Falta empatía en la gestión pública. Graciela Barrera
23.07.2026
El Ministerio del Interior (MI) divulgó las cifras de delitos del primer semestre del año con la triste confirmación de una cifra de homicidios que se califica como la más alta desde el pico máximo sufrido en 2018.
Sin dejar de reconocer que ese dato nos marca a fuego como una sociedad que ha incrementado la violencia extrema, hubo una reflexión de Diego Sanjurjo, el jerarca responsable en registrar y analizar esos datos, que me generó una profunda tristeza. En particular, me confirmó cuánto olvidamos que esos datos no son números fríos, sino que refieren a personas y que lo que se decida como política pública para atender la respuesta represiva y sus condenas debe contemplar esa humanidad que nos distingue como raza.
En entrevista concedida al programa Todo un tema, del streaming de El Observador, el titular del Área de Estadística y Criminología Aplicada del MI respondió la consulta de un espectador que consultaba por qué se enfocaba particularmente en las personas privadas de libertad y expresó: "Lo que no está entendiendo esta persona es que cuando ese ciudadano que está preso y por el que no siento ninguna empatía, si yo no logro que esa persona aprenda a trabajar y consiga un trabajo, va a salir y va a delinquir de vuelta".
Las expresiones de Sanjurjo me dispararon un montón de sensaciones encontradas, pues si bien concuerdo con que las personas privadas de libertad algún día saldrán en libertad (nuestro sistema penal no prevé ni la pena de muerte ni la cadena perpetua), es imperioso que ese transcurso sea un tiempo fértil para construir hábitos que permitan la genuina inserción y eviten la reincidencia. Ahora bien, ese trabajo -que considero maravillosamente útil y necesario- tiene que acompañarse de empatía, algo de lo que carece el jerarca. Esa falta de cariño por la gestión desacredita en gran medida todo lo que pueda decir o hacer, porque claramente se asemeja a una falsa acción en la que no cree realmente y se asemeja mucho a una puesta en escena.
Me resulta muy raro que alguien que estudia y elabora insumos para atender una realidad los difunda de manera tan fría y deshumanizada, como si al referirse a la población privada de libertad no estuviera hablando de personas.
Se parece más a un discurso que quiere quedar bien con todos y que bien se podría pensar de alguien que no es del partido del gobierno, que viene de la administración pasada. Pero lo más grave es lo que afirma sobre no empatizar con la población privada de libertad, porque eso lo descalifica a la hora de asesorar a quien tiene la responsabilidad de generar una política pública que atienda la privación de libertad. Y lo descalifica porque se olvida de que nadie que piense de esa manera podrá siquiera vincularse de forma positiva con quien cursa una privación de libertad como para proponerle una salida que lo aleje de la alternativa que lo llevó hasta ahí.
No trato nunca de imponer mi forma de pensar o de actuar, pero creo que puedo opinar con propiedad luego de sufrir el mayor dolor que una persona puede padecer, como es la pérdida de un hijo. Y mucho más si esa pérdida tiene directa vinculación con la población a la que me refiero. Me hubiera sido mucho más fácil, seguramente, elegir el camino contrario y no empatizar con esa población, pero entendí que ese recorrido solo profundizaba más mi herida y que no cambiaría nada. Por eso elegí trabajar para que al menos uno cambiara su elección de vida, porque eso honraría la pérdida sufrida y evitaría dolores futuros a otros.
Escuchar los dichos de Diego Sanjurjo me dio una tristeza infinita, porque dejó en evidencia la absoluta ajenidad que maneja sobre el tema alguien que asesora en políticas penitenciarias procesando datos que se devalúan por la deshumanización de quien los produce.
Hay que empatizar o al menos intentarlo; es obvio que la empatía necesita una correspondencia, pero si no la propiciamos nosotros desde afuera, es muy difícil. Seguramente, muchas de esas personas sobre las que no tiene "ninguna empatía" jamás recibieron un abrazo o una muestra de afecto, mucho menos alguna alternativa diferente al crimen o el delito.
Seguramente muchos me tilden de inocente, pero les aseguro que estuve frente a cientos de privados de libertad y jamás sentí temor ni experimenté alguna falta de respeto; por el contrario, tuve devoluciones hermosas de afecto y sentí la carencia que padece cada una de esas personas con las que interactué. Muchas de ellas hoy son trabajadores insertos plenamente en la sociedad, gente agradecida por la oportunidad que los sacó del delito.
Comparto casi todo lo que dijo Sanjurjo menos esa triste referencia, porque creo que le asiste un profundo desconocimiento real sobre la mayor parte de una población privada de libertad que quiere salir de una situación que lo desbordó y que fue -seguramente- su única alternativa.
Cómo el jerarca puede decir que "la única forma de lograr bajar la inseguridad es trabajar con esas personas [privadas de libertad]... no es por empatía, no es porque a mí me interesen particularmente los derechos humanos de los que están presos. En lo más mínimo, no me cae bien la enorme mayoría de las personas que están presas y en ningún momento sufro por ellas, pero si no logro que esas personas consigan un trabajo, van a seguir delinquiendo". (sic)
Esta mirada no contempla un aspecto que para mí es fundamental, y es lo que padecen y pueden llegar a interpretar las familias de las personas privadas de libertad. Si ese es su pensamiento hacia sus seres queridos presos, ¿cómo puede ser luego la revinculación con quienes reciben esos mensajes cargados de prejuicios tan negativos y alejados del objetivo que dicen perseguir?
Escucharlo me dio una tristeza infinita, porque dejó en evidencia la absoluta ajenidad que maneja sobre el tema alguien que asesora en políticas penitenciarias procesando datos que se devalúan por la deshumanización de quien los produce. Lamento disentir diametralmente con ese pensamiento, porque no genera otra cosa que distancia con una población que necesita otro tipo de relacionamiento y calificación para que se admita su condena en clave de humanidad, esa que muchos no conocen pero que desde las autoridades deben brindarle como primer insumo.
Sin empatía será difícil, por no decir imposible, cambiar nada, mucho menos a seres que jamás recibieron una caricia y que padecieron exclusión como forma de vida.
Así no es.
Graciela Barrera- Diputada MPP - FA
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias