Enfermos de violencia. Fernando Gil Díaz
A pesar de los números que viene registrando la cartera del Ministerio del Interior, los uruguayos asistimos a una escalada de la violencia que no repara en ninguna circunstancia.
No hace falta otro contexto que transitar las calles o repasar las redes sociales para percibir (o experimentar en carne propia), las circunstancias agravantes de un estado de situación que no disminuye. Los uruguayos (y los que no lo son pero eligieron este rincón del sur para vivir), nos tratamos cada vez peor. Si a ello le sumamos que tenemos al alcance de nuestras manos elementos que agravan esas circunstancias (armas) la situación empeora de forma exponencial. Tenemos que parar esto de alguna forma, se impone un mensaje oficial que invite a la reflexión enseñando a resolver nuestros conflictos apelando a la palabra antes que al grito, a la empatía antes que la indiferencia, a la solidaridad antes que al egoísmo. Aspiro a una campaña por el buen trato...
Trato y maltrato
La naturaleza humana está en un franco deterioro por obra y gracia de su egoísmo, ese móvil que nos impulsa a imponer antes que convencer, a no aceptar las diferencias, a pensar que somos los dueños de la verdad con pretensiones absolutas que se caen a la vuelta de la esquina. Asistimos a un tiempo donde se discute poco y mal, a los gritos, sin reparar en pensar antes que hablar y - muchos menos - intentar siquiera ponernos en los pies del otro.
Nos hace falta mucha (pero mucha) empatía, vivimos apurados y ese vértigo que le imprimimos a nuestras vidas es, en gran medida, el responsable de no prestar atención a las señales que nos da el entorno y hasta nuestros seres más queridos. Vivimos al ritmo del clic, de los "likes", y - también - sufrimos las consecuencias de los desquiciados que se erigen en dueños del mundo y de la verdad. Esos que nos exponen a sufrir las consecuencias de su barbarie.
Y entre esas circunstancias vamos transcurriendo, viviendo como se puede, aceptando sin discusión la violencia como algo que se ha ido naturalizando al ritmo de su agravamiento, lento pero constante. Una violencia que no pide permiso para afectar nuestros entornos y que se impone al ritmo de los tiros, esos que pueden aparecer aislados o en voraz metralla que saturan nuestros noches y las calles de nuestros barrios. Ese contexto de violencia ha copado espacios y alterado el ritmo vital de quienes los habitamos. Escenarios que nos escandalizan cada vez menos, porque de carne somos y así como los sentimos también los vamos aceptando como una consecuencia inevitable de la modernidad.
Nos fuimos encerrando, construyendo círculos de defensa, espacios donde nos sentimos seguros pero que nos alejan del entorno, del vecino y nos empezamos a auto percibir como ermitaños. Sin embargo, no hay cordero que se salve balando en solitario, es necesario apelar a ese sentimiento gregario que nos hizo avanzar en el proceso civilizatorio y empezar a deconstruir esos escenarios de violencia que nos invadieron sin pedir permiso.
No es tarea fácil, mucho menos sencilla, se necesita impulso oficial pero no alcanza sin la participación de cada uno de nosotros en lo que nos toque estar. Por eso es que así como la caridad bien entendida empieza por casa, la mejora de nuestra convivencia empieza por nosotros mismos. Está en nosotros empezar a modificar comportamientos y transitar un recorrido virtuoso de recuperación de hábitos y costumbres desarraigadas por obra y gracia de la violencia misma.
El tránsito no es la jungla
Ceder una preferencia, dar lugar de paso, cuidar al ciclista o al motociclista, (aún cuando sea responsable de una falta), porque está en una situación de inferioridad frente a quien maneja un coche, son pequeñas grandes acciones que podemos empezar hoy mismo. Defender al más chico debiera ser una acción primaria que nos permita empezar a cambiar un entorno viciado de violencia por un escenario donde la premisa sea cuidarnos entre todos.
El cambio empieza por uno mismo, si cada uno de nosotros empieza por hacer algo diferente que mejore su comportamiento en todos los escenarios en los que participe, será un generador incontenible de reacciones. Una cadena de buenas acciones que se multiplica y se devuelve sin que podamos impedirlo.
Un saludo, ceder un asiento, respetar la limpieza de nuestros entornos, o tan solo sonreír, alcanza muchas veces para cambiar los ánimos y generar reacciones positivas.
En días pasados la furia se hizo presente de la peor forma llevándose la vida de un trabajador y exponiendo a otro a sufrir las consecuencias de la prisión por un acto de inexplicable violencia. Ambas personas fueron víctimas con diferente desgracia, ambas irreparables, porque ya nadie le devuelve la vida al fallecido pero tampoco le devolverá su vida al culpable de un asesinato que irá a prisión. La única que ganó allí fue la violencia que se hizo de dos víctimas en un solo acto.
Hay una forma de parar con esto, una que no necesita presupuesto ni infraestructura, tan solo recurrir a la memoria (individual y/o colectiva) que nos permitió ser lo que somos como sociedad. En cada uno de nosotros está la herramienta para hacerlo y se llama voluntad.
Voluntad, ganas de vivir, de ser felices, y de mejorar nuestros entornos. Algo que se puede conseguir empezando por sonreír en lugar de fruncir el ceño; de dar las gracias siempre, de respetar al otro como a nosotros mismos, de cuidar de los niños, de respetar a nuestros adultos y un sinfín de pequeñas-grandes acciones que podemos hacer sin esfuerzo pero que nos generarán grandes satisfacciones.
Solo así podremos empezar a derrotar a la violencia.
Empezando por nosotros mismos...
el hombre ensayó frente al espejo,
el perro ladraba frente a su casilla.....
Fernando Gil Díaz