Guajira

Federico Filippo

24.10.2011

Es curioso como a veces unos minutos de una vida se entremezclan con los de otra vida. El 1810 estaba muy de moda en esos tiempos en La Habana. Hombres de negocios que visitaban la isla terminaban tomando unos daiquiris o mojitos en ese bar sobre el malecón.


Es curioso como a veces unos minutos de una vida se entremezclan con los de otra vida. El 1810 estaba muy de moda en esos tiempos en La Habana. Hombres de negocios que visitaban la isla terminaban tomando unos daiquiris o mojitos en ese bar sobre el malecón.

Música, habanos y muchas mujeres hermosas terminaban ambientando la velada. El local se llenaba de piratas modernos que daban rienda suelta a todas sus fantasías de bucaneros reprimidos en otros puertos. Cuba, además de sus playas, de su revolución, tiene la triste fama de ser un destino fácil para conocer mujeres. La noche era perfecta, limpia, sin tanto calor, alcanzaban un par de copas y el aspecto de extranjero para recibir todo tipo de atenciones. Decenas de esplendidas mujeres cubanas se acercaban a ofrecerte compañía. Tres de mis acompañantes se terminaron por decidir en lo que parecía una sencillísima conquista. Convertirse en galán en aquellos años cubanos no costaba más de 40 USD la noche.

Una mujer muy joven y atractiva se me acercó a platicar. Conversamos unos minutos, mi nombre, el suyo, mi edad, la suya, mi país de origen, los días de estadía en la Isla, qué me había parecido y poco más. Llegó el momento de la pregunta de rigor, ¿esta noche buscas compañía? No, le expliqué que no buscaba ese tipo de compañía, que no soy de los que pagan por tener sexo. Era una cubana muy poco común. Tenía el cabello castaño muy largo y claro, unos ojos increíblemente verdes, tenía una pequeña desviación en su mirada que la hacía aún más interesante, era muy flaca y desde luego muy atractiva. La mirada y su tono de voz no denotaban experiencia en eso de jinetear. Le expliqué que lamentablemente no estaba en ese mercado, que si ella tenía que retirarse lo entendería. Yo terminaría mi daiquiri y me volvería al Hotel.

En voz baja me comentó que esa era su segunda noche en el 1810 y que también era su segunda noche haciendo eso. Le pregunté qué tal le habían resultado los dos días de trabajo. Me contestó que habían sido un verdadero desastre. Me contó que ayer se le acercó un señor gordo y que no pudo irse con él, que él se enfadó y terminó llorando en el baño y siendo consolada por unas amigas. Después lo intentó con un señor mayor y que tampoco consiguió nada. Hoy sus colegas le explicaron, y antes de que comenzaran a llegar los primeros clientes, que al principio convenía que eligiera a hombres que le pudieran interesar, que con el tiempo ya se acostumbraría. Y así fue como se acercó a mí. Resulté ser un completo fiasco. Hizo un esfuerzo por sonreír, mientras yo pensaba que si todo era un cuento esa mujer resultó ser una muy buena actriz. No bien terminó de recordar esas experiencias fallidas vi como unas lágrimas humedecían su rostro claro y joven. No me pueden ver llorar, me dijo y se alejó unos pasos a una zona oscura cerca de la terraza que daba al mar. La seguí para saber qué le pasaba y si estaba bien.

Entre sollozos logró contarme que ella sabía que no iba a poder prostituirse. Había dejado atrás a su hijo de 7 años y que lo único que quería es dejar todo esto y volverse a su pueblo, a unos 300 km de La Habana. Compré dos mojitos para ponerla a producir para el 1810 y así poder seguir charlando. Me contó que era guajira (campesina) y que tenía dos amigas que se vinieron antes que ella para La Habana a buscar diversión y dinero. Lo dijo en ese orden. Con un gesto me señaló a una de sus amigas que se aprestaba a retirarse con un grupo de extranjeros y otras chicas. Seguimos hablando. Le pregunté por su hijo. Me dijo que era fatal, que era muy lindo, y que no tenía fotos para mostrármelo, me contó que lo extrañaba mucho y que en unos meses lo operarían de la vista, pues al igual que ella tenía estrabismo. Le comenté que yo también sufrí del mismo problema cuando era niño y que en el mundo era conocida la buena fama que tienen los médicos oculistas cubanos. Ella confiaba en el sistema de salud de su país y me contó que lo operarían sin que ella tuviera que pagar nada. Le pregunté, ¿entonces por qué prostituirse? Para otras cosas, para tener más dinero y acceder a cosas que el Gobierno no te da.

