Jean Valjean en la era del algoritmo. José W. Legaspi
07.05.2026
Jean Valjean, el protagonista de Les Misérables, la gran novela de Victor Hugo, es uno de los personajes más potentes de la literatura universal.
Arranca como un exconvicto: pasa años en prisión por robar pan para alimentar a su familia, y cuando sale carga con el estigma social que lo empuja nuevamente al margen. El punto de quiebre es el encuentro con el obispo Myriel, que en lugar de castigarlo le ofrece compasión. Ese gesto lo transforma.
A partir de ahí, Valjean intenta rehacer su vida: se convierte en un hombre justo, incluso en un benefactor (bajo otra identidad), pero vive perseguido por la ley encarnada en Javert, que representa una justicia rígida, sin matices.
Hay algo profundamente tranquilizador en leer a Jean Valjean como una excepción moral. Un hombre que, pese a haber sido condenado, logra redimirse gracias a un gesto de bondad y a su propia voluntad. Esa lectura permite cerrar el libro con una sensación de justicia restaurada, de equilibrio recuperado.
Pero es una lectura cómoda.
Porque lo verdaderamente perturbador del personaje no es su redención, sino el sistema que lo fabrica. Valjean no nace delincuente: es producido como tal. Primero por la miseria -roba pan para sobrevivir- y luego por el castigo desproporcionado que lo convierte en un paria permanente. La condena no termina cuando sale de prisión; apenas empieza. El estigma lo persigue, lo define, lo encierra otra vez, aunque ya no haya barrotes.
Ese mecanismo no pertenece al siglo XIX. Sigue funcionando, solo que con otras formas.
Hoy no hace falta una cadena ni un papel amarillo para marcar a alguien. Alcanza con un historial digital, un algoritmo, una etiqueta social que se propaga más rápido que cualquier sentencia judicial. La sociedad ya no solo castiga: archiva, indexa y recuerda de manera infinita.
En ese sentido, el mundo contemporáneo se parece más a Javert que a Valjean.
La lógica que domina no es la de la transformación, sino la de la fijación. Una vez que alguien es definido -como delincuente, como sospechoso, como "otro"- esa identidad tiende a volverse permanente. No importa lo que haga después. Lo que fue, o lo que se dijo que fue, pesa más que cualquier cambio.
Las plataformas digitales, gestionadas por actores como Google o Meta, no inventaron esta lógica, pero la perfeccionaron. Convirtieron la memoria social en un archivo inagotable. Nada se pierde, todo se puede recuperar, todo se puede reactivar. El pasado dejó de ser pasado: es un dato disponible.
Y en ese contexto, la redención -esa posibilidad central en la historia de Valjean- se vuelve cada vez más difícil.
Porque redimirse implica poder dejar atrás una identidad. Implica que la sociedad acepte que alguien puede cambiar. Pero ¿qué ocurre cuando el sistema está diseñado para no olvidar nunca? ¿Qué pasa cuando cada error queda registrado, etiquetado y potencialmente viralizado?
El problema ya no es solo jurídico o moral. Es estructural.
Vivimos en un entorno donde el control no se ejerce únicamente a través del castigo directo, sino mediante la gestión de la reputación, la visibilidad y el acceso. No hace falta encarcelar a alguien si se lo puede excluir, bloquear o reducir a una etiqueta. No hace falta una sentencia formal si el juicio es permanente y público.
En ese escenario, la figura de Valjean se vuelve casi imposible. No porque no existan personas capaces de transformarse, sino porque el entorno dificulta que esa transformación sea reconocida. El sistema contemporáneo no necesita perseguirte físicamente como Javert. Le alcanza con fijarte en una identidad y dejar que el resto haga su trabajo.
Y sin embargo, hay algo más inquietante todavía.
En Los Miserables, la excepción que salva a Valjean no es la ley, sino la gracia: el gesto inesperado del obispo que decide no tratarlo como culpable. Ese momento rompe la lógica del castigo y abre la posibilidad de otra vida.
La pregunta es: ¿qué lugar queda hoy para ese gesto?
En una cultura atravesada por la exposición permanente, la reacción inmediata y la lógica punitiva -muchas veces ejercida desde abajo, por la propia sociedad-, la compasión se vuelve sospechosa. Entender no está bien visto. Dudar, tampoco. Lo que se impone es la velocidad del juicio.
Todos podemos ser, en algún momento, Valjean. Pero cada vez somos más Javert.
No porque seamos más justos, sino porque habitamos sistemas que nos empujan a simplificar, a clasificar, a decidir rápido quién merece qué. La complejidad incomoda. La ambigüedad molesta. La transformación exige tiempo, y el tiempo es justamente lo que falta.
Por eso, releer a Jean Valjean hoy no debería servir para admirar su grandeza moral, sino para interrogar nuestras propias prácticas. Para preguntarnos qué hacemos con quienes caen, con quienes fallan, con quienes cargan una marca.
Y, sobre todo, para preguntarnos si todavía somos capaces -como aquel obispo olvidado- de ver en alguien más que su condena.
Porque si esa capacidad desaparece, entonces ya no estamos ante una sociedad más justa o más eficiente. Estamos ante una sociedad que ya no cree en la posibilidad de cambiar.
José W. Legaspi