Izquierda, nacionalismo e integración: de Artigas, Mariátegui a Methol Ferré, a los desafíos actuales. Esteban Valenti
30.08.2026
Parece un tema de poca actualidad, cuando todo el escenario está ocupado por el ocultamiento de pruebas por parte de una embajadora, Carolina Ache, o la reunión de Yamandú Orsi son los líderes de todos los partidos, con la autoexclusión del Partido Nacional, para proteger a Luis Lacalle Pou de las cada día más pesadas acusaciones sobre sus responsabilidades en el caso Cardama.
Los temas teóricos parecen sumergidos en la cotidianidad. Grave error, más compleja es la realidad nacional y regional y más importante es recurrir a la ideología, a la historia nacional.
Hay una creencia extendida que la izquierda debe permanecer alejada del nacionalismo.
La relación entre la izquierda latinoamericana y el nacionalismo se articula de manera fundacional en la obra de José Carlos Mariátegui, quien transformó el marxismo ortodoxo europeo en una herramienta de lectura situada para la realidad indoamericana. Frente al dogma de la III Internacional que subordinaba la cuestión agraria e indígena a la lucha obrera industrial, Mariátegui propuso una síntesis original donde la emancipación social y la identidad nacional-continental resultaban inseparables.
En 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), Mariátegui estableció que el socialismo en América Latina no podía ser «calco y copia», sino «creación heroica». Vinculó la liberación del indio no a un problema estrictamente racial o filantrópico, sino a un problema económico-social fundamentado en la liquidación del latifundio feudal, conectando el reclamo nacional con la tradición colectivista de los ayllus incaicos.
Para Mariátegui y pensadores afines de su época, la causa nacional era inseparable del antiimperialismo. La nación latinoamericana no existía plenamente en las repúblicas oligárquicas neocoloniales; constituía un proyecto por construir mediante la integración regional y la soberanía sobre los recursos económicos frente al capital extranjero.
En el caso de Uruguay el pensamiento de José Artigas representa una de las síntesis más lúcidas y tempranas de la relación entre el nacionalismo popular (entendido como soberanía de los pueblos y autonomía regional) y el integracionismo continental en el Río de la Plata. Lejos de concebir la nación como un Estado cerrado o una aduana protegida, el artiguismo fundó una matriz política donde la emancipación local y la unidad de los pueblos libres eran caras de una misma moneda.
Para Artigas, la soberanía radicaba esencialmente en los pueblos («Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana»). El concepto de nación no surgía de una élite centralista en Buenos Aires, sino de un pacto confederal desde las bases.
Las Instrucciones del Año XIII impusieron un modelo profundamente democrático, republicano y confederado. La Provincia Oriental no buscaba aislarse, sino integrarse a las Provincias Unidas del Río de la Plata bajo un sistema de estricta autonomía provincial y libre navegación de los ríos, desafiando el centralismo porteño.
El Reglamento Provisorio de Tierras de 1815 («los más infelices serán los más privilegiados») vinculó la soberanía nacional al arraigo popular y a la justicia distributiva, sentando un precedente único en las revoluciones hispanoamericanas.
A lo largo de su historia y a nivel cultural, Uruguay ha mantenido históricamente una vocación americanista, viendo en la integración regional una ampliación de su propio mercado y un resguardo político.
Participó activamente en los procesos de integración moderna (ALALC/ALADI, el nacimiento del MERCOSUR en 1991), aunque su política exterior ha atravesado constantes tensiones entre la defensa de un bloque comercial proteccionista y las urgencias de flexibilización comercial unilateral frente a mercados globales.
En estos momentos y de acuerdo a lo que escuché con mucha atención en mi Comité de Base el pasado 25 de agosto la vicecanciller Valeria Csukasi., intervino en un planteo breve pero muy incisivo la integración y el papel soberano de los países en América Latina se articula a través de ejes muy concretos, priorizando el pragmatismo institucional.
En un continente cruzado por tensiones de los diversos gobiernos, con una fundamental influencia de la derecha los bloques de integración como el MERCOSUR no deben aspirar a modelos supranacionales rígidos (como el de la Unión Europea), sino dotarse de herramientas flexibles que permitan a los Estados miembro coordinar intereses económicos reales sin asfixiar la autonomía comercial de cada socio. Y a concretar acuerdos con otros bloques, como el que se realizó con la Unión Europea y se negocia con otros bloques.
Enfatizado que la falta de consensos internos erosiona la viabilidad internacional del bloque y por lo tanto de nuestro país.
Ante un escenario global fragmentado y polarizado, la diplomacia uruguaya subraya la necesidad de rescatar un nuevo multilateralismo basado en el derecho internacional, la resolución pacífica de controversias y la defensa de principios democráticos.
Lo que no nos exime, tanto desde el punto de vista de nuestra historia, con el pleno cumplimiento de las resoluciones de los organismos de justicia de las Naciones Unidas, como el mandato de aprensión del primer ministro israelí Netanyahu, para preservar los derechos humanos y enfrentar el terrorismo de Estado de Israel. La política exterior de Uruguay, y los principios del autentico nacionalismo antimperialismo, como lo definió Mariategui y tuvo su punto más alto en el pensamiento artiguista durante la gesta liberadora del Continente, debe incluir valores fundamentales contra el atropello feroz de los derechos humanos y el genocidio en gaza y las masacres en el Medio Oriente y en Irán.
No es casual que los partidos políticos uruguayos de izquierda, e incluso a nivel más amplio tengan hoy esos valores como referencia, con el aporte fundamental del pensamiento de Alberto Methol Ferré (figura clave del pensamiento uruguayo y latinoamericano) que subvierte y complejiza la noción tradicional del nacionalismo. Para él, el nacionalismo a escala estrictamente local o de "estado parroquial" era insuficiente e históricamente obsoleto; la verdadera emancipación exigía trascender la nación hacia el continentalismo sudamericano.
Methol Ferré partía de la premisa de que los países latinoamericanos -y en particular los pequeños Estados como Uruguay- no podían sostener una soberanía real de forma aislada frente a los grandes imperios mundiales. Por ello, sostenía que el nacionalismo popular debía convertirse en un patriotismo continental o "nación de repúblicas", donde la integración regional era la única herramienta efectiva de defensa soberana.
Existe una tensión permanente entre el integracionismo radical y autonomista que ideó Artigas (una patria grande federada y soberana frente al imperio) y la realidad de un Uruguay contemporáneo condicionado por su escala económica y los vaivenes de sus vecinos mayores. Sin embargo, cada vez que la izquierda y el pensamiento nacional-popular uruguayo recuperan la figura de Artigas, lo hacen para reivindicar que la soberanía nacional no se defiende con el aislamiento, sino con la integración soberana de los pueblos de América Latina frente a los nuevos rostros de la dependencia.
Esteban Valenti.
Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)