La comida como medicamento: una lección para el SNIS. Homero Bagnulo y Carlos Vivas
18.06.2026
Hay intervenciones en salud que tardan en cruzar fronteras no por falta de evidencia, sino por falta de imaginación institucional. El programa de comidas médicamente adaptadas - MTM su acrónimo en inglés- es una de ellas. Nació en las calles de Boston durante la epidemia de SIDA, lleva más de treinta años acumulando evidencia, y acaba de publicar su estudio más robusto hasta la fecha en Nature Medicine. (1) Uruguay no debería esperar otros treinta años para preguntarse si algo así tiene sentido aquí.
Qué son y de dónde vienen
En 1990, una coalición de activistas contra el SIDA, grupos religiosos y organizaciones comunitarias fundó en Boston la organización Community Servings con un objetivo concreto y urgente: llevar una cena caliente a treinta personas que morían de SIDA en los barrios de Dorchester y Roxbury. Los pacientes con VIH perdían masa corporal con rapidez, no podían cocinar, y nadie en el sistema sanitario americano se hacía cargo de ese problema. La comida era el medicamento que faltaba. (2)
Con el tiempo, los responsables del programa advirtieron que la misma lógica se aplicaba a personas con insuficiencia cardíaca, diabetes descompensada, enfermedad renal crónica o cáncer. Así se fue construyendo el concepto de MTM: comidas completamente preparadas, diseñadas por nutricionistas para cubrir las necesidades médicas específicas de cada paciente, entregadas en el domicilio, y capaces de combinar hasta dieciséis dietas terapéuticas distintas simultáneamente, del mismo modo en que un médico combina medicamentos para múltiples condiciones.
El programa no es asistencia alimentaria en el sentido convencional. Es una intervención clínica con prescripción, seguimiento nutricional y objetivo terapéutico. La diferencia no es semántica: define cómo se financia, quién la indica y cómo se evalúa su eficacia.
La evidencia acumulada
La base científica de las MTM se ha construido en capas sucesivas. Un estudio publicado en JAMA Internal Medicine en 2019, que vinculó datos de pagos de salud de Massachusetts con los registros de Community Servings, encontró que recibir MTM se asoció con una reducción del 49% en ingresos hospitalarios, 72% menos ingresos a centros de enfermería especializada, y costos de atención médica 16% menores, comparado con personas de características similares que no recibieron el programa. (3)
El estudio más reciente y robusto se publicó el 2 de junio de 2026 en Nature Medicine. Analizó datos de 1.866 receptores de MTM y 1.372 controles entre 2020 y 2023, en once sistemas de salud de Massachusetts. Los participantes recibían diez comidas semanales -desayunos, almuerzos y cenas- más snacks, durante un promedio de seis meses, con una consulta inicial de nutricionista para adaptar las comidas a su diagnóstico y preferencias. El resultado: 31% menos hospitalizaciones, 20% menos visitas a urgencias, y una reducción de costos por persona de 3.433 dólares durante el período del programa, compensando el 98% del costo de las comidas. Para pacientes con enfermedad cardíaca, el ahorro en servicios de salud superó los 10.000 dólares en seis meses. (1)
El propio autor del estudio fue cuidadoso con los límites de la inferencia: como los participantes no fueron asignados al azar, diferencias no medidas entre quienes eligieron recibir comidas y quienes no lo hicieron podrían haber influido en los resultados. Y los hallazgos reflejan un programa gestionado por una organización consolidada, que atiende a personas de alto riesgo. No es un programa que cualquier operador pueda replicar sin rigor clínico. Esa advertencia es, en sí misma, una lección de política sanitaria.
El problema que las MTM intentan resolver
La nutrición deficiente es el principal determinante modificable de enfermedad crónica en los países de ingresos medios y altos. Diabetes tipo 2, hipertensión, insuficiencia cardíaca, enfermedad renal crónica: todas tienen en la alimentación un factor causal y un espacio terapéutico que el sistema sanitario convencional sistemáticamente subestima. La consulta médica estándar puede mencionar la dieta; raramente puede garantizar que el paciente tendrá acceso real a una alimentación adecuada.
