Calaponto. Historias de playa
Federico Filippo
Calaponto es el nombre que mi madre le puso a su casa en la playa. Estaba en Portezuelo, en la costa uruguaya, ya no existe más, fue derribada. Se levantaba con una orientación rara sobre la arena misma, a unos pocos pasos del mar. En ese lugar se pueden disfrutar atardeceres que merecen un aplauso.
Fue una de las primeras casas de la zona y en ella mi madre pasaba gran parte del tiempo, incluso en invierno disfrutaba visitando Calaponto. Todos en la familia recordamos las vivencias asociadas a ese lugar, siempre fue algo mágico.
Calaponto estaba justo frente al mar, mirándolo de frente, como con cierta prepotencia, burlándose del sol que salía a su costado izquierdo por sobre el lomo de Punta Ballena. Y es que para mi madre el mar era más importante que cualquier sol, prefería estar más atenta a las olas y a la brisa que a los pocos segundos que el sol juega con el mar cada día. Las demás casas comenzaron a edificarse en el balneario y como indica la lógica se construyeron mirando los atardeceres. Calaponto quedó torcida, en realidad bien derecha y parada frente a las olas, mientras las demás casas parecían no prestarle demasiada atención.
Calaponto llevó ese nombre desde siempre, incluso desde antes de nacer como casa. En una de mis visitas a mamá, sentados entre los médanos frente al mar, con un atardecer próximo recuerdo que le pregunté sobre el origen del nombre, sobre Calaponto. Y mi madre me contó esta historia.
Se remonta a un viaje que realizamos a Grecia cuando aún vivíamos en Italia. Fuimos todos, mis padres, mis dos hermanos e incluso mi abuelo que había llegado a visitarnos proveniente de San Francisco, donde vivía. Tomamos un barco que salía desde Bari y nos dirigimos a un pequeño pueblo de pescadores en los márgenes de la península del Peloponeso. En ese pueblo nos quedamos un mes entero, vacacionando y conociendo Grecia, disfrutando de sus playas, su cultura y de su gente. El pueblo, muy pequeño, no acostumbraba recibir muchos turistas, menos aún si estos no son griegos.
Mi abuelo fue un gran cocinero, trabajaba organizando grandes banquetes y asesorando importantes restaurantes norteamericanos o en el Caribe. El mejor cocinero que conocí en toda mi vida, adoraba regalar su talento, como todo buen artista necesitaba demostrar su arte para que otros lo gozaran. Sobre el final de nuestra estadía quiso organizar una fiesta para homenajear esa gente tan hospitalaria, los nuevos amigos del pueblo griego. Decenas de personas fueron invitadas a degustar las preparaciones de un reconocido cocinero ítalo-americano que en esos días de verano se había ganado el cariño de todos. Fue así como invitamos a todo griego que por aquellos días se nos cruzó en el camino e hizo de esas vacaciones algo inolvidable.
Ancianos, jóvenes, hombres, mujeres y niños se fueron aproximando a una muy pequeña casa sobre una playa sin arena y si con muchas piedras. Los vecinos ayudaron, sacamos todas las mesas y sillas disponibles, algunos contribuyeron con las propias. El abuelo cocinó todo el día, nosotros, los nietos y mi padre, ayudamos en la cocina. Sacó de una minúscula cocina todo tipo de manjares, verduras asadas, ensaladas ricas en aceitunas y quesos, patés, panes caseros, mariscos, pimientos rellenos, su propia versión de tzatziki, pescados y ensaladas varias a base de pasta. Hubo vino, cerveza y no podía faltar el Ouzo, la bebida griega.
Mi abuelo tenía un humor muy especial. Hablaba perfecto italiano, inglés, español y francés, y obviamente no sabía nada de griego. Una de nuestras vecinas era una señora mayor, muy elegante y guapa que vivía sola. Nos la cruzábamos por lo general en la playa y mi abuelo pícaro como era la saludaba con la única palabra que sabía en griego más algo más. Le decía casi a diario: Kalismera viejita linda (Buendía viejita linda). Nosotros que éramos unos niños nos tentábamos de la risa pero le seguíamos el cuento al abuelo. Por las noches al cruzarla repetía la misma historia, Kalispera muy linda viejita (buenas noches muy linda viejita). El saludo lo solía acompañar con un gesto de galantería para que resultara más elegante.
