Entre identidades y clases: del caso Spinetti a la fragmentación que desplaza el conflicto central. José W. Legaspi

29.04.2026

El giro identitario en Canadá y el episodio protagonizado por Collette Spinetti en Uruguay exponen un mismo límite: discursos de reconocimiento que se expanden mientras las relaciones de dominación y explotación permanecen intactas.

 

Hace unos días se anunciaba que "Canadá actualizó el nombre LGBTQ a MMIWG2SLGBTQQIA+. Ahora significa: Mujeres, Niñas y 2-Espíritus Indígenas Desaparecidas y Asesinadas, Lesbianas, Gays, Bisexuales, Transgénero, Queer, Cuestionándose, Intersexuales y Asexuales".  Quienes promueven estas agendas centradas en identidad "no perciben" que sin una articulación con las condiciones materiales y el enfrentamiento explotador-explotado, el reconocimiento corre el riesgo de fragmentar el sujeto político y dejar intactas las estructuras de explotación.

La ampliación de categorías identitarias en Canadá, condensada en una sigla cada vez más extensa, vuelve a colocar en el centro un debate incómodo pero necesario: ¿qué ocurre cuando la política se organiza prioritariamente en torno a la identidad y no en torno a las relaciones materiales que estructuran la sociedad?

Desde la tradición marxista -y en particular desde una lectura marxista-leninista- el punto de partida es claro: las sociedades capitalistas no se ordenan, en lo fundamental, por cómo los individuos se perciben a sí mismos, sino por su posición objetiva en el proceso de producción. Es decir, por su relación con los medios de producción. De un lado, quienes concentran la propiedad y el poder económico; del otro, quienes dependen de vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Esa contradicción no es una más entre muchas: es la que organiza el conjunto del sistema.

Ahora bien, sería un error -y uno bastante extendido en ciertas lecturas dogmáticas- negar la existencia de otras formas de opresión. Las experiencias de discriminación, violencia o invisibilización que atraviesan a distintos colectivos son reales, históricas y, en muchos casos, brutales. No surgen de la nada ni pueden ser despachadas como "desviaciones" sin importancia. La cuestión no es su existencia, sino su lugar dentro de una estrategia política más amplia.

El problema aparece cuando esas luchas se autonomizan completamente de la estructura material que las contiene. Cuando la política se reconfigura en torno a la autopercepción como eje organizador, el riesgo es doble. Por un lado, se produce una fragmentación del sujeto político: en lugar de una mayoría social articulada en torno a intereses comunes, emerge una constelación de identidades que, aunque legítimas en su experiencia, no siempre logran converger en un proyecto colectivo. Por otro lado, esa fragmentación tiende a debilitar la capacidad de confrontar al poder económico, que sigue operando con altos niveles de concentración y coherencia.

Aquí aparece una tensión clave de nuestro tiempo. Mientras el capital se globaliza, se concentra y actúa con una lógica cada vez más unificada, las resistencias corren el riesgo de dispersarse en múltiples frentes que no necesariamente dialogan entre sí. En ese escenario, la centralidad de la lucha de clases no desaparece, pero puede quedar opacada, desplazada o incluso desdibujada en el debate público.

Desde una perspectiva marxista-leninista, esto no es un dato menor. La historia del movimiento obrero y de las experiencias revolucionarias muestra que la construcción de poder requiere niveles altos de organización, de claridad estratégica y de unidad en torno a objetivos comunes. Cuando el eje se desplaza hacia la multiplicación de identidades sin una articulación material, esa unidad se vuelve más difícil de alcanzar.

En este punto, fenómenos aparentemente desconectados revelan una misma lógica. La reciente polémica en Uruguay en torno a los audios atribuidos a Collette Spinetti, titular de la Secretaría de Derechos Humanos de Presidencia, no debe leerse como un desliz individual ni como un exceso de lenguaje. En esos registros, difundidos públicamente, aparecen expresiones despectivas hacia jerarcas de gobierno -incluyendo referencias a su orientación sexual- junto a una afirmación descarnada de autoridad: "yo acá soy la jerarca y ustedes son los trabajadores".