Para una persona con insuficiencia cardíaca avanzada que vive sola, comprar, cocinar y gestionar una dieta hiposódica con restricción de líquidos no es un problema de voluntad ni de educación: es un problema de capacidad funcional y de recursos. Las MTM intervienen precisamente en ese punto de falla.
¿Cómo se financia? La transición de la caridad al derecho
Durante décadas, las MTM fueron sostenidas por donaciones privadas y subsidios filantrópicos. El giro estructural más importante ocurrió cuando los estados norteamericanos comenzaron a reconocerlas como intervenciones médicas financiables, no como asistencia social.
El mecanismo fue el de las exenciones de la Sección 1115, que permiten a los estados experimentar con coberturas no estándar dentro de Medicaid -el seguro público para personas de bajos ingresos- justificando el gasto por su capacidad de reducir costos hospitalarios. Actualmente trece estados tienen autorizaciones federales para financiar MTM con fondos de Medicaid. (4)
En paralelo, algunos planes de Medicare Advantage -el subsector privado del seguro federal para mayores- incorporaron las MTM como beneficio diferencial, impulsados por el mismo argumento actuarial: el programa se paga a sí mismo si reduce internaciones. Una revisión de casi 12.000 miembros de Medicare Advantage encontró que recibir comidas a domicilio tras una hospitalización redujo las tasas de rehospitalización a 30 días y la mortalidad.
De acuerdo al estudio de Nature Medicine las comidas cuestan 125 dólares por persona por semana. Solo con eso compensaron el 98% de su propio costo mediante la reducción de uso hospitalario.
Uruguay: un sistema con capacidades y con fracturas
El Sistema Nacional Integrado de Salud (SNIS) se aproxima a las dos décadas de vigencia desde el inicio de su reforma estructural. Sus logros son ampliamente reconocidos: la expansión de la cobertura sanitaria, la creación de un esquema de financiamiento solidario a través del Fondo Nacional de Salud y la adopción de un modelo de atención orientado por la estrategia de Atención Primaria en Salud, con énfasis en el primer nivel de atención como puerta de entrada al sistema. Sin embargo, la integración institucional promovida por la reforma continúa coexistiendo con formas persistentes de segmentación y fragmentación asistencial (5).
La brecha entre ASSE y las Instituciones de Asistencia Médica Colectiva no se limita a diferencias organizacionales o financieras. También refleja la distinta composición social y epidemiológica de sus poblaciones usuarias. Diversos análisis muestran que ASSE concentra una proporción significativa de personas pertenecientes a los estratos socioeconómicos más vulnerables, mientras que las mutualistas reúnen una mayor proporción de usuarios de ingresos medios y altos (6). Estas diferencias condicionan perfiles de riesgo, necesidades asistenciales y posibilidades de implementación de estrategias preventivas.
Al mismo tiempo, Uruguay dispone de capacidades instaladas que rara vez son consideradas como activos estratégicos para innovaciones en salud poblacional. Entre ellas destacan la extensa red territorial de policlínicas y centros del primer nivel de atención de ASSE, los equipos comunitarios de salud y la experiencia acumulada por organismos públicos en alimentación institucional, programas alimentarios y trabajo territorial con poblaciones vulnerables. Desde esta perspectiva, la eventual incorporación de intervenciones basadas en alimentación como parte de la atención sanitaria no requeriría comenzar desde cero, sino aprovechar infraestructuras y capacidades ya existentes dentro del sistema.
¿Qué condiciones se darían en Uruguay para un programa MTM?
Adaptar las MTM al SNIS no sería una copia del modelo americano, sino una traducción que requiere responder al menos cuatro preguntas.