Esa noche de fiesta la viejita linda también asistió. Mi abuelo la recibió como de costumbre, Kalispera linda y guapa viejita, se inclinó sobre su mano haciéndole una reverencia. Nosotros que ya estábamos acostumbrados no dejaban de causarnos gracia la ocurrencia del abuelo ante una dama que no le entendía. La noche transcurrió entre risas y buena comida. Nos comunicábamos como podíamos, ellos hablaban en griego y nosotros en italiano, pero el lenguaje del buen comer resulta universal y todos la pasamos muy bien. Mi madre me contó que sobre el final de la noche, ella estando sentada en una reposera frente al mar, descansando de un intenso día, se le acercó la viejita linda y se sentó a su lado, como buscando compañía. Mi madre la recibió y la invitó con un gesto a que se acomodara.
La viejita, sin decir palabra tomo asiento y mirando el mar frente a ella le comenzó a decir en un perfecto castellano:
-Muchas gracias por la invitación, ha sido una velada magnifica, gracias de todo corazón. Yo no salgo mucho y menos para asistir a fiestas.
Mi madre, según me contó, quedó sin poder pronunciar palabra, a tal punto que no atinó a decir nada frente a la viejita que hasta ese entonces parecía tan griega como el resto de los griegos y que había escuchado durante todos esos días la insolencia de su suegro. Y prosiguió.
- La comida ha estado deliciosa, su suegro es realmente un gran cocinero y al mismo tiempo un gran atrevido. Me causó gracia su ocurrencia al saludarme de esa forma todos estos días, no le he querido decir nada. Me he divertido sin que supiera que se hablar castellano. Pude también escuchar que son de Uruguay. Yo viví unos años en esas tierras, muchos años atrás. Fui atrás de un italiano que conocí ya sobre el final de la segunda guerra mundial, nos enamoramos y estaba dispuesta a seguirlo hasta el final del mundo. No quiero que piense mal, pero para mí ese país desconocido quedaba en los confines de mi imaginación. Yo no puedo vivir lejos del agua, mucho menos del mar, el mar ha sido siempre mi fiel compañero. Nos hicimos una casa en la costa uruguaya, ahí vivimos durante años y fui muy feliz, realmente fui muy feliz esos años junto a él y a los uruguayos. Recuerdo que vi como crecía Punta del Este.
Mi madre me contó que cuanto más escuchaba el relato de esa mujer ahí sentada a su lado más difícil le resultaba poder decir algo. Mi familia por aquellos años vivía aún en Roma, exiliados luego de la dictadura. Mis padres soñaban y luchaban para poder volver al paisito, crecimos escuchando hablar de Uruguay, de sus playas, de sus costumbres, de nuestra cultura y sintiendo la añoranza de mis padres por volver. Necesariamente se nos contagió.
La viejita prosiguió su cuento.
- Construimos una casa frente al mar y con Renato, mi marido italiano, le quisimos poner un nombre. En mi familia siempre existió la tradición, como vi que sucede en Uruguay, de ponerle nombres a las casas. Yo nací frente al mar, de cara a otro mar, en este caso europeo y mi madre me decía que las casas que miran al mar las llamamos Calaponto. Ponto viene del griego antiguo y quiere decir mar y Cala de anclado, calado, por lo tanto, anclada frente al mar. Me aclaraba que las casas así miran al mar directo a los ojos, como la mía que también se llama Calaponto, en el letrero que tengo al frente de mi casa dice eso, está escrito en griego. Fue un verdadero placer conocerlos y lamento no haber tenido más tiempo para charlar. Uruguay me trae muchos y hermosos recuerdos, también de los otros y recién hoy, luego de unos vinos, me he animado a hablarle. Mi Renato se quedó en esas tierras felices, me regresé sola y no sé qué fue de mi Calaponto, ojalá alguien lo esté cuidando ahora.
Mi madre me terminó de contar que la elegante viejita linda se levantó sin que a ella le saliera casi palabras que agregar, le agradeció la visita, se agarraron las manos en signo de despedida y le deseo que algún día pudiera, ella también, cuidar de su Calaponto, es decir, de un amor frente al mar.
Federico Filippo (*)
(*) Como decía mi abuelo, "Cittadino del Mondo"
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias