Me gustan los compañeros

Esteban Valenti

23.07.2012

Las palabras crecen, viven o mueren a la intemperie. No hay nada que las proteja del desgaste del tiempo, del desuso o peor aún del mal uso. Hay palabras que marcaron nuestras vidas. Que las descubrimos un día y se graban para siempre en nuestra aventura. Nos acompañan y a ellas nos aferramos.

Las palabras no son un sonido, o un garabato prolijo en un papel. Menos en una pantalla. Las verdaderas palabras no se las lleva el viento; al contrario, son el viento que sopla en nuestras velas, en los tiempos de tormenta o de lentos navegares.

Este año cumplí 50 años de militancia política. No lo festejé. No quise abrirme una nueva herida. Lo dejé pasar como un día más. Y lo recuerdo perfectamente, 13 de junio de 1962, número 5320. Recuerdo cada detalle y de todos ellos, el que más me gustó fue una palabra: Compañero.

Cuando se tiene 14 años, entre cumpleaños de 15, engrudo, amores casi infantiles, libros gruesos y llenos de enigmas y respuestas, las palabras suenan como un disparo y te hieren hondo. Yo me abracé a las palabras con toda mi alma. Me dura desde hace medio siglo. Y no me arrepiento. Aunque nos hayamos equivocado.

Cuando todo parecía derrumbarse - y se derrumbó -, también se nos derrumbaron muchos compañeros, algunos muy próximos e irrecuperables. Pero siempre hay una mano compañera, tendida, cómplice, que te ayuda a cruzar el desierto. Y las arenas fueron secas, áridas y el sol implacable y gris. Ellas y ellos estaban allí para ayudarme a cruzar y para ayudarme a lo más difícil, a vivir.

No es casual que mi aliento, mi apoyo, con la que nos apoyamos espalda contra espalda durante mucho tiempo, también la llame mi compañera. Ella fue y sigue siendo mi gran compañera. Pero hubo otros y es por todos ellos que sigo adelante.

Cuando los relatos perfectos y luminosos se hicieron borrosos y una niebla pesada y húmeda lo envolvió todo, ellos, mis compañeros, estuvieron siempre. No fueron luz, fueron un calor que intercambiamos por el nuevo camino, lleno de preguntas.

Hace tiempo que no sentía nuevamente el valor de esa palabra. Parece mentira, el poder nos hace ávidos de más poder, es un oasis engañoso, tienta. El poder nos cambia, aunque uno se amarre al mástil más sólido, sus cantos te horadan el cerebro, los oídos, pero apuntan al alma.

Nos queremos cada vez menos, el sistema nos atrapa por la peor solapa, la del orgullo. Y nos hemos pasado unos cuantos años ”guerrillereando” entre nosotros; también porque los otros dan pena, no tienen alma, ni ideas, ni otra cosa que su voracidad de poder. Casi nada más.

Esta semana, a la vuelta de una esquina extraña me encontré nuevamente con mis compañeros. No importa la sigla, el episodio, el tronar de los ataques adversarios, secos, crudos, implacables. Me los encontré.

Me di de bruces con los míos, como antes. Cuando éramos minoría, casi indocumentados y las peleábamos todas, sin asco y sin cuartel. Los encontré en su firmeza, en su coraje para anteponer la nación, el pueblo, a la fila interminable de causas personales estridentes y gritonas. Y hacerlo con dolor, con gesto serio, porque seria era la realidad.

Me los encontré buscando, escuchando, siendo generosos - a pesar de las miserias de la herencia -, porque los otros, ellos, nos quieren obligar a que olvidemos la rotosa herencia que nos dejaron, en tierra, mar y aire y en las entrañas de la tierra, ocultando las peores verdades.

Nos dejaron la herencia de las derrotas como banderas, de las fracturas como condenas y de la ausencia de todas las expectativas. Y un solo camino: la decadencia.

Si fuera por ellos borrarían la palabra herencia de la memoria nacional. Ellos dejaron cosas buenas, una historia en la que estamos todos, pero 20 años de frustraciones y una crisis constante y creciente. Y se fueron, echados por la gente y por su herencia.

No quieren que recordemos, la tapan con montañas de palabras, en primer lugar, para no acordarse ellos mismos de sus fracasos. Ellos, los colorados y los blancos. Sus partidos, sus dirigentes. Este año se cumplen diez años de la crisis del 2002. Comparemos, uruguayos comparemos.

Una vez más, en un país diferente como el de hoy, había que ser valiente para suturar una herida de décadas. Y mis compañeros lo hicieron, lo hicieron mis presidentes, mi vicepresidente, mis ministros, mis legisladores. Mis compañeros.

Y si faltaba poco, se jugaron su palabra: se equivocaron, nos equivocamos juntos. Primero uno, luego todos. Los que tenían que hacerlo, los que todos estábamos esperando. Y para ser compañeros, deben ser diferentes a ellos. Ellos nunca serán mis compañeros. Y nunca se equivocan…

Los compañeros deben ser diferentes, no infalibles, no implacables, no vengativos; diferentes porque la palabra autocrítica es de izquierda. Profundamente de izquierda.
Mis compañeros Danilo, Tabaré y Mujica, o Tabaré, Mujica y Danilo u ordenados como quieran – esos que tantas veces cuereamos, me incluyo – nos dieron una mano a todos. Una mano para que los voraces hereditarios de siempre no vuelvan.

Y además, todos fuimos inteligentes y justos. Hay que investigar a fondo, y no hacer circo. Y se pasó todo a la justicia, esa que una muy liberal diputada colorada gritó en sala que se compraba y luego de arrepintió. O la arrepintieron.

La justicia puede convocar a todos los involucrados y están obligados a ir, puede investigar mucho más a fondo. El grueso de las acusaciones de “ellos” fueron penales y no de gestión, y por eso debe ser la justicia la que actúe.

Sobre el balance final de todo este proceso, incluso sobre los errores, me reservo para el final del proceso. Todavía falta y algunos, es posible que tengan que tragarse la lengua. No lo harán, ellos nunca se equivocan, divagan.

Mis compañeros no se merecen tantas ferocidades, pero se merecen y necesitan que los critiquemos porque nadie está por encima de todos. Nadie.

Criticamos, critico. Pero una aclaración: no cambio a ninguno de mis compañeros por una tropa entera de mis adversarios. Porque caminamos juntos, porque tenemos una historia compañera, pero sobre todo, porque tenemos un largo camino por delante. Porque estamos del mismo lado y hemos compartido demasiadas trincheras, para confundirnos de bando.

Aunque en este episodio vimos de todo, incluso algunos compañeros que quisieron lavarse la manos a costa de otros compañeros y defender sólo su pequeña chacra. O su gran chacra, no importa el tamaño, sino la actitud. Y negociaron, con un voto.

A nuestros compañeros los seguiremos discutiendo, les tenemos tanta confianza como para exigirles, criticarlos, proponerles ideas, objetarles y para empujarnos juntos.
Esta semana quise un poco más a mis compañeros.

 

Esteban Valenti
2012-07-23T10:51:00

Esteban Valenti.

Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)