Frente Amplio. Los propietarios de la tierra no abandonan los suyos. El sistema financiero tampoco. Los inversores internacionales continúan negociando condiciones favorables. Los organismos multilaterales continúan recomendando determinadas políticas.
¿Por qué, entonces, solamente la izquierda debería suspender la defensa de sus objetivos cuando llega al gobierno?
Gobernar también es disputar
Lenin formuló, en circunstancias históricas incomparablemente distintas de las uruguayas, una pregunta que conserva enorme potencia política: ¿quién a quién?. Es decir: quién determina finalmente el rumbo de una sociedad y sobre quién recaen las consecuencias de las decisiones.
No se trata de trasladar mecánicamente las categorías de la Rusia revolucionaria al Uruguay del siglo XXI. Sería absurdo. Se trata de comprender una cuestión elemental: toda política económica distribuye poder, costos y beneficios.
Cuando se decide no gravar determinada riqueza, alguien se beneficia. Cuando se decide gravarla, también existe una opción política.
Cuando se concede una exoneración, cuando se define una prioridad presupuestal, cuando se negocia con una multinacional, cuando se establece una pauta salarial o cuando se determina cuánto puede gastar el Estado, no estamos ante decisiones neutrales adoptadas por técnicos desde algún territorio exterior a la sociedad.
Estamos decidiendo quién paga y quién recibe. Quién espera y quién no. Quién debe comprender las restricciones y quién recibe garantías.
Por eso me resulta particularmente revelador que reclamar un "giro a la izquierda" pueda presentarse como una acusación contra alguien que escribe desde la izquierda. La verdadera anomalía sería la contraria.
El 1% y los límites de lo posible
He insistido en estas columnas sobre la negativa del gobierno de Yamandú Orsi a discutir el impuesto del 1% al 1% más rico porque considero que allí existe una condensación extraordinaria del problema. No porque ese impuesto fuera a producir una revolución. Precisamente por lo contrario.
Era una propuesta moderada: pedir un esfuerzo adicional a quienes poseen mayor riqueza para enfrentar una de las heridas más vergonzosas del Uruguay contemporáneo, la pobreza infantil.
Se podía discutir el instrumento. Se podía discutir su diseño, su rendimiento, sus efectos económicos. Lo difícil de comprender desde una perspectiva de izquierda era negarse incluso a discutirlo.
Y aquí aparece aquello que mi "amable" crítico llama "giro a la izquierda". Si sostener que quienes tienen más deben contribuir más es girar a la izquierda, entonces sí: giro a la izquierda.
Si afirmar que la pobreza infantil merece desafiar algunos privilegios económicos es girar a la izquierda, también.
Si preguntarse por qué la tranquilidad de los grandes inversores parece constituir un límite político mientras las necesidades populares deben someterse permanentemente a las restricciones fiscales es girar a la izquierda, acepto nuevamente la definición.
Pero entonces tendremos que admitir algo bastante más importante: hemos desplazado tanto el punto de referencia que antiguas convicciones elementales de la izquierda empiezan a parecernos radicales.
Ho Chi Minh y la política concreta
Ho Chi Minh comprendió algo que muchas izquierdas olvidan cuando convierten la moderación en una virtud autosuficiente: una estrategia política sólo tiene sentido en relación con las condiciones concretas de un pueblo. No existe una receta revolucionaria universal. No existe un catálogo de medidas que determine para siempre qué significa ser de izquierda.
Por eso nadie sensato propone reproducir en Uruguay experiencias históricas surgidas en otras sociedades y bajo circunstancias completamente diferentes.
Pero una cosa es rechazar el dogmatismo y otra muy distinta renunciar a tener dirección. La flexibilidad táctica solamente tiene sentido cuando existe una estrategia.