Primera: ¿quiénes serían los beneficiarios? La evidencia más sólida existe para pacientes con insuficiencia cardíaca, diabetes tipo 2 descompensada, enfermedad renal crónica estadios 3-5, y personas con VIH o cáncer en tratamiento activo con limitaciones funcionales para cocinar. Son exactamente los pacientes que más costos generan en cualquier sistema de salud y los que más podrían beneficiarse de una intervención domiciliaria sostenida.
Segunda: ¿quién financia? Aquí reside el nudo más difícil. El argumento actuarial que convenció a las aseguradoras americanas funciona cuando hay un pagador que internaliza el ahorro: si el plan que financia las comidas es el mismo que paga la hospitalización evitada, el balance es favorable. En el SNIS esto requiere pensar por prestador. Para las IAMPP, el análisis es directo: si una mutualista puede demostrar que un programa de MTM para sus pacientes con insuficiencia cardíaca reduce las internaciones en un porcentaje comparable al observado en Massachusetts, el programa se financia con los propios ahorros que genera. Para ASSE, el razonamiento es análogo pero el financiamiento debería incorporar la lógica del FONASA y eventualmente instrumentos de pago por valor, en línea con las discusiones que ya existen en el sistema.
Tercera: ¿existe la infraestructura? La capacidad de preparar y distribuir comidas a domicilio con rigor dietoterápico no es trivial. Requiere cocinas certificadas, cadena de frío, sistemas de información que conecten la prescripción médica con la elaboración culinaria, y nutricionistas con capacidad de hacer seguimiento clínico. Uruguay tiene experiencia en alimentación institucional pero no tiene aún la red de proveedores especializados que existe en Massachusetts. Un plan piloto inicial debería aprovechar la infraestructura existente -hospitales de ASSE con cocinas institucionales, quizás en alianza con el INDA o con proveedores privados calificados- y construir a partir de ahí.
Cuarta: ¿cómo se evalúa? Este es quizás el punto más importante para la credibilidad del programa. La experiencia americana muestra que la evidencia fue construida de forma acumulativa, con estudios cada vez más rigurosos y con datos de sistemas de información que permitieron comparar resultados entre quienes ingresaron al programa y quienes no. Uruguay tiene en el FONASA y en las historias clínicas electrónicas los insumos para hacer algo similar. Un piloto bien diseñado, con criterios de inclusión claros, grupo de comparación y seguimiento de internaciones y costos, podría generar en tres o cuatro años evidencia local suficiente para una decisión de política a escala.
El argumento a las IAMPP
Vale la pena detenerse en el argumento específico para las instituciones de asistencia médica privada, porque es el más directo y el que tiene mayor probabilidad de generar adhesión en el corto plazo.
Las IAMPP y los seguros privados operan con cápitas fijas del FONASA y tienen, por lo tanto, un incentivo estructural para reducir el uso hospitalario de su población. Cada internación evitada es un ahorro real. La pregunta relevante es: ¿cuánto cuesta un programa de MTM para, digamos, los cien pacientes de mayor riesgo de una mutualista mediana, comparado con el costo evitado de sus internaciones prevenibles?
Los números del modelo americano son orientativos pero no directamente transferibles: los costos de hospitalización en Uruguay son distintos, la carga de comorbilidades también, y el costo de elaboración de comidas adaptadas depende de la escala. Un ejercicio actuarial realizado con datos propios de una o dos IAMPP -algo perfectamente factible con los sistemas de información disponibles- podría responder esa pregunta con precisión local.
Lo que sí es transferible es la lógica: un programa de MTM no es gasto social, es inversión en gestión de riesgo poblacional. Esa distinción conceptual es la que hizo posible el financiamiento público y privado en Estados Unidos, y es la misma que debería orientar la conversación en Uruguay.