No es un detalle menor. Allí se condensa, en forma casi pedagógica, la distancia entre el discurso de derechos y la práctica real del poder. Porque mientras en el plano simbólico se promueve el reconocimiento, la inclusión y la diversidad, en el plano material emerge sin mediaciones la lógica jerárquica propia de toda estructura de dominación: quienes mandan y quienes obedecen.

La reacción política posterior -entre la condena formal, la disculpa y la rápida normalización del episodio- confirma, además, otro rasgo característico: el sistema puede absorber sin dificultad estas contradicciones sin que nada esencial se altere. El problema no es el lenguaje inapropiado; el problema es que ese lenguaje deja ver, por un instante, lo que habitualmente permanece cubierto por el discurso.

Desde una perspectiva marxista-leninista, esto no sorprende: el Estado no es un árbitro neutral ni un espacio vacío que pueda ser llenado a voluntad por distintas agendas, sino una forma concreta de organización del poder que responde, en última instancia, a las relaciones de producción vigentes. En ese marco, la incorporación de discursos identitarios dentro del aparato estatal no implica su transformación, sino muchas veces su actualización funcional.

El caso de Collette Spinetti muestra precisamente eso: cómo el lenguaje de los derechos puede coexistir sin fricciones con prácticas de mando, subordinación y desprecio que remiten a la estructura de clase. No se trata de una incoherencia individual, sino de un síntoma político. Un recordatorio de que, cuando la política se desplaza hacia la autopercepción y el reconocimiento simbólico, puede volverse perfectamente compatible con la reproducción de las relaciones de explotación que dice cuestionar.

Sin embargo, reducir el problema a una simple oposición entre "clase" e "identidad" sería, nuevamente, simplificar en exceso. Porque las condiciones materiales no se viven de manera abstracta. Se experimentan a través de cuerpos concretos, atravesados por género, orientación sexual, pertenencia étnica, entre otros factores. La explotación no es idéntica para todos, aunque tenga una raíz común. Y desconocer esas diferencias también debilita cualquier proyecto transformador.

La cuestión de fondo, entonces, no es negar la dimensión identitaria, sino evitar que se convierta en un sustituto de la política material. Cuando la autopercepción se vuelve el eje excluyente, corre el riesgo de ser absorbida por la propia lógica del sistema, que puede reconocer, incluir e incluso celebrar identidades diversas sin alterar en lo más mínimo las relaciones de explotación. La inclusión simbólica, en ese sentido, puede convivir perfectamente con la desigualdad estructural.

De hecho, el capitalismo contemporáneo ha demostrado una notable capacidad para integrar discursos de diversidad y reconocimiento en su propio funcionamiento. Empresas, instituciones y gobiernos pueden adoptar lenguajes inclusivos, ampliar categorías identitarias y promover visibilidad sin que eso implique una redistribución real del poder o la riqueza. En ese punto, la política de la identidad, desanclada de lo material, puede convertirse -aunque no lo pretenda- en una forma de estabilización del sistema.

Por eso, el desafío no pasa por descartar estas luchas, sino por reubicarlas. Por reinscribirlas en un horizonte donde la cuestión de la explotación vuelva a ocupar un lugar central. Donde las demandas de reconocimiento se articulen con las de redistribución, y no las reemplacen. Donde la diversidad no sea un fin en sí mismo, sino parte de una construcción política capaz de disputar el poder en términos estructurales.

Porque no hay emancipación posible en la fragmentación. No hay transformación real en el reconocimiento sin redistribución. Y no hay política de liberación cuando el conflicto central -el que enfrenta a explotadores y explotados- es desplazado por un lenguaje que el propio sistema puede adoptar, vaciar y devolver convertido en forma de dominación.

Si la crítica no vuelve a anclarse en la estructura material, todo el edificio discursivo corre el riesgo de convertirse en una coartada sofisticada para que nada cambie donde realmente importa.

José W. Legaspi
2026-04-29T05:10:00

José W. Legaspi