Se puede negociar si se sabe para qué. Se pueden establecer acuerdos si se sabe hacia dónde conducen. Se puede atraer inversión extranjera si existe un proyecto nacional capaz de establecer qué lugar ocupará esa inversión. Se puede administrar responsablemente el Estado si esa administración permite acumular fuerzas para transformar la sociedad.
Lo que no se puede hacer es convertir los instrumentos en objetivos y después llamar "realismo" a la ausencia de horizonte.
La moderación también es ideología
Existe una curiosa operación intelectual mediante la cual las propuestas transformadoras son consideradas "ideológicas", mientras que las políticas moderadas aparecen como simples expresiones del sentido común.
Pero la moderación también es una ideología. Decidir que determinados impuestos no pueden discutirse es ideología. Considerar que la inversión privada debe ocupar el centro de la estrategia de crecimiento es ideología. Pensar que el equilibrio fiscal constituye el límite previo dentro del cual deben acomodarse las aspiraciones sociales es ideología. Suponer que tranquilizar al poder económico es condición indispensable para gobernar es ideología.
La diferencia es que, cuando una concepción se vuelve dominante, deja de presentarse como concepción y comienza a aparecer como realidad.
Gramsci comprendió extraordinariamente ese mecanismo: una hegemonía alcanza su mayor eficacia cuando sus supuestos dejan de parecer discutibles.
Y quizá allí se encuentre uno de los mayores problemas de alguna "izquierda" contemporánea: ha terminado aceptando como límites naturales muchas cosas que históricamente nació para discutir.
La derrota que terminó instalada en la cabeza
Pero hay algo todavía más profundo detrás de esta discusión. Y quizá "mi viejo amigo" represente, sin proponérselo, un fenómeno que he intentado analizar en otras columnas.
Hay hoy muchas compañeras y compañeros de izquierda que padecen una suerte de mal invisible. No apareció de un día para otro. Fue entrando lentamente, casi imperceptiblemente, hasta modificar la manera de pensar lo posible.
Es la consecuencia ideológica de una derrota histórica. La caída del Muro de Berlín, la implosión de la Unión Soviética y el derrumbe de aquello que durante décadas se llamó "socialismo real" no significaron solamente el fracaso de determinadas experiencias políticas. Produjeron un terremoto mucho más profundo en la cultura de la izquierda mundial.
Mientras se desplomaban aquellos regímenes, desde los grandes centros del poder económico, político e intelectual se proclamaba algo bastante más ambicioso que la victoria de Occidente en la Guerra Fría: se anunciaba la victoria definitiva del capitalismo.
Francis Fukuyama le dio a aquella pretensión su formulación más célebre con la tesis del "fin de la historia". Pero la idea desbordó ampliamente a Fukuyama. Se nos dijo que habían terminado las grandes ideologías, que ya no existían alternativas sistémicas, que el mercado constituía el mecanismo insuperable de organización económica y que la política debía abandonar la pretensión de transformar la sociedad para dedicarse a administrar con mayor o menor sensibilidad una realidad esencialmente inmodificable.
Lo extraordinario no fue que el capitalismo proclamara su victoria. Lo extraordinario fue que una parte de la izquierda terminara creyéndosela.
No necesariamente abandonó sus partidos. No dejó de llamarse socialista, comunista, frenteamplista o progresista. No renunció a sus símbolos, sus canciones, sus fechas, sus héroes ni sus recuerdos. Incluso continuó participando en actos y elecciones, como este "viejo y querido amigo".
Lo que abandonó fue algo más importante: la convicción de que otra sociedad era posible. Y cuando una izquierda deja de imaginar otra sociedad, puede conservar durante mucho tiempo su identidad cultural, pero comienza lentamente a perder su razón histórica.
Entonces ocurre una transformación silenciosa. La utopía pasa a ser considerada ingenuidad. La transformación estructural, voluntarismo. La confrontación con los intereses dominantes, irresponsabilidad. La redistribución profunda, populismo. La planificación, una antigualla. La soberanía económica, una nostalgia.
