Gobierno y Partido: El desafío de volver a representar el cambio. Gerardo Amengual

18.07.2026

¿Es este un gobierno de cambios o, más bien, un gobierno de continuidad? La pregunta comienza a instalarse tanto dentro del Frente Amplio como en amplios sectores de la ciudadanía. La respuesta no es sencilla, pero merece un debate profundo.

 

Se trata, en gran medida, de un gobierno de continuidad más que de transformación. La moderación puede ser una virtud cuando permite construir acuerdos y dar estabilidad, pero no implica necesariamente renunciar a la identidad de izquierda ni a la capacidad de impulsar cambios. El problema surge cuando esa moderación diluye el perfil político y dificulta que la ciudadanía perciba con claridad el rumbo del gobierno.

Los gobiernos no deberían desvincularse de los partidos políticos que los llevan al poder. Este principio es aplicable a todo el sistema político uruguayo. Un gobierno debe ser, ante todo, un gobierno de partido: con identidad, orientación política y compromiso con el programa respaldado por la ciudadanía en las urnas. Ese programa constituye un contrato político y ético con la sociedad y debe ser la referencia permanente de la acción de gobierno.

La creciente personalización de la política, fenómeno observable en buena parte del mundo, requiere una reflexión profunda. Cuando las decisiones de gobierno se concentran excesivamente en figuras individuales, existe el riesgo de debilitar el papel de las organizaciones políticas y de diluir los proyectos colectivos. La fortaleza de una democracia reside, precisamente, en la capacidad de sus partidos para construir propuestas, formar liderazgos y sostener procesos colectivos que trasciendan a las personas.

Resulta preocupante el distanciamiento que, en ocasiones, se produce entre el gobierno y el significativo trabajo de elaboración programática realizado por la fuerza política. Los programas de gobierno son el resultado de años de discusión y del aporte de las bases, técnicos, militantes y organizaciones sociales. Independientemente del grado de coincidencia con cada uno de sus contenidos, constituyen una síntesis colectiva que no debería quedar relegada una vez asumido el gobierno.

En el período actual se percibe una moderación que, en muchos casos, dificulta que la ciudadanía identifique con claridad las diferencias entre los distintos proyectos políticos. Esa percepción alimenta una expresión cada vez más frecuente: «Son todos iguales». Para una fuerza política de izquierda, ese es un riesgo político y cultural que no puede ser ignorado.

Tras la derrota electoral de la fórmula Martínez-Villar en 2019, el Frente Amplio llevó adelante un profundo proceso de autocrítica. Una de las conclusiones centrales fue que el partido se había alejado de la sociedad. Ese diagnóstico fue compartido en conversaciones mantenidas con el entonces presidente del Frente Amplio, en el marco de la decisión de crear SER, Lista 141. Hoy, esa reflexión mantiene plena vigencia.

En ese contexto, también es necesario reconocer que el liderazgo de Yamandú Orsi no parte de niveles altos de popularidad, lo que refuerza la necesidad de imprimir señales claras de transformación y de cambio. La construcción de legitimidad política no solo dependerá de la gestión, sino también de la capacidad de representar con nitidez un proyecto diferenciado.

Es razonable prever que la base social frenteamplista ejercerá una creciente presión para que el gobierno encabezado por Yamandú Orsi incorpore una agenda más claramente alineada con los principios históricos de la izquierda y con las bases programáticas aprobadas por el Frente Amplio.

El principal desafío será gobernar con recursos limitados. Sin embargo, también será necesario promover un debate honesto sobre cómo financiar las transformaciones que el país necesita. Si una fuerza política de izquierda considera imprescindible ampliar determinadas políticas públicas, debe tener la capacidad de explicar con responsabilidad de dónde surgirán los recursos, incluso si ello implica discutir modificaciones en la estructura tributaria.

La situación de las personas en situación de calle constituye un ejemplo elocuente. Muchas enfrentan problemas de adicciones, graves trastornos de salud mental o provienen del sistema penitenciario. Del mismo modo, la crisis del sistema carcelario exige reformas profundas. El sistema actual no rehabilita, no reduce la reincidencia y tampoco contribuye de manera significativa a mejorar la seguridad pública.

Frente a desafíos de esta magnitud, será necesario impulsar acuerdos interpartidarios que permitan sostener políticas de Estado con respaldo político y recursos suficientes. Pero esos acuerdos no deben confundirse con la pérdida de identidad. El Frente Amplio tiene la responsabilidad de marcar la agenda, señalar el rumbo y convocar a los consensos necesarios desde la firmeza de sus convicciones.

Recuperar la capacidad de representar el cambio no es una opción: es una condición para sostener la confianza ciudadana. El Frente Amplio, como partido de gobierno, deberá demostrar con hechos y decisiones claras que sigue siendo una fuerza capaz de transformar la realidad sin perder su esencia. De lo contrario, el riesgo no será solamente político; será dejar vacante el espacio de quienes esperan un proyecto capaz de volver a ilusionar y de marcar un rumbo diferente para el país.

Gerardo Amengual es integrante de la Dirección de SER - Lista 141 Frente Amplio.

Foto: Santiago Mazzarovich / adhocFOTOS

 

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2026-07-18T01:46:00

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