El reloj del envejecimiento no se detiene, pero sí se lo puede enlentecer. François Graña
17.04.2026
Pasados los 60 y sobre todo después de los 70, ciertos cambios suceden con tu cuerpo que no tienen nada que ver con tus hábitos sino con transformaciones biológicas naturales que sobrevienen con el envejecimiento. Demencia, diabetes y artritis son las principales patologías que pueden acechar al organismo del adulto mayor, aunque en grados de amenaza muy diversos.
En primer lugar, tu cuerpo empieza a absorber menos nutrientes del mismo alimento. El revestimiento del intestino delgado se adelgaza, disminuye la cantidad de células responsables de la absorción de nutrientes, la producción de ácido estomacal se reduce hasta en un 40 % y el tránsito intestinal se enlentece. O sea que podés seguir con tu misma dieta de siempre, pero ahora el cuerpo extrae muchos menos nutrientes de cada bocado: el organismo fija menos magnesio, menos zinc, menos hierro; se absorbe menos calcio, por lo que los huesos se debilitan más rápido; llega menos vitamina B12 al torrente sanguíneo, por lo que tu cerebro y tus nervios envejecen más rápidamente.
En segundo lugar, el sistema de reparación de daños celulares se vuelve menos eficaz; así, el ADN dañado aumenta con mayor rapidez de lo que el cuerpo puede repararlo. El resultado es que las células empiezan a alterarse: algunas dejan de dividirse correctamente, otras dejan de funcionar aunque sin morir, y liberan señales inflamatorias que dañan las células sanas de su entorno. Este es uno de los principales factores del envejecimiento acelerado en los mayores de 70.
En tercer lugar, el sistema de defensas envejecido empieza a atacar el propio cuerpo. En los años jóvenes, el sistema inmunitario se activaba ante una amenaza real: una infección, una lesión. Pasados los 70, algo cambia en los mecanismos de señalización de las defensas: la respuesta inflamatoria empieza a funcionar casi constantemente aunque a un nivel bajo, incluso cuando no hay infección ni amenaza real alguna. El sistema inmunitario empieza a funcionar mal, liberando citoquinas diariamente en el torrente sanguíneo, lo que tiene un efecto inflamatorio y daña silenciosamente los vasos sanguíneos, el tejido cerebral, las articulaciones y los órganos.
En cuarto lugar, las hormonas disminuyen, lo que afecta músculos, cerebro y huesos. Menos testosterona significa menor capacidad de desarrollar y mantener la masa muscular y la densidad ósea. La hormona del crecimiento que el organismo emplea para reparar los tejidos, se reduce drásticamente. En las mujeres, la pérdida de estrógeno aumenta la fragilidad ósea, estimula la pérdida cognitiva y altera la regulación del estado de ánimo.
En quinto lugar, después de los 70 el cerebro empieza a encogerse año a año; la corteza prefrontal y el hipocampo son las regiones más afectadas (éste es el centro de la memoria y aquélla el comando de la toma de decisiones). Las típicas manifestaciones de esta reducción consisten en la dificultad para encontrar palabras, en el olvido ocasional, en un tiempo de procesamiento mental ligeramente mayor. Pero la tasa de reducción del tamaño del cerebro no es fija, y puede enlentecerse con el aprendizaje de cosas nuevas: un idioma, un instrumento musical, una habilidad, etc. La novedad es una señal fuerte para que el cerebro se regenere. Asimismo, el ejercicio aeróbico aumenta el tamaño del hipocampo.
Una dieta que incluya pescado azul (atún, salmón, sardina, caballa, bonito, pez espada), porotos de soja, champiñones, hojas verdes, aceite de oliva, frutos rojos, contribuye a recuperar la capacidad de reparación disminuida. Asimismo, deben evitarse los carbohidratos y las carnes procesadas. Por último, es muy importante hacer ejercicios de fuerza regular, reducir o eliminar el consumo de alcohol y dormir bien: cada noche de mal descanso aviva el fuego inflamatorio.
Francois Graña es Doctor en Ciencias Sociales.
Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=HMfpibt065s
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