La anatomía del desgaste. Esteban Valenti

06.05.2026

El poder no es un objeto que se posee; es un ácido que se administra. Jorge -porque a Batlle siempre hay que llamarlo por el nombre para entender su cercanía y su distancia- lo sabía mejor que nadie. Él no descubrió la pólvora, pero le puso la mecha en el momento justo.

Yo siempre recuerdo una de sus frases "Ejercer el poder desgasta, pero no ejercerlo desgasta mucho más". Fue un adversario ideológicamente frontal, un liberal de pura cepa. Estoy seguro que fue uno de los pocos Presidentes de la República que se fue del poder sin un centavo más de los que tenía el 1 de marzo de 1999. No son muchos los que pueden decirlo. En medio de la crisis que explotó en el 2002, junto al "Gordo" Ramos, ese magnífico dirigente sindical y mucho más grande ser humano, siempre lo llamamos "Presidente" aunque el nos pedía que lo llamáramos Jorge. Sobre todo en los días oscuros de las corridas bancarias.

No era un batllista clásico, se podría decir cómodamente que programáticamente e ideológicamente estaba muy lejos de su ilustre tío abuelo. Lo que demuestra que incluso entre los colorados no es imposible encontrar gente de la decencia de Jorge Batlle, incluso en temas tan complejos como la búsqueda de los desaparecidos.

Volvamos al título, tan actual. Ejercer el poder desgasta. Te quita el sueño, te arruga la piel, te llena de enemigos y te vacía las manos. Pero ese desgaste es la prueba de que estás vivo y cumpliendo tus funciones plenamente, bebiendo hasta el fondo el cáliz del  gobierno democrático. En política, el que no fluye, se pudre. El político que teme al desgaste es como el marinero que teme al salitre; está en el oficio equivocado.

No ejercer el poder -cuando se tiene la vocación, la garra y el hambre de cambiar las cosas- eso no te desgasta, eso te desintegra. Es el desgaste de la herrumbre. El poder que no se ejerce se convierte en melancolía, y la melancolía es el cáncer de la política. No hay nada más patético que un político pidiendo permiso para caminar.

Muchos confunden ocupar un sillón con ejercer el poder. Hay dirigentes que duran cinco años y se van intactos, con la ropa planchada, el alma vacía y los bolsillos lenos. Esos no ejercieron nada; fueron inquilinos de la historia.

Al final del día, la frase es una advertencia para los tibios. Los que dicen: "mejor no hagamos olas para no gastar capital político". Grave error ! El capital político es para gastarlo. Es como el amor: si lo guardas en una caja fuerte para que no se use, cuando la abres, solo hay cenizas.

El poder no es un recurso estático que se guarda en un cofre; es una forma de energía que solo existe en su aplicación. Por eso, el dilema del desgaste es, en el fondo, un dilema sobre la naturaleza de la existencia pública.

Todo ejercicio de autoridad genera calor. Es la ley de la termodinámica aplicada a las instituciones. El que decide, choca; el que choca, se erosiona, pero existe. Este desgaste es visible, ruidoso y costoso. Es el cansancio del rostro en la pantalla, la acumulación de cicatrices políticas pero durante y sobre todo al fin tiene el mayor premio, la verdadera mejora en la calidad de vida de la gente, sobre todo de los mas humildes. Las encuestas pueden acertarle o equivocarse, pero el humor de los ciudadanos, que ahora se recoge de tantas maneras, ese nunca miente.

Hay que reconocer que es necesario un desgaste "productivo". Es la prueba de que el dirigente está operando sobre la realidad la está cambiando. El poder aquí se consume como un combustible para mover la maquinaria del Estado. Se gasta la pieza, pero se recorre el camino.

El otro desgaste es por oxidación, esa es la verdadera tragedia. No ejercer el poder -teniendo la potestad de hacerlo- no conserva la energía; la corrompe. Es el desgaste silencioso de la herrumbre aunque se tenga montañas de honestidad y de buena voluntad.

Cuando el poder se inhibe por miedo al costo político, se produce una vacuidad. Y la política, como la naturaleza, aborrece el vacío. Si quien debe ejercer el poder no lo hace, el poder no desaparece: se desplaza hacia las sombras, hacia los poderes fácticos, hacia el desorden o hacia el olvido. Ese desgaste es terminal porque no deja legado, solo deja la sensación de una oportunidad desperdiciada.

Ejercer es un dialogo inexorable con el tiempo,  que pasa rápido, sobre todo para las aspiraciones de la gente, para los reclamos de los que trabajan, los que producen, los que estudian, curan, investigan, enseñan, los que arriesgan en sus emprendimientos, los que cultivan y recogen, los que cuidan a los ciudadanos y a las fronteras y los mares de la Patria.

Hablemos un poco de filosofía en estos tiempos de mediocridad, desde la metafísica clásica, lo que no se ejerce no existe plenamente. Si el poder es la capacidad de transformar la realidad, un poder que se inhibe se queda en el limbo de la potencia inútil.

Aristotélicamente hablando, el ejercicio es el paso al acto. Una autoridad que no decide es como un músico que nunca toca su instrumento: mantiene la capacidad técnica, pero fracasa en su propósito esencial. El desgaste aquí es la pérdida de la razón de ser; el sujeto se debilita, porque su función es, precisamente, la acción. La comunicación es la consecuencia inexorable de esa acción, no como suma de datos, sino como mensaje que movilicen al país, que le de confianza comenzando por los propios gobernantes.

Si analizamos el poder no como dominio sobre otros, sino como autoafirmación, el no ejercerlo es una forma de nihilismo. El flujo vital busca expandirse, organizar y dar forma a la parálisis.

Cuando el centro de decisión se paraliza por miedo al desgaste, está negando su propia naturaleza biológica y espiritual. El "desgaste de no ejercerlo" es, en realidad, la entropía: lo que no se organiza mediante la voluntad, tiende al desorden. El ejercicio del poder es lo que mantiene la cohesión de lo real.

Ejercer el poder es también el mensaje más claro para asegurar la cohesión de un equipo, la calidad de su propia acción y que los grandes objetivos, las causas que dan identidad a un gobierno de izquierda que se fortalezcan en el musculo, en el corazón y en la mente de los ciudadanos. En la confianza en SU país.

Nadie nos elegirá nunca para paralizar un país con debates interminable, pero mucho menos para callarnos ante los agravios y los ataques permanentes. El espíritu republicano no se proclama, se demuestra en todos los escenarios. En 14 meses ya tenemos un muestrario abundante, pesado y doloroso de como perciben la colaboración republicana los dirigentes blancos, colorados y el resto del PI.

Hacerse ilusiones puede confundirnos a todos y nuestros objetivos son demasiado ambiciosos para medirlos en la disputa de dos votos en la Cámara de Diputados. Que cada uno asuma sus responsabilidades.

Nosotros vinimos a cambiar en serio, más rápido y más profundo y eso se hace solo ejerciendo a fondo el poder democrático.

 

Esteban Valenti
2026-05-06T07:11:00

Esteban Valenti.

Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)