El progreso está cargado de pasado. Liliana Pertuy

16.07.2026

Dice Walter Benjamin que: "Si el pasado insiste, es por la ineludible exigencia vital de activar en el presente sus gérmenes de futuros enterrados."

 

Desde que conocí la Escuela de Frankfurt me sentí atraída por ella. Pero Benjamin siempre me incomodó. Mucho tiempo después entendí por qué.

La idea de progreso es, antes que nada, un relato. Nos presenta la historia como una línea recta, una flecha lanzada hacia un futuro cada vez mejor. Sin embargo, esa historia lineal deja fuera aquello que más importa: la destrucción de los vencidos.

No cuenta el sufrimiento de quienes levantaron las pirámides, ni la historia de los desaparecidos que dieron su vida por un mundo mejor. No cuenta el genocidio de los pueblos originarios, ni las incontables derrotas de quienes se enfrentaron a la opresión.

Benjamin nos invita justamente a mirar allí.

El relato del progreso fue quizá el mejor cuento para adormecer a los trabajadores: remar siempre a favor de la corriente porque la historia, supuestamente, estaba de su lado; no preocuparse demasiado porque el humanismo y el bienestar llegarían de manera inevitable.

Mientras tanto, el capitalismo fue enterrando a los vencidos. A quienes resistieron, a quienes tuvieron la osadía de desafiar el poder y a los poderosos.

Te convencieron de que tu tarea era producir, no pensar. El capitalismo necesitaba trabajadores en las fábricas para reconstruirse después de las grandes guerras.

En ese contexto, frente a las alternativas que disputaban el rumbo del mundo -el socialismo soviético, por un lado- apareció una opción mucho más aceptable para Occidente: la socialdemocracia y el Estado de bienestar. Un capitalismo reformado que garantizara ciertos derechos sin alterar las bases del sistema. Funcionó durante décadas, hasta que el propio capitalismo volvió a mostrar su verdadera excepcionalidad.

Porque, para Benjamin, el estado de excepción no es una anomalía: es la regla bajo la cual viven los oprimidos.

Benjamin no escribió solamente sobre la historia. Escribió también sobre la política. Su crítica a la idea de progreso es, en realidad, una advertencia para quienes creen que la historia avanza sola y que las conquistas sociales son irreversibles. Cuando una fuerza política deja de disputar el sentido de la realidad porque supone que el desarrollo económico, la ampliación de derechos o la buena gestión alcanzan para consolidar una sociedad más justa, comienza a caminar sobre terreno prestado. El progreso deja entonces de ser un proyecto político para transformarse en una fe.

Tal vez ahí radique una de las mayores dificultades de buena parte de las izquierdas contemporáneas. Durante décadas administraron avances importantes y mejoraron las condiciones materiales de millones de personas. Pero, al mismo tiempo, fueron abandonando la batalla cultural, la disputa por el sentido común y la formación de pensamiento crítico. Creyeron que la historia jugaba de su lado. Benjamin nos recuerda exactamente lo contrario: ninguna conquista está asegurada, porque la barbarie no pertenece al pasado. Siempre está esperando la oportunidad para regresar bajo nuevas formas.

El progreso, entonces, no está delante. Está detrás.

El futuro construido sobre un montón de catástrofes no puede entenderse sin mirar las ruinas que deja a su paso. La idea de que la historia avanza inevitablemente hacia un estadio superior oculta los mecanismos mediante los cuales el capitalismo reproduce su dominación.

Cuando las guerras, las dictaduras o las crisis económicas aparecen como simples accidentes, se invisibilizan las causas estructurales que las producen.

Cuando Francis Fukuyama proclamó el "fin de la historia", estaba expresando precisamente ese discurso de los vencedores: la ilusión de que el capitalismo liberal había llegado para quedarse y que ya no existían alternativas históricas.

Por eso reconocer a los vencidos, comprender sus luchas y profundizar en las causas que aún permanecen sin resolver constituye una condición para construir el futuro.

