España: la izquierda que no consigue encontrarse. José W. Legaspi
17.10.2026
El fracaso de las negociaciones entre Frente Amplio y Podemos revela un problema que va mucho más allá de las candidaturas. La experiencia uruguaya demuestra que la unidad exige construir un proyecto político común, no solamente repartir lugares en las listas.
La izquierda española llegó a la medianoche del viernes 16 de octubre con una certeza que seguramente preferiría no tener: después de meses de llamados a la unidad y diez días de negociaciones intensas, no consiguió acordar una candidatura común para las elecciones generales del 29 de noviembre.
El Frente Amplio, integrado por Izquierda Unida, Movimiento Sumar, Más Madrid y los Comuns, concurrirá separado de Podemos en la mayor parte del territorio español. Hubo acuerdos en Canarias y la Comunidad Valenciana, así como entendimientos con distintas fuerzas regionales. Pero fracasó el propósito fundamental: ofrecer una alternativa política unificada a la izquierda del Partido Socialista Obrero Español.
Las últimas horas fueron particularmente reveladoras. El Frente Amplio ofreció a Podemos posiciones destacadas en Madrid y Cataluña, participación en la conducción parlamentaria y acuerdos sobre recursos. Podemos respondió proponiendo dejar fuera de la negociación precisamente esas dos circunscripciones, donde sus compromisos y sus intereses políticos eran diferentes.
No hubo entendimiento.
Sería sencillo atribuir el resultado a las ambiciones personales de los dirigentes, a las disputas por los primeros lugares de las listas o a la incapacidad de determinadas organizaciones para ceder protagonismo. Todos esos elementos existen. Pero quedarse allí sería confundir las manifestaciones de una crisis con sus causas.
El problema de la izquierda española no es solamente que no consigue ponerse de acuerdo para una elección. Es que todavía no ha resuelto qué quiere construir en común.
Una unidad que siempre vuelve a empezar
España conoce bien las experiencias de convergencia política. Izquierda Unida nació como un intento de articular organizaciones de distintas tradiciones. Podemos irrumpió después de la crisis económica de 2008 y de las movilizaciones del 15-M, cuestionando tanto el sistema político como a una izquierda que consideraba demasiado adaptada a sus instituciones. Más tarde aparecieron nuevos agrupamientos, alianzas territoriales y la experiencia de Sumar.
Cada iniciativa prometió superar los límites de la anterior. Cada una despertó expectativas. Y casi todas terminaron enfrentando una contradicción semejante: la dificultad de transformar una convergencia electoral en una organización política duradera.
El fenómeno no puede explicarse exclusivamente por las diferencias ideológicas. Entre estas fuerzas existen coincidencias importantes sobre derechos sociales, distribución de la riqueza, servicios públicos, vivienda, feminismo y transición ecológica.
Las discrepancias aparecen, con frecuencia, cuando esas ideas deben traducirse en una estrategia de poder: ¿Qué relación mantener con el PSOE? ¿Participar en un gobierno cuyos márgenes de transformación son limitados o construir una oposición que preserve mayor autonomía? ¿Hasta dónde ceder ante las exigencias de la gobernabilidad? ¿Qué lugar reconocer a las organizaciones territoriales? ¿Quién decide, mediante qué mecanismos y con qué legitimidad?
Son preguntas políticas, no simples dificultades de convivencia. Y ninguna se resuelve definitivamente mediante una negociación apresurada durante las últimas horas de un plazo electoral.
El Frente Amplio uruguayo: otra manera de construir
La experiencia de nuestro Frente Amplio uruguayo ofrece una referencia especialmente interesante. No porque España pueda reproducirla mecánicamente, sino porque permite observar una diferencia esencial entre reunir partidos y crear una nueva fuerza política.
Cuando el Frente Amplio nació en Uruguay, en febrero de 1971, sus integrantes provenían de tradiciones que habían mantenido enfrentamientos ideológicos profundos. Comunistas, socialistas, demócrata-cristianos, sectores desprendidos de los partidos tradicionales, independientes y movimientos de distintas procedencias decidieron construir una organización común.
No habían desaparecido sus diferencias. Tampoco habían resuelto todas sus controversias programáticas. Pero comprendieron algo decisivo: la posibilidad de transformar el país exigía construir una fuerza política que fuera más que la suma de sus componentes.
La figura de Líber Seregni resultó fundamental. No porque hubiera conseguido uniformar las posiciones de todos, sino porque representó una autoridad política capaz de expresar un proyecto compartido. Seregni no era el dirigente de una fracción que había derrotado a las demás. Su liderazgo surgía de una decisión colectiva: dotar a la nueva fuerza de una conducción reconocida y de una identidad que trascendiera a los partidos fundadores.
La unidad no se redujo a un acuerdo para distribuir candidaturas. Se construyeron organismos comunes, comités de base, procedimientos de decisión, compromisos programáticos y una cultura política que, con dificultades y conflictos, sobrevivió durante décadas.
El Frente Amplio no eliminó las contradicciones. Creó un espacio en el cual podían procesarse sin destruir permanentemente la organización. Esa fue una de sus mayores innovaciones.
Lo que España no puede copiar
Sería ingenuo proponer que la izquierda española adopte simplemente el modelo uruguayo. Las condiciones históricas son profundamente diferentes. Uruguay tiene una tradición política nacional relativamente integrada, un sistema territorial distinto y una historia de partidos que favoreció la construcción de identidades de alcance nacional.
España presenta una complejidad adicional: las izquierdas conviven con nacionalismos, independentismos y organizaciones territoriales cuyas reivindicaciones no pueden reducirse a un programa económico y social compartido.
La cuestión catalana, por ejemplo, no es una diferencia secundaria que pueda resolverse asignando determinados lugares en una lista. La tensión entre Gabriel Rufián y la conducción de Esquerra Republicana de Catalunya expresa justamente esa dificultad. Una estrategia de convergencia de las izquierdas españolas puede resultar atractiva para determinados dirigentes y, al mismo tiempo, despertar resistencias en organizaciones que consideran indispensable preservar su identidad nacional y territorial.
Tampoco es idéntica la relación con el socialismo. En Uruguay, el Frente Amplio nació como alternativa a los dos partidos que habían estructurado históricamente el sistema político. En España, las organizaciones situadas a la izquierda del PSOE deben definir permanentemente si aspiran a condicionarlo, cogobernar con él o disputarle una parte sustancial de su electorado.
Esa indefinición estratégica alimenta muchas de las controversias actuales. Pero reconocer las diferencias no invalida la enseñanza uruguaya. Por el contrario, permite identificarla con mayor precisión. No se trata de copiar una estructura. Se trata de comprender que una unidad política necesita una razón de ser que sobreviva a cada elección.
El precio de la fragmentación
La división tiene consecuencias inmediatas. El sistema electoral español, con circunscripciones provinciales y distribución de escaños mediante el método D'Hondt, puede castigar especialmente la dispersión de candidaturas minoritarias.
En determinadas provincias, dos listas de izquierda pueden sumar suficientes votos para obtener representación si concurren juntas y, sin embargo, quedar ambas fuera del Congreso si compiten por separado. No ocurre de la misma manera en todos los territorios. Precisamente por eso, la geografía electoral se convirtió en uno de los argumentos centrales de las negociaciones. Pero hay una consecuencia política menos visible y posiblemente más profunda.
Cuando las organizaciones que proclaman objetivos semejantes dedican buena parte de sus energías a enfrentarse entre sí, transmiten la impresión de que sus diferencias internas importan más que los problemas de la sociedad. La vivienda inaccesible, la precariedad laboral, el deterioro de los servicios públicos y las desigualdades no desaparecen porque los dirigentes discutan sus candidaturas.
Lo que puede desaparecer es la confianza de una parte del electorado en la capacidad de esas organizaciones para ofrecer respuestas. Mientras tanto, la derecha y la extrema derecha encuentran un escenario más favorable.
