Jorge Batlle, un verdadero liberal. Esteban Valenti
30.10.2026
No hubo en todo el espectro político nacional, desde la salida de la dictadura, un personaje político con el que mantuviera diferencias ideológicas más profundas que Jorge Batlle Ibáñez.
Hablo de liberal en los términos clásicos; ni siquiera se puede referir a él como neoliberal, porque siempre mantuvo un rumbo bien definido, incluso diferenciado del de su padre, Luis Batlle Berres.
Era económicamente un liberal en la definición de sus plataformas políticas, de sus discursos, de su política económica en el gobierno y en la oposición. Y también puedo decir que fue el dirigente de los partidos tradicionales con el que me unió una profunda amistad, surgida de enfrentar difíciles circunstancias, como la crisis financiera y bancaria de 2002.
Fue honesto y, al final de su vida, cuando se disolvió la acusación de la «Infidencia» que lo persiguió durante casi cuarenta años, murió apreciado por tirios y troyanos por su moral republicana. Se fue del poder sin llevarse nada que no fuera suyo.
Jorge Batlle representó una corriente singular dentro de la historia política uruguaya: la síntesis entre la tradición republicana del Partido Colorado y un liberalismo económico y filosófico explícito, que contrastó fuertemente con el modelo estatista impulsado históricamente por su tío abuelo, José Batlle y Ordóñez. Era un Batlle que nunca fue batllista.
Mientras que el batllismo clásico de la primera mitad del siglo XX concebía al Estado como el «escudo de los débiles» y el principal articulador económico a través de monopolios públicos y proteccionismo, Jorge Batlle promovió una reformulación profunda. Sostenía que el aparato burocrático y el peso fiscal asfixiaban la iniciativa privada, encarecían la producción nacional e impedían la modernización, por lo que defendió la competencia en sectores controlados históricamente por empresas estatales, como las telecomunicaciones, la energía y los puertos, para reducir costos y atraer inversiones.
Su pensamiento económico se alineaba con el libre mercado, la disciplina fiscal y la globalización. Bajo la consigna de «abrir o morir», Batlle argumentaba que un país de escala reducida como Uruguay no podía prosperar mirando únicamente hacia su mercado interno o hacia un Mercosur con trabas comerciales, por lo que promovió incansablemente tratados de libre comercio con Estados Unidos, China y la Unión Europea.
A diferencia de las corrientes industrialistas sustitutivas, revalorizó la producción agropecuaria e industrial primaria como la base competitiva natural de nuestra economía en el mundo, abogando a la vez por la libre circulación de capitales, el control de la inflación y la desregulación financiera.
Este ideario trascendía la economía; concebía la libertad individual como el valor supremo de la sociedad. Mantuvo un apego irrestricto a la separación de poderes, las libertades civiles y la alternancia republicana.
Desde esa misma óptica de pacificación cívica y reconocimiento de la dignidad humana, creó en el año 2000 la Comisión para la Paz, dando el primer paso institucional formal del Estado para esclarecer el destino de los detenidos desaparecidos durante la dictadura cívico-militar. Asimismo, con su fuerte impronta periodística forjada en el diario Acción y en radio Ariel, defendió siempre el debate franco y sin censura, caracterizándose por un estilo dialéctico directo y confrontativo.
Durante su presidencia, la crisis regional de 2002 puso a prueba sus convicciones liberales. Frente a las presiones para aplicar un «corralito» bancario o suspender pagos de deuda, como había ocurrido en Argentina, optó por negociar una reprogramación voluntaria y obtener un crédito puente directo de Estados Unidos.
Defendió la inviolabilidad de los compromisos contraídos, convencido de que la reputación de seriedad jurídica era el activo más valioso del país para recuperar el acceso a los mercados. Dejó así como legado la consolidación de un liberalismo moderno, globalizado y pragmático en el Río de la Plata, fundamentado en la premisa de que la libertad del individuo frente a las ataduras del Estado es la condición indispensable para el desarrollo de una nación pequeña.
Una de las batallas que lo enfrentó con la izquierda de manera más dura fue su alianza con el entonces presidente Luis Alberto Lacalle Herrera para promover, primero en el Parlamento y luego en el plebiscito del 13 de diciembre de 1992, la venta de la empresa ANTEL a capitales privados. Fue derrotado junto al mandatario blanco de manera aplastante: el rechazo a la privatización -impulsado por el Frente Amplio y el PIT-CNT, y respaldado por Julio María Sanguinetti y su sector del Partido Colorado- recogió el 72,55 % de los votos frente a un magro 27,47 %. Lo recuerdo con total claridad porque estuvimos, junto a un grupo de compañeros, a cargo de esa campaña victoriosa en la que quedó grabada la publicidad de los piratas intentando apropiarse de las empresas públicas.
La difícil historia del 2002 la he contado muchas veces, en especial la labor desarrollada junto a Juan José Ramos, dirigente sindical de AEBU muerto tan joven y a quien tanto hemos necesitado en estos años. Es uno de mis recuerdos más tensos, porque lo que estaba en juego era el desbarranque mismo de la República. En su visión, empero, Batlle tuvo una debilidad por el papel de los banqueros, en particular de los Peirano; debilidad que pagó cara su gobierno y, sobre todo, pagó el país.
Al cumplirse cien años de su nacimiento, escuchar las palabras, el tono y el nivel de algunos dirigentes colorados actuales da profunda pena; no los llamo batllistas porque ya no les queda ni un leve aroma. No son liberales: carecen de solvencia ideológica, de conducta moral y del sentido de defender a la República del saqueo de sus socios blancos, mostrándose incapaces de defender la propia identidad de su colectividad.
Jorge Batlle fue un liberal a carta cabal, un colorado que jamás hubiera entregado su partido atado de pies y manos a los despojos ajenos ni puesto en discusión su existencia misma. Se podrá haber estado en sus antípodas y haber combatido con fiereza cada una de sus ideas, pero frente a la pequeñez de sus presuntos herederos, su estatura cívica y su decencia republicana obligan a reconocer que con él se marchó el último gran adversario que peleó a cielo abierto y con la frente en alto.
Esteban Valenti.
Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)