Europa: la juventud se rebela contra un futuro que el capitalismo le niega. José W. Legaspi

24.10.2026

Hay algo más profundo que la indignación en las calles de Francia, Italia y España. Algo que las imágenes de enfrentamientos con la policía, barricadas, edificios dañados y jóvenes encapuchados apenas permiten entrever. Es la ruptura de una promesa histórica: la idea de que cada generación viviría mejor que la anterior.

 

Durante décadas, el capitalismo europeo construyó buena parte de su legitimidad sobre esa expectativa. No prometía igualdad, pero sí progreso. No eliminaba las clases sociales, pero ofrecía cierta movilidad. No cuestionaba la propiedad privada de los grandes medios de producción, pero aseguraba que el crecimiento económico permitiría distribuir suficientes beneficios para sostener la paz social.

Hoy esa promesa está dejando de funcionar.

Los jóvenes europeos descubren que pueden estudiar más que sus padres y vivir peor; trabajar y no conseguir una vivienda; producir riqueza sin participar proporcionalmente de ella. Descubren, en definitiva, que el sistema que les exige esfuerzo, capacitación y disciplina ya no puede garantizarles una existencia autónoma.

Desde una perspectiva marxista, no estamos simplemente ante una crisis de expectativas. Estamos ante una contradicción estructural del capitalismo.

La contradicción entre riqueza y vida

En Francia, las protestas comenzaron en centros educativos deteriorados, con falta de profesores y recursos. Después se extendieron a trabajadores, sindicatos y otros sectores sociales.

En Italia, los estudiantes salieron a las calles contra el encarecimiento de la vida, los salarios insuficientes y el deterioro de los servicios públicos. En España, la imposibilidad de acceder a una vivienda se convirtió en una expresión particularmente visible del conflicto.

Las reivindicaciones son distintas, pero remiten a una misma pregunta: ¿para quién funciona la economía?

Marx explicó que el capitalismo no organiza la producción para satisfacer las necesidades humanas, sino para valorizar el capital. La satisfacción de esas necesidades depende que resulte compatible con la rentabilidad.

Esta distinción, que puede parecer abstracta, adquiere una materialidad brutal cuando un joven descubre que su salario no alcanza para alquilar un apartamento mientras los inmuebles se convierten en activos financieros cada vez más rentables.

No faltan viviendas porque la sociedad haya perdido la capacidad de construirlas. No se deteriora la educación porque Europa carezca de conocimientos o tecnología. No existen empleos precarios porque la productividad sea necesariamente insuficiente.

Lo que existe es una determinada organización de la propiedad, la inversión y la distribución de la riqueza. La contradicción es precisamente esa: sociedades con extraordinarias capacidades productivas que encuentran dificultades crecientes para garantizar necesidades elementales.

La juventud no constituye una clase social

Sin embargo, sería un error convertir a la juventud en un sujeto revolucionario por el solo hecho de ser joven. La juventud no es una clase social. Hay jóvenes trabajadores, desempleados, estudiantes provenientes de familias acomodadas y herederos de grandes fortunas. Sus condiciones materiales, intereses y perspectivas no son idénticos.

Lo novedoso es que sectores cada vez más amplios de las nuevas generaciones experimentan procesos de proletarización o pérdida de expectativas de movilidad social.

El título universitario ya no asegura estabilidad. El empleo no garantiza independencia. La precariedad deja de ser una etapa transitoria para convertirse en una condición permanente.

La cuestión decisiva consiste en comprender cómo esa experiencia puede relacionarse con los conflictos de clase existentes. Lenin insistió en que la conciencia política no surge automáticamente de la lucha económica. La indignación frente a una injusticia concreta no equivale todavía a comprender el funcionamiento general del sistema que la produce. Un estudiante puede reclamar mejores condiciones educativas sin cuestionar la estructura económica. Un trabajador puede exigir un salario mayor sin identificar los mecanismos de apropiación del excedente. Un inquilino puede protestar contra el alquiler sin discutir la función de la propiedad inmobiliaria en la acumulación de capital.

Todas esas luchas son legítimas. Pero su potencial transformador depende de que logren superar su fragmentación. La pregunta no es solamente cuántos jóvenes salen a las calles, sino qué proyecto político puede construirse a partir de sus demandas.

El Estado no es un árbitro inocente

Las respuestas gubernamentales también merecen una lectura de clase. Francia enfrenta restricciones presupuestarias mientras aumenta la presión sobre el gasto público. Italia discute prioridades sociales en un contexto de encarecimiento de la vida y expansión del gasto militar. España comprueba las dificultades de intervenir eficazmente en un mercado inmobiliario dominado por poderosos intereses económicos.

Los gobiernos son diferentes. Sus orientaciones ideológicas también. Pero todos actúan dentro de relaciones económicas que limitan sus decisiones.

Para el pensamiento marxista, el Estado no es simplemente una institución situada por encima de las clases. Es un terreno de disputa atravesado por relaciones de poder, cuya estructura histórica ha contribuido a reproducir determinadas formas de propiedad y dominación. Eso no significa que todas las políticas estatales sean iguales ni que las conquistas sociales carezcan de importancia.

Significa que ninguna reforma puede comprenderse al margen de los intereses que afecta. Regular alquileres, construir vivienda pública, aumentar salarios o fortalecer la educación implica decidir cómo se distribuyen recursos y quién pierde privilegios.

Cuando los gobiernos presentan esas decisiones como problemas exclusivamente técnicos, suelen ocultar su dimensión política.

La austeridad nunca es una fatalidad natural. Es una elección acerca de qué gastos se consideran indispensables, qué ingresos pueden recaudarse y qué intereses deben preservarse.

La extrema derecha y la disputa por el descontento

Aquí aparece una contradicción particularmente peligrosa. El deterioro de las condiciones de vida no conduce necesariamente hacia la izquierda. También puede alimentar proyectos autoritarios, nacionalistas y xenófobos.

En Francia e Italia, sectores de la extrema derecha han utilizado los episodios violentos para desplazar el debate desde las reivindicaciones sociales hacia la seguridad, la inmigración y el orden público.

El mecanismo es conocido: transformar una contradicción económica en un conflicto entre sectores populares. El trabajador extranjero aparece como responsable de la precariedad laboral. El inmigrante, como culpable de la crisis habitacional. El joven de los barrios periféricos, como enemigo del ciudadano respetable.

De ese modo, la atención se aparta de las relaciones de propiedad, los salarios y la distribución de la riqueza. Ninguna clase dominante conserva su poder exclusivamente mediante la coerción. Necesita construir hegemonía: conseguir que su visión del mundo sea aceptada, incluso por quienes resultan perjudicados por ella.

La extrema derecha contemporánea intenta ofrecer una respuesta identitaria a contradicciones materiales que no está dispuesta a resolver estructuralmente.

Pero la izquierda cometería otro error si confundiera toda manifestación de violencia con una acción revolucionaria.

El saqueo de comercios o la destrucción indiscriminada no constituyen, por sí mismos, una transformación de las relaciones de producción. Pueden expresar desesperación, rabia o exclusión, pero también facilitar respuestas represivas y debilitar la legitimidad de las reivindicaciones colectivas.

La radicalidad política no se mide por la intensidad de los enfrentamientos, sino por la profundidad de las transformaciones que se propone realizar.

La organización como problema central

El desafío de la izquierda europea no consiste simplemente en acompañar las manifestaciones. Consiste en contribuir a que las demandas dispersas puedan convertirse en un programa capaz de disputar el poder económico y político.

Eso exige organización, elaboración teórica, presencia territorial, vínculos con el movimiento sindical y propuestas verificables. También exige reconocer que las formas tradicionales de militancia no siempre consiguen interpretar a generaciones socializadas en la precariedad, las plataformas digitales y la desconfianza hacia las instituciones.

Las redes sociales permiten convocatorias veloces, pero la velocidad no sustituye la organización. La viralidad no equivale a conciencia política. Una multitud puede reunirse en pocas horas y dispersarse sin haber construido una capacidad duradera de intervención.

El problema de la organización sigue siendo fundamental. No como repetición mecánica de estructuras del siglo XX, sino como necesidad de convertir la protesta en una fuerza política capaz de sostener objetivos, disputar decisiones y construir alianzas sociales.

Una izquierda que se limite a celebrar la rebeldía juvenil, sin ofrecerle perspectivas de transformación, corre el riesgo de convertirla en un espectáculo. Y una izquierda que pretenda conducirla sin escuchar sus nuevas experiencias terminará reproduciendo su propia impotencia.

¿Qué transformación está en juego?

Una respuesta de izquierda no puede agotarse en subsidios transitorios o medidas destinadas a aliviar las consecuencias más visibles de la crisis. Necesita discutir la propiedad y el uso social del suelo urbano, la regulación del capital inmobiliario, la construcción pública de viviendas, la protección del trabajo y la distribución de los beneficios derivados de los aumentos de productividad.

Necesita también recuperar la planificación democrática de sectores estratégicos, una política fiscal capaz de gravar efectivamente la riqueza concentrada y servicios públicos que no dependan exclusivamente de la capacidad de pago.

No se trata de negar las restricciones económicas. Se trata de discutir quién las establece y cómo se distribuyen sus costos.

Tampoco basta con invocar el socialismo como horizonte abstracto. Toda propuesta transformadora debe demostrar capacidad para organizar la producción, sostener el desarrollo tecnológico, generar riqueza y distribuirla con criterios de justicia social.

La experiencia histórica obliga a reconocer que ninguna transformación profunda puede prescindir de instituciones democráticas, control ciudadano y participación efectiva de los trabajadores.

La emancipación no consiste en sustituir una dominación por otra.

La pregunta que Europa no quiere responder

Las movilizaciones juveniles todavía son heterogéneas. No constituyen una revolución europea ni anuncian inevitablemente el derrumbe del capitalismo.

Pero revelan algo que resulta políticamente decisivo: la reproducción del sistema comienza a encontrar dificultades para garantizar las condiciones materiales de reproducción de la vida de las nuevas generaciones.

Una sociedad puede tolerar desigualdades enormes mientras conserve la expectativa de que el esfuerzo permitirá progresar.

Cuando esa expectativa desaparece, la legitimidad comienza a erosionarse. El problema de Europa no es que sus jóvenes hayan perdido la paciencia. Es que una parte creciente de ellos ha perdido razones materiales para confiar en el futuro que se les ofrece.

La izquierda tiene entonces una responsabilidad que excede la solidaridad con las protestas: demostrar que existe una alternativa capaz de transformar las relaciones de poder que producen esa incertidumbre.

Y debe hacerlo antes de que el miedo, la frustración y el resentimiento encuentren otros intérpretes. Porque la cuestión fundamental no es si los jóvenes europeos conseguirán que sus gobiernos escuchen sus reclamos. La cuestión es si lograrán construir, junto con los trabajadores y otros sectores populares, una fuerza política capaz de disputar quién produce la riqueza, quién se apropia de ella y quién tiene derecho a decidir el futuro.

Esa es la pregunta que convierte una protesta social en un problema histórico. Y también la que distingue una rebelión contra las consecuencias del capitalismo de una lucha consciente por superarlo.

José W. Legaspi
2026-10-24T05:13:00

José W. Legaspi