Y cualquier propuesta que desborde los márgenes aceptados por el sistema comienza a ser mirada con la indulgencia con que los adultos contemplan las ilusiones de la adolescencia.
Ese es probablemente el triunfo ideológico más profundo del capitalismo: no conseguir que la izquierda se vuelva de derecha, sino lograr que deje de creer que puede existir algo fuera del capitalismo.
Desde entonces, la discusión ya no consiste en qué sociedad queremos construir, sino en quién administra mejor la existente.
Una derecha que lo hace abiertamente de acuerdo con sus concepciones e intereses y una izquierda que procura hacerlo con mayor sensibilidad social, mejores políticas públicas, algo más de redistribución y preocupación por quienes quedan en los márgenes.
Es una diferencia importante. No la desprecio. Pero continúa siendo una diferencia dentro del mismo horizonte. Y quizá por eso hoy resulte extraño reclamarle a un gobierno de izquierda que gire a la izquierda.
Porque para quienes interiorizaron aquella derrota, la izquierda dejó de ser una dirección histórica y pasó a ser apenas una manera más humana de administrar lo inevitable.
Ese es el "mal" al que me refiero. No es una traición. Sería demasiado fácil explicarlo así. Tampoco necesariamente una renuncia consciente. Es algo bastante más complejo y, precisamente por eso, más profundo: la derrota convertida en sentido común.
Gramsci habría reconocido inmediatamente el fenómeno. Una hegemonía triunfa de verdad cuando consigue que incluso quienes históricamente se opusieron al orden existente comiencen a pensar dentro de sus categorías.
Por eso recuperar una izquierda transformadora exige algo anterior incluso a elaborar un programa económico. Exige recuperar la imaginación política. Volver a preguntarnos qué sociedad queremos. Volver a discutir qué debe producirse, para quién, bajo qué relaciones de propiedad y con qué distribución de la riqueza. Volver a pensar el trabajo, el Estado, la propiedad, la democracia, la soberanía y el poder.
Y, sobre todo, volver a aceptar una palabra que durante demasiado tiempo fue expulsada del vocabulario político por considerársela ingenua o peligrosa: utopía.
No como fantasía. No como promesa de un paraíso inevitable. Sino como horizonte capaz de indicarnos hacia dónde caminar.
Porque hubo un tiempo en que la izquierda uruguaya no luchaba solamente para que los pobres fueran un poco menos pobres o para administrar con mayor justicia las restricciones del capitalismo. Aspiraba a construir una sociedad distinta.
Una sociedad que, con una expresión sencilla y formidable, alguna vez imaginamos como “la sociedad del pan y de las rosas". Pan, porque sin igualdad material la libertad termina siendo privilegio. Rosas, porque ninguna transformación merece ese nombre si no contiene también dignidad, cultura, belleza, libertad y plenitud humana.
Tal vez el problema más grave de una parte de nuestra izquierda no sea entonces haberse moderado. Es haber dejado de preguntarse "hacia dónde quería ir".
Y cuando una izquierda pierde esa pregunta, puede seguir caminando durante mucho tiempo. Lo que ya no sabe es si está avanzando.
Arismendi y la transformación como proceso
Rodney Arismendi tampoco concebía la transformación como un salto voluntarista realizado al margen de las condiciones históricas. Su concepción de la democracia avanzada era precisamente la de un proceso. Pero proceso no significaba inmovilidad.
Reconocer una determinada correlación de fuerzas no significaba aceptarla para siempre. Significaba comprenderla para actuar sobre ella. Acumular fuerzas no era acumular cargos. Construir hegemonía no era obtener mejores resultados en las encuestas.
Avanzar democráticamente significaba ampliar la participación popular, modificar relaciones económicas, conquistar derechos y crear nuevas condiciones para continuar avanzando.
La diferencia es fundamental. Porque también se puede administrar durante muchos años sin modificar sustancialmente las relaciones de poder.
