Hablando con los pobres. Esteban Valenti

13.05.2026

Para hablar con los pobres no se necesita ir a la periferia de Montevideo o de las ciudades del interior. Yo vivo en Pocitos hace 36 años, en el mismo apartamento (lo escribo para algunos pobres tipos que siguen insistiendo con mi riqueza) y, saliendo a caminar por las calles del barrio, puedo hablar con varias personas pobres.

No pobres por las estadísticas, o por los diferentes y evolutivos métodos, sino porque comen de la basura, buscan en los contenedores o viven en la calle.

Tengo la mala costumbre de que me gusta la realidad concreta, palpable, conversable, y no me conformo con las estadísticas o los estudios académicos sobre los temas sociales.

Durante varios días y noches, no muy tarde, salí a conversar con diferentes personas, algunas de las cuales conozco porque están muchas veces en las proximidades de mi apartamento. Con dos, con Oscar y Richard, lo dejo para el final; es lo más "periodístico" de esta columna.

Vamos a ampliar el escenario urbano: en una visita a mi hijo en Malvín, encontré a dos muchachos de aproximadamente 20 años, una parejita vestidos como cualquier joven de su edad, no eran andrajos. Estaban en la Plaza Fabini, bajo un árbol, con un carrito de supermercado y un toldito para protegerse. ¿Protegerse? No quisieron hablar conmigo.

Les hubiera preguntado: ¿cuál era el motivo para haberse bajado de las luces de la "normalidad" para ir a vivir de esa manera?

Si los hubiera encontrado en cualquier otro lugar, nunca se me ocurriría que vivían en la calle. Debemos admitir que eso sucede en muchos casos; en este, lo llamativo era la edad de la muchacha y el muchacho.

No debe ser fácil vivir juntos, mirar el futuro con un mínimo de expectativa y tratar de construir un cacho de felicidad, expuestos a esas condiciones de vida cotidiana.

Una anotación: si en lugar de entrevistar a esa masa creciente de personas de todas las edades que viven en la calle, que son la manifestación inocultable y humana de la pobreza, los investigadores sociológicos, los funcionarios del MIDES o algunos políticos se arrimaran a ellos no como funcionarios, sino como personas sensibles, seguramente lograrían componer un cuadro mucho más preciso de las causas, de los sentimientos, de los motivos por los que se cayeron hacia la calle y qué perspectivas tienen o qué esperanzas tienen de salir y volver a la "normalidad".

Yo en este caso, seguramente porque no elegí un buen motivo, no tuve éxito, pero con un poco de inteligencia y sensibilidad creo que lo hubiera logrado.

Tengo varios testimonios más, sobre todo en la Ciudad Vieja, donde la cantidad y la variedad de habitantes nocturnos y hasta diurnos de la calle, de las veredas y zaguanes, es muy grande.

Pero voy a volver a mi barrio.

Caminaba por Benito Blanco a las 9 y 32 minutos de la noche, paseando al perro de mi nieto y de su padre (lo comparten), y una persona que caminaba por la calle, al borde de la vereda, me dijo: "Gracias, amigo". Me quedé sorprendido; luego lo reconocí: unos días atrás, en la puerta de un supermercado de esa misma calle, me pidió unas monedas. Y se las di.

Lo confieso: tengo una debilidad por sacarme el sentido de culpa de arriba y darle las monedas o, a veces, algún billetito plástico de 20 o 50 pesos. Incluso alguno de ese mismo valor, pero de papel. Soy criticado sistemáticamente, pero lo voy a seguir haciendo. En esa materia, cada uno tiene su teoría y su práctica.

Lo cierto es que comencé una breve conversación y me permití explicarle a Oscar, de 51 años, pero con la apariencia de tener bastante más, la explicación de mi actitud. La omito en este relato porque algún "bienpensado" va a pensar que ese es mi objetivo. Lo cierto es que Oscar me respondió, casi textualmente: "Es que también hay que reconocer que algunos de nosotros nos ganamos el rechazo de la gente. Los que desparraman la basura alrededor de los tachos".

A pocos metros de allí estaba Richard, de 45 años, revolviendo uno de esos tachos que tienen unos ventanucos metálicos precisamente para dificultar la labor de los hurgadores. Justo había encontrado una bolsa abierta pero casi llena de algo así como papas fritas o algo frito e indefinido para mí. Se enojó un poco y nos dijo a los dos: "Yo no tiro las bolsas, es una pavada".

Me picó la curiosidad y, con el perro un poco impaciente, le pregunté si había gente que desparramaba las bolsas de basura a propósito. Me contestó con seguridad, sin dudarlo: "Sí, es por cuestiones políticas". Sí, así como lo leen.

Mi curiosidad ya se desbordaba: "¿Estás seguro de que hay gente que le paga a gente como tú para que tiren bolsas alrededor de los contenedores?". "Sí, claro, y puede poner mi nombre y apellido", y me dio sus dos apellidos. "Con la verdad no ofendo ni temo", agregó la cita un poco adaptada, pero muy clara.

Me contó los detalles para que no me quedara ninguna duda sobre el tema, de cómo viene gente en auto, encuentran hurgadores y les hacen una oferta. "¿Cuánto?", le pregunté. Varía, es una oferta móvil y con un compromiso de la cantidad de contenedores.

Hace tiempo que Selva me decía sus sospechas sobre este tema y yo las rechazaba; ahora no podía hacer otra cosa que rendirme ante la evidencia.

No voy a hacer la síntesis de lo que había escuchado y de lo vergonzoso de esa actitud por parte de los contratistas, que no deben ser, por cierto, organizadores de escenografías cinematográficas: son miserables operadores políticos. Richard me confirmó que dejan el auto lejos y no llevan una vincha para identificar su partido. Frenteamplistas no creo que sean...

Si este testimonio sirve para que la Intendencia de Montevideo trate de justificar la derrota con la basura que hemos sufrido en la izquierda durante décadas, sería una miseria. Todos los problemas, menos la muerte, tienen su solución. Pero es un dato para mí, nuevo.

Volví a conversar con Oscar; me contó que no está casado y tiene tres hijos, uno de ellos en el cielo. Richard no quiso quedar afuera de esa parte de la conversación y agregó que él había criado a los dos hermanos porque era hijo de madre soltera.

Tengo muchos más: el vendedor de paltas, el moreno que está pronto en la avenida 25 de Mayo para hacerte estacionar el auto (aunque sabe que yo utilizo un garaje) y muchos más.

Esto no será un tratado sociológico ni mucho menos, pero es sin duda un método, que no es solo periodístico, de aproximarse a la gente pobre e indagar sobre sus vidas. Aclaro que no me disfracé: iba vestido como siempre y ellos también, y ninguno estaba desprolijo ni se diferenciaba mucho de otros transeúntes, si no fuera por su mochila sucia. Ni en los zapatos.

 

(1)  Esta es una foto de UYPRESS, sobre gente de la calle. No cometo el error imperdonable de pretender sacarle fotos a esos interlocutores.

 

Esteban Valenti
2026-05-13T07:05:00

Esteban Valenti.

Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)