Ya no lloraba. Le pregunté por qué no se iba al pueblo junto a su hijo. Me explicó que quería juntar un poco de dinero para el pasaje y para poder organizarse mientras conseguía qué hacer en su pueblo. Me ofrecí a ayudarla con el pasaje. La guajira conmovida y queriendo asegurarse todo el respeto que había perdido en esos dos días de prostitución me aceptó la oferta pero con una condición. Me pidió que la llevara a la estación de buses, que compráramos juntos el pasaje de forma que me asegurara que se iría y que lo que estaba sucediendo no era un intento por quitarme mi dinero. ¿A qué hora sale el bus? A las 6 de la mañana, me respondió. En ese momento eran las 2 de la mañana. Pagamos y salimos del 1810 rumbo a la casa donde se hospedaba junto a sus amigas. Nadie nos detendría en esa noche, ella no tenía aspecto de cubana y yo era un típico turista. Ahora que lo pienso, ya lejos de esas horas, recuerdo que no pensé en posibles peligros, todo se daba de una forma tan absurda que valía la pena ser vivido. Me decidí por una experiencia que recordaría el resto de mi vida.

Llegamos a su casa dormitorio en un barrio de La Habana que sería imposible de precisar. Subimos por unas escaleras exteriores y entramos, yo esperé en la sala y una señora mayor salió a nuestro encuentro. Mientras la guajira se dirigía a su habitación me la presentó como la dueña de esa casa, había confianza entre ellas y se notaba hasta el cariño que existía entre ambas. Mientras acomodaba sus cosas en un bolso le contó a la señora que se marchaba esa misma noche, que regresaría a su pueblo con su hijo, y que yo era un amigo que había conocido. Yo escuchaba en medio de la penumbra de esa sala y sentía la mirada de esa señora absolutamente desconocida. Me ofreció un vaso de agua, no tenía sed, se lo agradecí y estaba seguro que pensaba que yo era otro extranjero aprovechándose de jóvenes cubanas indefensas. Me saludó fríamente y los dos volvimos a salir a la calle en medio de la noche. La guajira llevaba un viejo bolso, en la calle paramos lo que parecía un taxi local. Eran ya como las 3 de la mañana. Le pregunté al taxista que lugares abiertos podía haber a esas horas de la noche para tomar algo. Mencionó un par y nos dirigimos a uno de ellos.

Nos sentamos en una especie de bar o puesto callejero en el Malecón, donde se mezclaban cubanos con algunos turistas. Tomamos unas cervezas y me siguió contando de su pueblo y de su vida. La guajira era hermosa, esos rasgos europeos y el tono de su voz caribeña seducían, su pelo largo y ondulado y sus ojos se fueron animando mientras transcurrían las horas. Nos quedamos charlando hasta las 4:30 y salimos con otro taxi hacia la terminal de buses. Yo compré el boleto y se lo entregué. Ella se emocionó y nuevas lágrimas comenzaron a humedecer su rostro que hasta hace unos instantes estaba sonriente. Me abrazó, me pidió algún dato para contactarme en algún momento y saber que había sido de mi vida, me dijo que esa noche sería inolvidable. Seguimos charlando un rato más y la acompañé al andén de donde salía su autobús. Me volvió a abrazar, no dijo nada, yo tampoco, y así estuvimos un par de minutos hasta que se separó de mí. Antes de subir le entregué los 100 USD que tenía en mi bolsillo. Me lo agradeció emocionada, y subió. El viejo autobús cerró su puerta y comenzó a hacer maniobras en reversa.

Se fue, la despedí con un gesto sin saber si pudo verme cuando La Habana ya amanecía. Me sentí muy bien ese día y los días siguientes pensando en la guajira y en el reencuentro con su hijo. No volví a saber nada de ella hasta pasado casi un año. Recibí una carta escrita de puño y letra, probablemente la última carta escrita a mano que recibí en mi vida, hace ya 10 años de eso. Llegó a mi oficina, a la dirección que le facilité esa noche que nos conocimos. La guajira me contó que seguía viviendo en su pueblo, que había comenzado a trabajar en un establecimiento turístico de la zona, que quería aprender inglés y que la operación de su hijo había salido muy bien, me decía que estaba muy feliz y que esa noche fue inolvidable.

Nunca respondí a esa carta, y guardé esa sensación para siempre, la de unos pocos minutos de vida que se entremezclan sanamente con los de otra vida.

 

Federico Filippo
2011-10-24T09:38:00

UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias