El viaje de un poemario por Oruro, Cochabamba y Santa Cruz. Javier Claure C.


En enero de 2004 emprendí un viajé a Bolivia después de muchos años de ausencia. El periplo comenzó en el aeropuerto de Estocolmo, continuó con escalas en Londres y Miami. El vuelo entre esas ciudades era largo, y el tiempo parecía detenerse en esa hilera de asientos estrechos y conversaciones en voz baja. A mi lado, una mujer mayor leía un libro, me acuerdo bien.

El sonido de los motores provocaba un zumbido constante y monótono que acompañaba mis pensamientos. Llevaba en un maletín de mano el manuscrito de mi primer poemario. Empecé a leerlo tratando de encontrar algunos posibles errores. Así pasaron las horas, hasta que finalmente llegué a  La Paz. Había vuelto al país que me vio nacer no para quedarme sino para entregar mi ofrenda literaria.

Presenté mi poemario Preámbulos y ausencias en tres ciudades, como quien recorre una ruta sagrada. Tres presentaciones, tres maneras de decir «aquí estoy, sigo siendo el mismo, aunque mi acento haya cambiado un poco». La primera estación de este peregrinaje fue Oruro. Y no pudo ser otro lugar, porque hay ciudades que son madres, y Oruro es una de ellas: una madre protectora de montañas, de arcoíris, de calles y de paredes que traen recuerdos. La presentación de mi poemario se llevó a cabo en el Instituto de Bellas Artes. El poeta Alberto Guerra (†) me presentó con palabras que parecían pétalos cayendo sobre mi pecho. La poeta Marlene Durán Zuleta y el escritor Jorge Encinas también tomaron la palabra. El salón parecía más un corazón latiendo que una sala de conferencias.

En la ciudad de Cochabamba, la hermosa ciudad del valle, presenté mi poemario en La Casa del Artista. Un lugar que parecía flotar entre la nostalgia y la fuerza de la palabra. La maestra de ceremonias fue nada menos que Gaby Vallejo Canedo (†), la famosa escritora de voz cálida y presencia luminosa, capaz de hacer que un auditorio entero contenga la respiración. Gaby, con esa elegancia que solo tienen quienes han hecho de las letras un sacerdocio, condujo el acto como quien guía una ceremonia sagrada. El escritor mexicano Guillermo Razo Cuevas, con un acento marcado de otras latitudes, tomó el micrófono y me presentó como se presenta a un hermano que vuelve de lejos con la maleta llena de versos. Y cuando dijo mi nombre, agregó: «... en el color de la sangre de sus venas se destacan los colores de la cantuta, de la bandera boliviana y de la mística Pachamama».

Santa Cruz, es una ciudad del oriente boliviano en donde el calor no es un castigo sino una caricia espesa, un abrazo que se queda en la piel como el olor del jazmín. En esa bella ciudad, mi poemario fue acogido en la Feria Internacional del Libro en Equipetrol. En aquel territorio donde los libros son ciudades y los lectores ciudadanos de un país sin fronteras mi obra, Preámbulos y ausencias, encontró un amplio escenario. El presentador fue el poeta chuquisaqueño Luis Andrade, cuya voz grave, pausada y profunda supo tejer el contexto perfecto para la lectura de mis poemas. La escritora Blanca Elena Paz también hizo uso de la palabra. 

Leer mis poemas frente al público: familiares, amigos y amigas del colegio, periodistas, vecinos y gente aficionada a la literatura fue muy emocionante para mí. Sentí que todos éramos parte de una misma melodía, y que allí estábamos juntos como una numerosa familia festejando un cumpleaños.

 

Javier Claure C.

Columnistas
2026-09-21T13:15:00

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias