URSS ¿Qué hubiera pasado?
Esteban Valenti
01.10.2012
Muchas veces me descubro haciendo un ejercicio de preguntas profundamente anti histórico, indefendible desde el punto de vista del rigor político. Lo confieso, pero no lo puedo evitar. No tiene ningún valor práctico y posiblemente sea simplemente un atajo, un consuelo inconveniente. Voy a compartir mi pecado con ustedes.
¿Qué hubiera sucedido si en el momento correcto, límite, necesario, la Unión Soviética hubiera emprendido un camino similar al que se desarrolló en China con resultados económicos y sociales tan espectaculares?
¿Qué hubiera pasado si en lugar de la Perestroika y la Glasnost de Gorbachov se hubiera iniciado un proceso de reformas como las que lideró Deng Xiaoping en la China post Mao Zedong?
En el gigante asiático, en la nación más poblada del planeta el nivel del crecimiento económico y su impacto para cientos de millones de seres humanos, mejorando su calidad de vida e incorporándolos en forma constante a niveles de consumo y de satisfacción material, educativa y cultural mucho más elevados, es reconocido a nivel universal. Obviamente con diversas interpretaciones y acentos. Lo cierto es que los chinos proclaman y exhiben su socialismo y declaran que son la continuidad de la gran revolución comunista y de su líder, Mao.
Entre la política económica y social actual y el “gran timonel” y en particular su trágica revolución cultural hay tanto parecido como entre los cuentos de Guy de Maupassant y las historietas de Patoruzú. El único hilo conductor es la dirección absoluta por parte del Partido Comunista Chino que detenta el monopolio del poder.
¿No hay una cierta similitud entre las reformas de Deng Xiaoping y continuadas posteriormente, con la Nueva Política Económica (NEP), promovida por Wladimir Lenin, al menos en su espíritu? No hay respuestas fáciles.
Creo que no sucedió, porque en la URSS no hubo ni la preparación ideológica, política y menos la densidad cultural nacional capaz de elaborar un viraje de esa magnitud. Gorbachov fue el último intento fallido de dar respuesta a una crisis que explotaba por todas las costuras de las sociedades soviéticas, comenzando por la propia Rusia, que era en primer lugar una crisis política, pero también reflejo de condiciones económicas, sociales, culturales y de retrazo tecnológico.
Una profunda crisis política, de pérdida de confianza, de legitimidad creciente del PCUS que carcomía sus lazos con la sociedad, con la economía, con el aparato del Estado y lo dejaba cada día más desnudo en el uso del poder represivo y coercitivo. La gangrena de decenas de miles de burócratas ocupando cargos fundamentales que habían perdido todo sentido del socialismo o de una función pública al servicio del pueblo, de la gente, era notoria y solo se ocultaba debajo del silencio de la prensa y la información monopólica y de la retórica de un socialismo en decadencia.
¿Pero que hubiera pasado? Insisto. Los cambios en China aunque parezca paradójico se hicieron cuando todavía el partido tenía un peso político, ideológico y cultural en la sociedad muy fuerte y era el único factor de cohesión nacional, en un enorme país cuya historia está surcada de grandes guerras intestinas y por profundas tensiones raciales y nacionales. En la URSS eso se había debilitado hasta el punto que las novedades de la Perestroika y la Glasnost antes de devorárselas su propia debilidad, fueron carcomidas por una estructura estatal y partidaria que no las compartía, pues atentaban contra su supervivencia y sus privilegios. Y tenían razón, aunque el tiro no salió por la culata, simplemente explotó todo. Para algunos fue la fuente del inicio de sus grandes fortunas, económicas y políticas.
Lo de China, lo de Viet Nam – que perfectamente puede incorporarse como otra referencia – debería haber comenzado mucho antes en la URSS para que pudiera tener éxito. Podía haber sucedido con Jruschov, pero la contrareforma de Breshnev fue el inicio del fin. La represión a nivel del sistema socialista y dentro de la propia URSS volvió a ocupar el lugar central de la política y de la ideología, el Estado intentando dirigir y controlar todo, la economía, las inversiones, las ideas, la cultura, la vida social. Todo.
