La épica del poder y el dinero. Esteban Valenti

24.06.2026

Si, leyeron perfectamente bien, no se trata de la ética, esa cosa tan manoseada por la política uruguaya, se trata de la ÉPICA, sepultada bajo toneladas de inmoralidades y de manejos sucios del poder para ganar mucho dinero y más poder y para seguir ganado dinero.

En la frase anterior está resumida la nueva épica política, el dinero y el círculo totalmente vicioso de seguir ganando dinero.

En esta derecha la falta de épica política, mejor dicho, la sustitución de toda épica decente, hace tiempo que fue enterrada, incluso por viejos conductores políticos partidarios. No la necesitan, el poder y su nueva épica de ganar dinero a raudales, es perfectamente administrable, manejable por las cúpulas partidarias, aun a costa de destruir toda tradición y pasado, pero han logrado dos milagros: sumar a esa épica a una parte del sistema de justicia, del que nos representa o tendría que representarnos a todos los ciudadanos. A la luz del día y sin mayores escándalos.

Una parte de "su pueblo", del pueblo que los votó, acepta, tolera y los cubre; los ricos y famosos, participan de esa épica, ni que hablar los dueños de los grandes medios de comunicación, de las televisoras privadas en particular, esos viven de esa nueva épica. Bajan los telespectadores, con excepción del fútbol, pero ellos cabalgan a todo galope hacia un presente de impunidad y un futuro de nuevas prebendas. Recibidas en silencio y casi como una ley natural de la maltrecha democracia uruguaya. Nadie se queja.

En pocos años, hemos retrocedido muchos años y calidad en nuestra democracia.

La izquierda sin épica se muere, se disgrega, desaparece y pierde una de las bases de su identidad y su existencia.

Históricamente, la izquierda se ha construido sobre grandes relatos: la emancipación, la conquista de derechos sociales, la superación de las desigualdades estructurales o la utopía de una sociedad justa.

La épica es el pegamento que permite, generar sentido de pertenencia y convierte la acción política individual en parte de una causa colectiva popular.  Permite soportar el sacrificio, el esfuerzo actual porque tiene una justificación histórica o moral superior.

La política para la izquierda, no es solo burocracia y gestión, es la promesa de transformar el mundo.

¿Es posible una izquierda de la administración y el uso del poder de cualquier manera?

Cuando una fuerza política, históricamente identificada con la transformación social, reduce su horizonte a la mera "gestión" y, simultáneamente, recurre al "uso inmoral del poder", se produce una ruptura fundamental que, a menudo es más difícil de sanar que una derrota electoral.

En este escenario, la gestión eficiente trata de convertirse en una herramienta de blindaje. El grupo en el poder utiliza los logros técnicos (bajar la pobreza, mejorar la infraestructura, mantener indicadores macroeconómicos estables) como un cheque en blanco que supuestamente los exime de cualquier estándar ético.

Esto es mucho más grave, está cambiando de calidad cuando además la ciudadanía no percibe logros en la gestión, cuando todo es más lento de lo deseado y necesario y, cuando los resultados no son apreciados por la mayoría de la población y en particular incluso por un porcentaje muy importante del pueblo de izquierda.

Algunos, incluso de forma inconsciente justifican la inmoralidad (corrupción, clientelismo, uso del Estado para beneficio partidario, o incluso personal) bajo la premisa de que la gestión es tan vital, que los medios para mantener el poder están todos justificados. Esa es la mayor victoria en la batalla cultural de parte de la derecha, su mayor triunfo.

Una parte de la izquierda uruguaya, lo que la diferencia por ahora de otras proclamadas izquierdas, como el peronismo, es que, en su pueblo, en sus votantes, hay cada día más gente que no acepta ni la incapacidad en la gestión, pero mucho menos la inmoralidad. Ese es el único síntoma de la crisis actual que permite vaticinar de que hay posibilidades de recuperación, no solo electoral, sino política y naturalmente ética, moral. Pero no actúa por si sola, como bien lo sabemos los verdaderos izquierdistas. Solo se pone en movimiento si es protagonista, si convoca a la gente, si se pone en movimiento desde los dirigentes (los mayores responsables), hasta los militantes y los ciudadanos. ¿Lo estamos haciendo?