Lo que falta y lo que hay que cuidar
Toda propuesta honesta debe nombrar sus debilidades. Las MTM tienen limitaciones importantes que la evidencia también registra. La primera es la escalabilidad con calidad. El programa de Massachusetts funciona porque Community Servings es una organización con décadas de experiencia, nutricionistas entrenados y sistemas de información robustos. La evidencia es la de ese programa, no la de cualquier servicio de catering que reciba fondos públicos. Uruguay debería ser muy cuidadoso en la definición de estándares antes de escalar: el rigor clínico no es negociable. La segunda es la sostenibilidad logística en contextos dispersos. El modelo americano fue diseñado para densidades urbanas. Uruguay tiene una población relativamente concentrada en Montevideo y el área metropolitana, pero con bolsones de ruralidad y dispersión que complicarían la distribución domiciliaria con cadena de frío. Un piloto inicial en Montevideo tendría sentido; la extensión al interior requeriría soluciones distintas, posiblemente con comidas preparadas en hospitales departamentales o en alianza con actores locales. La tercera es la equidad en el acceso. Si el programa se desarrolla primero en el ámbito de las IAMPP como modelo de gestión de riesgo, existe el riesgo de que los pacientes de ASSE -que son precisamente los de mayor vulnerabilidad nutricional- queden fuera en una primera etapa. La política pública debería anticipar ese riesgo y diseñar desde el inicio mecanismos de acceso para los usuarios de ASSE.
Una propuesta concreta
Lo que Uruguay podría hacer en el corto plazo no es implementar un programa nacional de MTM, sino hacer algo más modesto y más inteligente: diseñar un piloto riguroso.
Un piloto con cuatrocientos o quinientos pacientes, distribuidos entre ASSE y dos o tres IAMPP voluntarias, con criterios de inclusión clínicos precisos, seguimiento por nutricionista, entrega domiciliaria durante seis meses, y medición sistemática de internaciones, visitas a urgencias y costos, generaría en un plazo razonable la evidencia local necesaria para una decisión informada. Para este primer plan piloto lo recomendado es limitarlo a pacientes diabéticos complejos con falla renal, cardíaca y/o con hipertensión arterial. Los pacientes diabéticos complejos con daño de órgano blanco son, en el SNIS, usuarios intensivos del sistema -policlínicas, urgencias, nefrología, cardiología- y su manejo está fragmentado entre múltiples equipos que raramente coordinan la dimensión nutricional.
El costo de ese piloto sería modesto comparado con el presupuesto sanitario total; la información que generaría, invaluable. Y si los resultados se aproximan a los del estudio de Nature Medicine, el argumento para la expansión se escribe solo.
La comida como medicamento no es una metáfora. Es, cada vez más, una intervención con evidencia, con lógica financiera y con potencial de equidad. El SNIS tiene las condiciones para explorarlo. La pregunta es si tiene la voluntad institucional para hacerlo.
Nota elaborada con el apoyo de herramientas de IA generativa de lenguaje, bajo supervisión y edición de los autores.
1. Hager K, Alcusky M, Mozaffarian D. Medically tailored meals receipt and healthcare utilization and costs in Massachusetts' Medicaid demonstration. Nat Med. 2026 Jun 2.
2. Community Servings. History. Boston, MA. Disponible en: https://www.servings.org/about-us/history/
3. Berkowitz SA, Terranova J, Randall L, Association Between Receipt of a Medically Tailored Meal Program and Health Care Use. JAMA Intern Med. 2019 Jun 1;179(6):786-793.
4. Macpherson C, Frist WH, Gillen E. Medically Tailored Meals: A Case for Federal Policy Action. Healthcare (Basel). 2025 Nov 13;13(22):2899.
5. Observatorio de Salud. La reforma sanitaria, el SNIS y sus desafíos. Montevideo: OSS; 2026.
6. Pérez F. A casi 20 años de la creación del SNIS: cambios sustanciales, resistencias y necesidad de mejoras. La Diaria. 2026 Mar 20.
Dres. Homero Bagnulo; Carlos Vivas