Y entonces ocurre una paradoja peligrosa: la izquierda gobierna, pero la sociedad continúa funcionando dentro del horizonte definido por sus adversarios históricos.
La política transformadora parte de los límites existentes, pero trabaja para desplazarlos. La política resignada hace exactamente lo contrario: convierte esos límites en argumentos para explicar por qué nada fundamental puede cambiar.
Una reconoce la realidad para transformarla. La otra termina transformando la resignación en realismo.
La lealtad no consiste en callar
Hay, finalmente, algo más profundo detrás de esta discusión.
Una determinada cultura política entiende que cuando gobierna la izquierda la crítica debe moderarse para no favorecer a la derecha. Conozco ese argumento. Y comprendo su preocupación.
Pero llevado hasta sus últimas consecuencias produce un resultado devastador: convierte la lealtad en silencio. No comparto esa concepción.
No creo que defender al Frente Amplio signifique aceptar todo lo que haga un gobierno frenteamplista. Mucho menos creo que señalar contradicciones sea trabajar para sus adversarios.
La derecha no necesita mis columnas para criticar al gobierno. Tiene partidos, casi todos los medios, dirigentes, recursos económicos y una concepción propia del país.
Mi discusión es otra. Es una discusión "dentro de la tradición histórica de la izquierda". Precisamente porque considero que el Frente Amplio constituye una construcción política demasiado importante para Uruguay como para reducirla a una maquinaria electoral cuya finalidad sea ganar elecciones y administrar razonablemente el Estado.
La crítica puede ser incómoda. Debe serlo. Una izquierda que solamente tolera elogios cuando gobierna terminará descubriendo demasiado tarde que dejó de pensar.
Y una izquierda que confunde disciplina con silencio corre un peligro todavía mayor: comenzar a considerar adversario a cualquiera que le recuerde las razones por las que nació.
Entonces sí: un giro a la izquierda
Mi "viejo amigo" creyó encontrar una contradicción donde en realidad encontró una definición. Sí. Estas columnas vienen reclamando desde hace meses que la izquierda recupere capacidad transformadora.
Que vuelva a discutir la distribución de la riqueza. Que reconstruya el vínculo con el mundo del trabajo. Que someta la inversión a una estrategia nacional y no la estrategia nacional a las exigencias de la inversión. Que fortalezca al Estado allí donde es necesario. Que vuelva a pensar la soberanía. Que escuche verdaderamente a su militancia antes de convocarla solamente para defender decisiones tomadas. Que se atreva a imaginar un Uruguay diferente y no simplemente una administración más humana del Uruguay existente.
Si a todo eso queremos llamarlo "giro a la izquierda", no tengo ningún problema con la expresión. Porque quizás esa sea precisamente la discusión que necesitamos recuperar.
No se trata de regresar nostálgicamente a 1971, ni a 1989, ni siquiera a 2005. La historia no retrocede y ninguna experiencia puede repetirse. Se trata de algo bastante más difícil: volver a imaginar el futuro.
Recuperar aquella convicción elemental que alguna vez movilizó a generaciones enteras: que el capitalismo no constituye el punto final de la historia, que la desigualdad no es una fatalidad y que la política puede hacer algo más que administrar lo existente.
Podemos discutir cómo hacerlo. Podemos equivocarnos sobre los caminos. Podemos avanzar más lentamente de lo que quisiéramos. Podemos negociar, acumular fuerzas, retroceder incluso cuando la correlación de fuerzas lo imponga. Lo que una izquierda no puede hacer es renunciar al horizonte y después llamar madurez a esa renuncia.
Porque entonces ya no estamos discutiendo cuánto debe girar a la izquierda. Estamos discutiendo si todavía recuerda por qué nació.
Y si aún conserva el coraje de volver a imaginar aquella vieja y sencilla utopía: "una sociedad del pan y de las rosas".
José W. Legaspi