No porque la unidad de las izquierdas garantice una mayoría parlamentaria. No la garantiza. Sino porque la fragmentación reduce las posibilidades de construir una alternativa reconocible, capaz de disputar la orientación política del país.
La unidad también exige renuncias
Hay una palabra que suele estar ausente en los discursos sobre la convergencia: renuncia. Todos los dirigentes hablan de unidad. Muchos están dispuestos a impulsarla siempre que no comprometa sus liderazgos, sus estructuras o sus espacios de representación.
Sin embargo, ninguna construcción política común puede surgir si cada organización pretende conservar intacto aquello que debería poner en discusión. Renunciar no significa abandonar principios ni disolver identidades. Significa aceptar que la construcción colectiva tiene exigencias que no siempre coinciden con las conveniencias particulares.
La historia del Frente Amplio uruguayo muestra que esa disposición fue indispensable. También muestra que la unidad no se sostiene únicamente con buena voluntad. Necesita reglas aceptadas, mecanismos democráticos, una dirección con legitimidad, presencia social y un programa capaz de orientar la acción política incluso cuando aparecen desacuerdos importantes.
Antonio Gramsci comprendió que la construcción de una fuerza transformadora exige algo más que reunir voluntades circunstanciales. Requiere elaborar una dirección política y cultural capaz de convertir intereses y experiencias diferentes en un proyecto colectivo.
Dicho de otra manera: no alcanza con coincidir contra la derecha. Es necesario acordar para qué se quiere gobernar, qué transformaciones se consideran indispensables y cómo se organizará la fuerza que pretende realizarlas. Sin ese trabajo previo, cada elección vuelve a convertirse en una negociación desde cero.
El problema no termina el 29 de noviembre
El fracaso de las negociaciones de este viernes no significa que la unidad sea imposible. Los acuerdos alcanzados en Canarias y la Comunidad Valenciana demuestran que existen condiciones para cooperar. Los entendimientos territoriales con otras organizaciones también revelan que la diversidad puede producir alianzas cuando hay objetivos compartidos y disposición a negociar. Pero sería un error confundir esas experiencias parciales con la solución del problema general.
La izquierda española necesita discutir qué tipo de organización política quiere construir para la próxima década, no solamente qué candidaturas puede presentar dentro de seis semanas. Esa discusión debería incluir a las organizaciones partidarias, pero también a los sindicatos, los movimientos sociales, las nuevas generaciones y los sectores que se han alejado de la militancia política.
Debería incorporar una reflexión crítica sobre las experiencias de Podemos y Sumar, sin convertirla en un juicio destinado a distribuir culpabilidades. Y debería comenzar por reconocer que ningún partido, por sí solo, parece estar en condiciones de representar toda la diversidad social, política y territorial de la izquierda española.
La experiencia uruguaya no ofrece una receta infalible. El propio Frente Amplio enfrenta hoy contradicciones entre su programa, su estructura militante y las decisiones de sus gobiernos. Su historia no está exenta de tensiones ni de retrocesos. Pero conserva una enseñanza fundamental: la unidad es una construcción política permanente, no una operación electoral de emergencia.
En España, el viernes 16 de octubre terminó el plazo para registrar coaliciones. No debería terminar allí la reflexión sobre las razones del fracaso. Porque la pregunta decisiva no es por qué Podemos y el Frente Amplio no consiguieron compartir una papeleta.
La verdadera pregunta es por qué, después de tantos intentos, las distintas izquierdas españolas todavía no han conseguido construir una fuerza política que todos consideren más importante que sus propias organizaciones.
La izquierda española parece haber comprendido que necesita unirse para no perder votos. El Frente Amplio uruguayo comprendió, hace más de medio siglo, que necesitaba unirse para construir una nueva fuerza política.
Esa diferencia explica buena parte de lo que hoy sucede en España. Y también señala el camino que todavía tiene por delante.
José W. Legaspi