Vació la ideología, la épica, incluso la que sobrevivía del triunfo soviético sobre el nazismo. En China gobierna de manera solitaria el Partido Comunista, pero los cambios que se han producido en la economía y en la sociedad y a partir de una historia nacional irrepetible, propia, han ido penetrando y cambiando la maquinaría del Estado, las provincias, la educación y al propio partido. Para bien y para mal.
Cuando se habla de cientos de millones de seres humanos haciendo historia, y de la grande, no hay procesos lineales, simples y relatos almibarados. Hay tensiones, contradicciones, luchas de poder y lo que hay que juzgar son las grandes tendencias. Y para el mundo actual la gran tendencia de China es de una importancia enorme. No por el precio de la soja, o porque es la locomotora actual de la economía mundial, sino porque le cambió la vida a cientos de millones de seres humanos que venían de la pobreza extrema, del medioevo rural. Y esa es una obra civilizatoria, es parte de la gran historia de fines del siglo XX y de este siglo.
Si en la URSS se hubiera logrado modificar los ritmos de crecimiento, de generación de riqueza a través de una modernización constante del aparato productivo, de la incorporación masiva de la tecnología, de inversiones y esto hubiera determinado una profunda reforma en la gestión del propio Estado, de las empresas y sobre todo del impacto en el bienestar de la gente, de los trabajadores, pero más en general de amplios y crecientes sectores sociales, creo que se hubiera ganado el tiempo necesario y la autoridad para procesar las inexorables reformas políticas. No creo de ninguna manera que solo con cambios económicos se hubiera podido mantener el proyecto socialista real, o como quieran llamarlo, la democratización, la participación de la gente seguiría siendo una prueba y una exigencia inevitable, fundamental. La libertad no se compra, se puede alquilar algo de tiempo. Cada vez menos. Cambiar libertad por una supuesta justicia social es un proyecto fallido.
Esas transformaciones hubiera significado sin duda, también un cambio en las relaciones internacionales, un diferente enfoque de la guerra fría y de las relaciones incluso dentro del propio campo socialista. Ahora con el diario del lunes, es fácil especular sobre lo que sucedió en la semana pasada. Lo admito.
Lo cierto es que las supraestructuras han sido - en su análisis por parte del marxismo-leninismo- su peor fracaso y el camino a la perdición, junto con el papel omnipotente del Estado. Ni siquiera me alcanza con el gran aporte de Gramsci sobre ellas y su compleja interrelación con la economía, creo que están demostrando todos los días que se sitúan a un mismo nivel, influyen de manera determinante en todos los resortes de la actividad humana, a veces en forma contradictoria, pero de ninguna manera están precocidas y predeterminadas por las estructuras económicas.
También creo que determinados cambios económicos que se intentan realizar en Cuba es imposible que se completen si no van acompañados de cambios políticos y en la supraestructura. Y eso implica una gigantesca batalla ideológica y cultural.
Hecha esta obligada salvedad creo que un cambio radical en el clima económico, en el dinamismo de la producción y la generación de riqueza hubiera oxigenado obligatoriamente el proceso político en el Estado y en el propio partido soviético, o al menos ruso. Estoy casi seguro que a pesar de esta especulación, varias de las repúblicas soviéticas y de los países del bloque socialista europeo, incluyendo países tan disímiles como Yugoslavia, Polonia, Rumania o Albania no hubieran resistido de ninguna manera. Las tensiones políticas nacionales eran muy diferentes y no creo que un cambio económico hubiera cambiado la situación.
Entre otras cosas porque era indefendible e insostenible una apertura interna en la URSS o en Rusia con el tipo de relaciones de dependencia y de sometimiento de las otras sociedades y países, cada uno con su historia a cuesta, de la cual el socialismo o las democracias populares eran sólo un instante.
Hubo una ventana de oportunidades cuando cayó estrepitosamente el stalinismo, cuando el PCUS tenía todavía un gran prestigio dentro de ese enorme conglomerado de países y de pueblos por su papel en la guerra contra el nazismo, cuando había logrado indudables éxitos en la carrera espacial. Las fuerzas oscuras del pasado se habían replegado, un poco, pero a la primera oportunidad, enarbolando una mezcla de ortodoxia ideológica con la fuerza del aparato burocrático logró invertir la tendencia. Nunca sabremos qué hubiera pasado si esto no hubiera sucedido.
Sabemos perfectamente lo que pasó y lo que está pasando.
Esteban Valenti.
Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)