El progreso no llegará sin mirar las ruinas del pasado.

Benjamin lo expresa magistralmente en la imagen del Ángel de la Historia: un ángel que mira hacia atrás contemplando una única catástrofe que acumula ruina sobre ruina, mientras un huracán -al que llamamos progreso- lo empuja irremediablemente hacia el futuro.

La conformidad y la certeza de que el bienestar llegaría inexorablemente fueron narrativas poderosas para despolitizar a las grandes masas después de las guerras mundiales.

El capitalismo ha demostrado una extraordinaria capacidad para absorber la rebeldía, neutralizarla y devolverla convertida en mercancía. En mi época fue la camiseta del Che. Hoy pueden ser muchas expresiones de la cultura woke cuando son reducidas a un producto de consumo, despojadas de contenido político y convertidas en identidad de mercado.

El sistema fabrica rebeldías a medida. Canaliza el enojo, individualiza los conflictos, medicaliza el malestar y transforma problemas sociales en problemas personales. Si no encajas, el problema eres tú, no el orden social.

Compra la camiseta. Pero anímate también a pensar.

No desconozco que muchas personas encuentran en esas luchas herramientas legítimas para denunciar discriminaciones históricas y ampliar derechos. El problema comienza cuando esas reivindicaciones son absorbidas por el mercado y dejan de cuestionar las relaciones de poder que las originan.

Las ideas también pueden ser mediatizadas y mediocrizadas.

El poder ofrece paquetes de indignación administrada para que te sientas mejor sin cuestionar las estructuras que producen la desigualdad. Y si renuncias al pensamiento crítico, terminas siendo funcional al sistema: algo parecido a autocobrarte en el supermercado.

Cuando te convencieron de que bastaba con el talante negociador para gobernar; cuando creíste que distribuir recursos sin disputar la construcción del sentido alcanzaba; cuando pensaste que quienes ocupaban determinados cargos jugarían necesariamente para tu proyecto político...

...fue la derecha la que terminó imponiendo su agenda.

Porque ellos llevan siglos construyendo relato. Han escrito buena parte de la historia oficial. Saben adaptarse con enorme eficacia a cada momento histórico, mientras la izquierda muchas veces continúa remando hacia adelante convencida de que el progreso es inevitable.

Lo viejo sirve.

Por eso me avergüenzan ciertos espectáculos que ofrece hoy el Parlamento, precisamente la casa de la democracia por la que tantos luchamos con el cuerpo y con el alma.

Me avergüenza que quienes ocupan esas bancas puedan tomarle el pelo a la ciudadanía con tanta impunidad. Ridiculizándonos con esa foto de egresados, gente a la cual le pagamos miles y miles de pesos.

Pero también me preocupa que quienes apoyé hayan comprado demasiados espejitos de colores. No se trata de una diferencia entre modernos y dinosaurios. Se trata de otra cosa.

Quiero política. Política de verdad.

La izquierda casi siempre pierde cuando decide jugar con las reglas de la derecha.

No resulta serio salir después de un revés, de haber hecho todo lo posible -desde la mejor política -  también con - una foto de egresados- y decir que fue terrible lo ocurrido, como si no supieran con quién estaban disputando el poder.

¿Acaso desconocían qué esa es precisamente la derecha? La misma que supo construir una dictadura de doce años cuando creyó necesario preservar sus intereses.

Cuando un ministro dice que tiene un plan B, menos mal. Para eso le pagamos. Pero no confundamos un correctivo con un accidente.

A quienes se apartan, aunque sea mínimamente, del libreto de su clase, el poder económico rara vez se lo perdona.

Piensen. Analicen.

No todo es campaña electoral.

Hay derrotas que conservan mucha más dignidad que algunas victorias.

Liliana Pertuy es socióloga, feminista. Militante por la memoria, la verdad y la justicia. Denunciante de terrorismo de Estado, caso menores detenidos en Treinta y Tres. Ciudadana y artista plástica.

 

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2026-07-16T00:12:00

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