Hablo con mis muertos… y me piden paciencia. José W. Legaspi
02.04.2026
No es fe ni delirio: es memoria en estado activo, una conversación que no termina con la muerte, ni en ella, espero.
Acostumbro utilizar este espacio para opinar de política, ideología, progresismo, izquierda, y todo aquello que conecte con esa temática. Pero hace ya un tiempo que vengo reflexionando -o más bien, intercambiando- con aquellos que me dieron la vida, el apellido, la cultura, los valores y esta forma de pensar y actuar que me atraviesa desde mi más tierna infancia. Si, aunque parezca loco o raro, hablo con todos ellos, siempre, desde hace años.
La historia de Alfredo Legaspi y Argene Carrara, sus hijos -Alcira, Argene, Washington (el Morocho), Ruben (el Polilla) y Miguel-, su nuera Gladys (mi madre, hija de José, aquél libanés que huyó de su país escapando de la ley ya que se especializaba, digámoslo sin eufemismos: era un sicario contratado para matar judíos) y su yerno Rodney, no es un recuerdo: es una presencia. Me marcaron, me marcan y me atraviesan todo el tiempo.
Por supuesto, el "diálogo" se establece a partir de sus dichos, sus acciones, sus actitudes y sus pensamientos en otra época, no en esta, la que vivo. Jamás pretendí, ni pretenderé saber o siquiera insinuar cómo pensarían, qué dirían, cómo actuarían. Los amo, admiro y respeto tanto que no pienso incurrir en traerlos a otra época, otra sociedad, otras miserias, eso no se puede ni se debe hacer. Hay una violencia en traer a los muertos al presente que no estoy dispuesto a ejercer.
Sin embargo recuerdo profundamente sus enseñanzas en vida, en su época, y alcanza con eso para establecer "el diálogo". Alcanza con recordar cómo miraban, cómo decidían, qué callaban y qué defendían. Alcanza con eso para que el diálogo exista.
Porque hablar con los muertos no es invocarlos: es escuchar lo que todavía permanece. No es pedir respuestas nuevas, sino hacerse cargo de las preguntas que ellos dejaron abiertas.
"Hablar con los muertos" no es una invención mía, ni es original en absoluto, ya que no es moderna ni una práctica marginal: atraviesa culturas, religiones y épocas. Desde tiempos antiguos, las sociedades han concebido a los muertos no como ausentes definitivos, sino como presencias que permanecen en otra dimensión de la vida, con las que es posible mantener un vínculo simbólico, espiritual o incluso cotidiano.
En el mundo clásico, por ejemplo, en la Odisea de Homero, Odiseo desciende al inframundo y dialoga con las sombras de los muertos para obtener orientación. En muchas culturas africanas tradicionales, los ancestros son parte activa de la comunidad: se les consulta, se les honra y se les pide protección. Algo similar ocurre en el mundo andino, donde los muertos siguen formando parte del ayllu, la comunidad viva.
En América Latina, esta tradición adquiere formas particularmente visibles. En México, durante el Día de los Muertos, las familias preparan altares, ofrecen comida, bebida y objetos queridos, y "conversan" con quienes ya no están, en una mezcla de memoria, rito y afecto. No se trata de una metáfora: es una forma culturalmente organizada de mantener el vínculo.
Desde una perspectiva más contemporánea, también puede leerse como un acto interior. Hablar con los muertos es, muchas veces, dialogar con aquello que nos constituye: la voz de los padres, las enseñanzas de los abuelos, los conflictos no resueltos, los afectos persistentes. En el psicoanálisis, esta idea aparece como la persistencia de las figuras internas; en la literatura, como una forma de conciencia histórica y personal.
Lo que está en juego es, en definitiva, la negativa humana a aceptar que la muerte rompe del todo el lazo. Porque mientras haya memoria, lenguaje y necesidad de sentido, los muertos -de alguna manera- siguen siendo interlocutores.
Y volviendo al tema de esta columna, en ese intercambio -silencioso, persistente- hay algo más que memoria. Hay una forma de continuidad.
No la continuidad ingenua de creer que todo sigue igual, sino otra más incómoda: la de entender que uno es, en parte, lo que ellos no pudieron resolver, lo que no llegaron a decir, lo que apenas insinuaron.
Por eso hablo con mis muertos. No para quedarme en el pasado, sino para no mentirme en el presente.
Y cuando escucho, cuando realmente escucho, no encuentro certezas tranquilizadoras. Encuentro algo más difícil: me piden paciencia.
Paciencia que no es indulgencia, no. No es cerrar los ojos, ni justificar lo que no tiene defensa. Es otra cosa, bastante más incómoda.
Es entender que los procesos históricos no se mueven al ritmo de la ansiedad de una época, y mucho menos al ritmo de la frustración personal. Que lo que hoy se presenta como agotamiento, desviación o mediocridad (en eso que todavía llamamos progresismo -y ya no es izquierda- en Uruguay) no nació de la nada, ni puede resolverse con un gesto de ruptura inmediata o con la comodidad del desprecio.
Ellos -los que ya no están- vivieron derrotas más profundas, retrocesos más brutales, silencios más largos.
Y, sin embargo, no confundieron nunca la crítica con la renuncia.
La paciencia que aparece en ese diálogo no es pasividad: es perspectiva. Es la capacidad de ver en lo que hoy resulta decepcionante no sólo su límite, sino también su origen. Porque incluso en sus formas más desgastadas, esa tradición política arrastra luchas reales, conquistas concretas, momentos donde decir "nosotros" tenía un sentido que hoy parece diluido.
Por eso me incomoda tanto el presente. Y debería incomodarnos, ¿no les parece?. Porque no está a la altura de lo que fue, ni de lo que prometía ser. Pero tampoco está completamente vacío.
La impaciencia -esa que empuja a romper, a desentenderse, a pararse por fuera- tiene algo de tentador. Ordena el mundo rápido: separa, limpia, condena. La paciencia, en cambio, obliga a quedarse en el conflicto, a mirar de frente la contradicción sin resolverla con una frase.
Y tal vez eso es lo que insisten en señalarme: que no todo deterioro es final, que no toda deriva es destino, y que incluso en los momentos más bajos, lo más fácil -abandonar- suele ser también lo más estéril.
La izquierda y el progresismo, en Uruguay, atraviesan un tiempo de desgaste evidente. De lenguaje repetido, de gestos previsibles, de desconexión con experiencias reales. Pero reducir todo eso a una caricatura también es una forma de no entender nada.
La paciencia, entonces, no es esperar que algo cambie por sí solo. Es sostener la mirada el tiempo suficiente como para distinguir qué, dentro de ese desgaste, todavía merece ser disputado.
Porque si algo aprendí de ellos, de mis muertos, es que hay momentos en los que la historia no avanza: se espesa. Y es ahí donde más fácil resulta perderse. Y también donde más necesario se vuelve no irse.
Por eso he decidido tener PACIENCIA.
Y por favor, para aquellos obsecuentes burócratas de costumbre, "los atornillados", de los que habló y habla cada tanto Esteban, aquellos que se atreven a pedirme silencio antes que emitir una crítica. No confundan estas palabras con la derrota o el sometimiento de quién escribe. "Paciencia" en este momento de Uruguay, de la izquierda de mi país y de la "pretendida izquierda" del continente no es otra cosa que estudiar más, leer más, para ir más a fondo.
José W. Legaspi