No es de izquierda transformar al ciudadano en un "cliente", a través del uso inmoral del poder qué se manifiesta cuando la ética de lo público es sustituida por la lógica del "círculo propio". Esto ocurre de varias formas.

Se debilitan a los organismos que deben auditar al propio gobierno, no por ineficacia, sino para proteger la impunidad. A través del clientelismo tecnocrático, no es solo repartir subsidios, sino otorgar contratos, licitaciones o cargos públicos basándose en la lealtad política antes qué en el mérito, a menudo disfrazando estos actos bajo normativas que parecen técnicas o legales.

El partido se confunde con el Estado. El uso de recursos públicos para la propaganda partidaria o la persecución de voces críticas dentro de la propia izquierda son síntomas de esta inmoralidad.

¿Por qué la izquierda es especialmente vulnerable a esto? Históricamente, la izquierda se ha legitimado desde una superioridad ética, "somos mejores porque somos más justos y transparentes". Cuando esa fuerza política cae en el uso inmoral del poder, a diferencia de partidos de derecha que pueden basar su discurso en la eficiencia, la izquierda pierde su "alma" al corromperse. La sociedad no solo siente que la política es ineficiente o corrupta; siente que la esperanza fue traicionada.

Nuestra militancia, que antes movía montañas por una épica, comienza a replegarse o, peor aún, a justificar lo injustificable para no aceptar la realidad, creando una cultura interna de complicidad y silencio.

Para una izquierda como la uruguaya que reúne dos condiciones históricas, por un lado, haber sobrevivido y resistido a la dictadura no solo por razones políticas, sino por una moral enraizada muy profundo en su gente, en sus dirigentes. ¿Puede entenderse el sacrifico de decenas de miles de asesinados, de presos, de torturados, de exiliados sin una épica como elemento central? Una moral apoyada en una épica histórica y concreta en la defensa de sus ideas y de la libertad.

Segundo, porque fue capaz de crear hace 55 años, el único frente de izquierda que agrupa, une, hasta incluso creó una identidad propia, como lo es el Frente Amplio. En todo el mundo no existe una experiencia similar. Y hoy está en peligro.

La historia nos muestra que ninguna izquierda que abrace la inmoralidad en el uso del poder sobrevive sin corromperse por completo. El peligro es que, cuando esta izquierda finalmente cae, suele dejar un rastro de desafección tan profundo que toda la idea de "lo público" y "lo social" queda desprestigiada, facilitando el retorno de opciones que, bajo la excusa de limpiar la corrupción, terminan desmantelando los derechos sociales que esa misma izquierda construyó. Destruye las bases más profundas y difíciles de reconstruir sobre las que se fundó la izquierda, creció y alcanzó los gobiernos nacionales y departamentales.

Un grave error es tratar a todos por igual, es el sistema maestro de los inmorales, comprometer a todos a su alrededor. No es cierto, sigue habiendo gente, militantes y también dirigentes honestos, acorralados por la lógica dominante. Ni todos los partidos políticos integrantes del FA son lo mismo, esa sería una infamia. Los que no reaccionen, los que en la mesa chica coloquen la conveniencia política y la protección del poder por encima de cualquier moral, los partidos que han hecho de este desbarranque moral de la "corona" y de algo más su bandera, deberán asumir sus responsabilidades.

Desafío a los actualmente muy pocos izquierdistas que debaten sobre estos temas, que escriban, opinen en los medios de comunicación, en el parlamento, en los comités de base, en sus propios partidos incluso en el ambiente de la cultura y de los sindicatos, a discutir francamente sobre este tema y a no ocultarse bajo el manto de la defensa de la unidad.

Llegado el momento, corremos el peligro que la unidad sea transforme en una fachada para seguir disputando en el poder, para mediar con nuestros enemigos y ser inmorales y pactar la impunidad. Es el último escalón, no estamos tan lejos.

 

Esteban Valenti
2026-06-24T07:11:00

Esteban Valenti.

Trabajador del vidrio, cooperativista, militante político, periodista, escritor, director de Bitácora (www.suplementobitacora.net) y Uypress (www.uypress.net), columnista en el portal de información Meer (www.meer.com/es)