El riesgo de errarle al tarro. Ramón Fonticiella
17.08.2026
Cuando gurises se jugaba a voltear un tarro con una onda, construída con una horqueta de rama de árbol y una goma atada a cada extremo, unidas por un trozo de cuero en el calzaba una piedra. El juego puede parecer inocente, dependiendo del lugar en que se ejecutara.
En un descampado no generaba grandes problemas, pero cerca de casas u otras construcciones, era un riesgo. Si no se le pegaba al tarro, la piedra podía tener como destino un vidrio, una cabeza o lo que fuera.
La alegoría pretende "no errarle al tarro" cuando se opina, sea de la materia que fuere. El lector sabe que "palabra y piedra suelta, no tienen vuelta". Un concepto fuera de lugar, una opinión sin fundamento, pueden causar más daño que una andanada de guijarros sobre un ventanal.
Lamentablemente hay momentos que estamos en verdaderos concursos de errarle a la lata. Todos nos creemos con el derecho a opinar de casi todo, aunque no tengamos formación ni información para hacerlo. Así muchas declaraciones, discusiones y hasta reportajes de figuras referentes, se transforman en una lluvia de piedras sobre el raciocinio de los oyentes. No nos damos cuenta de la gravedad que implica informar sin saber, opinar sin elementos, o lo que es peor, inducir a formar conceptos equivocados.
En política asombra la liviandad con que se reclaman acciones que nunca se comprometieron, que sólo pasaron por el imaginario de quienes se expresan, y las dejan clavadas como mojones que señalan una ruta. Quienes discutan el error pueden ser catalogados hasta de "traidores". Situación muy jorobada en un mundo siempre ansioso, que escucha lo que quiere y no establece relaciones.
"Qué poco aumentaron las jubilaciones", una expresión popular comprensible, pero liviana y a veces malintencionada. Es cierto que lo ideal es que hubieren duplicado su valor, pero nadie lo comprometió y los aumentos otorgados son los legales, sin descuentos y con extras que hace años no había. Eso pocos lo dicen, porque no quieren quedar "regalados", pero es la verdad. Se prefiere que se siga errándole al tarro y las piedras de la desinformación vuelen rompiendo todo.
Los chiquilines que tirábamos con la gomera podíamos romper algún vidrio o abollar un vehículo, pero estos proyectiles conceptuales lastiman la esperanza de la gente. La confunden, la engañan, le mienten y la envenenan. El ciudadano común, que hace la diaria como puede, no debe ser engañado e impulsado a ver todo mal. Lo que no está bien, que se reclame, pero no se disfrace de fracaso los logros. Esa responsabilidad es de todos los que conscientes o no, esconden la verdad, pero fundamentalmente de quienes se consideran frenteamplistas; son los que arriman ramas secas a la hoguera de quienes necesitan que el país sea inestable.
Obrar mal por acción u omisión es una falta gravísima contra la gente, téngase la ideología que se tenga.
Ramón Fonticiella es Maestro, periodista, circunstancialmente y por decisión popular: edil, diputado, senador e intendente de Salto. Siempre militante
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