La carta de Valenti y el viejo dilema de la izquierda: gobernar, defenderse y profundizar la democracia. José W. Legaspi

11.06.2026

La carta abierta de Esteban Valenti al presidente Yamandú Orsi expresa una preocupación que va más allá de los episodios recientes que han golpeado al gobierno. Lo que aparece en el fondo del texto es una interrogante estratégica: ¿puede la izquierda limitarse a administrar el Estado o necesita, además, disputar y profundizar el sentido de la democracia?

 

En ese punto, el debate remite inevitablemente al pensamiento de Rodney Arismendi. Nuestro histórico dirigente sostenía que la democracia no debía ser concebida únicamente como un conjunto de reglas institucionales, sino como un proceso en permanente expansión. Para Arismendi, la tarea de las fuerzas populares consistía en avanzar y profundizar la democracia, ampliando derechos, participación social, soberanía nacional y capacidad de decisión de las mayorías. La democracia era, en su visión, un terreno de lucha y de acumulación política, no un estado estático ni una simple administración de lo existente. 

Leída desde esa perspectiva, la carta de Valenti parece advertir que el gobierno corre el riesgo de reducirse a una lógica defensiva y tecnocrática. El Tano reconoce que se han impulsado políticas y medidas importantes, pero sostiene que eso no alcanza si no existe una conducción política capaz de transformar esas acciones en fuerza social, en esperanza colectiva y en capacidad de confrontar con los intereses que se oponen al proyecto progresista.

Arismendi insistía en que las conquistas democráticas sólo se consolidan cuando logran arraigarse en la conciencia popular y en la organización social. De lo contrario, pueden ser revertidas por fuerzas conservadoras. Esa idea aparece, aunque con otro lenguaje, en la preocupación de Valenti por una eventual "batalla cultural" perdida. Su temor no es únicamente una derrota electoral; es la posibilidad de que la derecha logre instalar un nuevo sentido común que presente al progresismo como incapaz de gobernar, debilitando así las bases sociales que sostuvieron las transformaciones de las últimas décadas.

Cuando le reprocha a Orsi una actitud excesivamente conciliadora frente a una oposición que actúa de manera agresiva y desestabilizadora, está formulando una crítica que puede traducirse así: no alcanza con gobernar democráticamente; hay que defender políticamente la democracia y el proyecto popular que la habita.

Valenti insiste en que el problema del gobierno no es únicamente comunicacional. Y tiene razón en algo importante: ningún gobierno se derrumba solo porque comunica mal. Los gobiernos se debilitan cuando la sociedad deja de percibir un rumbo, una voluntad transformadora o una capacidad de conducción.

Volvamos a Rodney. En la tradición arismendiana, la política no era marketing. Era dirección estratégica. Era la capacidad de leer el momento histórico, identificar aliados y adversarios, y construir iniciativa propia. El Flaco desconfiaba tanto del sectarismo como del posibilismo resignado. Sabía que una izquierda que abandona la iniciativa termina adaptándose al marco impuesto por sus adversarios.

La carta sugiere justamente eso: que el gobierno de Orsi corre el riesgo de moverse más en reacción a las agendas ajenas que en función de una agenda propia de transformación. El caso de la camioneta, las polémicas mediáticas o incluso el debate sobre el BTR aparecen en el texto como síntomas de una conducción que, a ojos de Valenti, no logra ordenar políticamente el escenario.

La cuestión de la soberanía

Otro aspecto donde la referencia a Arismendi resulta pertinente es el énfasis que Valenti pone en temas de soberanía nacional, particularmente en torno al acuerdo con Katoen Natie. Más allá de la valoración concreta de ese caso, Valenti lo presenta como un símbolo de una discusión mayor: hasta dónde un gobierno progresista está dispuesto a revisar decisiones que considera lesivas para el interés nacional.

Para Arismendi, la profundización democrática incluía necesariamente la defensa de la soberanía económica y política. No concebía una democracia plena en un país subordinado a intereses externos o incapaz de controlar sus recursos estratégicos. Por eso, la crítica de Valenti no se limita a una cuestión administrativa; apunta a la percepción de que el gobierno ha moderado o postergado debates que, para una parte de la militancia histórica de izquierda, son centrales en la definición de un proyecto nacional.

Porque la derecha no gana solo por errores del oficialismo. También gana cuando logra convencer de que no hay alternativa histórica distinta al orden existente. Y esa es precisamente la batalla cultural a la que alude Valenti al final de su carta.

El riesgo de la administración sin épica

Los primeros gobiernos del Frente Amplio combinaron dos elementos: gestión eficaz y un relato histórico de cambio. Tabaré Vázquez encarnó la ampliación de derechos sociales y la estabilidad institucional; José Mujica, con todas sus contradicciones, representó además una narrativa ética y popular de transformación. El desafío de Orsi es distinto: gobierna después de quince años de experiencia frenteamplista, tras un período opositor y en un contexto internacional mucho más conservador y fragmentado.

En ese marco, el peligro es caer en una lógica puramente administrativa: gestionar razonablemente mientras el adversario ocupa el terreno simbólico, emocional y cultural. Arismendi advertía que la lucha política no se libra solo en el Parlamento o en los ministerios; se libra también en la conciencia social.

Por eso la carta de Valenti tiene impacto. No porque todas sus afirmaciones sean indiscutibles -algunas son claramente polémicas y otras responden a una mirada muy personal de los acontecimientos-, sino porque toca una fibra sensible: el temor de que la izquierda pierda capacidad de iniciativa histórica.

La carta también revela una tensión clásica de las fuerzas progresistas: la relación entre ética pública y ejercicio del poder. Valenti insiste en que el problema no es sólo comunicacional, sino político, y que determinados errores del entorno presidencial han debilitado la autoridad del gobierno. Aquí vuelve a resonar una idea arismendiana: la credibilidad de un proyecto popular depende tanto de sus objetivos como de la conducta de quienes lo conducen. La izquierda puede perder apoyo no sólo por abandonar sus banderas, sino también por dar la impresión de que se aleja de los valores que dice representar.

Una advertencia desde dentro

En definitiva, la importancia política de esta carta radica en que proviene de alguien que se reivindica parte de la historia del Frente Amplio y de la izquierda uruguaya. No es una impugnación externa, sino una advertencia desde dentro del campo progresista. Y esa advertencia puede resumirse en una pregunta que Arismendi formuló de distintas maneras a lo largo de su trayectoria: ¿la izquierda está utilizando el gobierno para ampliar la democracia y fortalecer el poder ciudadano, o corre el riesgo de quedar atrapada en una administración que pierde capacidad de transformación?

La respuesta a esa pregunta no depende sólo de cambiar ministros o mejorar la comunicación. Depende de la capacidad del gobierno para reconstruir una narrativa de futuro, recuperar iniciativa política y convertir la gestión en un proyecto de profundización democrática que vuelva a entusiasmar a las mayorías. Ese, probablemente, es el verdadero desafío que subyace tanto en la carta de Valenti como en el legado estratégico de Rodney Arismendi.

¿Por qué insisto con Arismendi?

La referencia a Rodney no es caprichosa, o no debería serlo. Tenemos el inmenso capital de su pensamiento, de su rigor para analizar la realidad y su valentía para proyectar futuro. Sin embargo, el partido que él transformó y la izquierda y su unidad, por la que trabajó táctica y estratégicamente, con absoluto éxito, parecen prescindir de semejante capital humano, teórico y práctico, para deambular sin norte entre la penumbra que hoy en día trata de tragarnos. Por eso insistir con su permanente referencia tiene una ventaja importante: permite, en este caso, salir de la discusión inmediata sobre la camioneta, la comunicación presidencial o los nombres de determinados ministros, para colocar el análisis en un plano estratégico e histórico.

Arismendi sostenía que la izquierda debía evitar dos desviaciones: el sectarismo, que la aislaba de las grandes mayorías nacionales, y volverse una mera gestora del orden existente. Su propuesta de una democracia avanzada implicaba construir mayorías sociales y culturales capaces de impulsar transformaciones profundas sin romper con las libertades democráticas, sino ampliándolas.

Desde esa óptica, la cuestión central no es si Orsi es demasiado moderado o demasiado dialoguista. La pregunta es otra: ¿ese diálogo y esa moderación están sirviendo para acumular fuerzas y avanzar en cambios estructurales, o están derivando en una adaptación a los límites que impone el sistema político?

Ese es, en el fondo, el drama que atraviesa hoy a buena parte de la izquierda latinoamericana. Después de décadas luchando por acceder al gobierno, muchas veces descubre que gobernar no equivale automáticamente a transformar. Y cuando la gestión ocupa todo el espacio, la política pierde densidad estratégica.

Quizás la crítica más profunda que puede desprenderse tanto de la carta de Valenti como de una lectura arismendiana de la coyuntura sea precisamente esa: no basta con gobernar correctamente; es necesario movilizar esperanza, construir conciencia y generar horizonte histórico. Cuando un proyecto político pierde capacidad de inspirar, comienza a retroceder incluso antes de perder elecciones.

Y eso era algo que Arismendi comprendía muy bien: las derrotas políticas suelen comenzar mucho antes de que se cuenten los votos. Empiezan cuando una fuerza deja de disputar el sentido común, abandona la iniciativa y se resigna a administrar una realidad definida por otros.

José W. Legaspi
2026-06-11T02:24:00

José W. Legaspi