La fotografía falsa de Lautréamont y la razón de su furia (*). Marcelo Marchese

03.11.2026

Así como el hombre precisa de un mapa para apresar un territorio, precisa de un rostro para apresar una idea. No por acaso le inventaron rostros a Buda y a Jesucristo, y si pensamos en un dios patrio, no por acaso desecharon el retrato del anciano vencido.

Del Dante tenemos una máscara mortuoria apócrifa, a Shakespeare y Cervantes les inventaron rostros y los biólogos deben registrar en latín cada una de las especies de la tierra, y mañana, de la galaxia.

Como la literatura que nos dejó un adolescente nacido en Montevideo y muerto en París fue escrita con la pluma de un ave de los pantanos, la comunidad de críticos se revolvía inquieta para encajarle un rostro hasta que por fin alcanzó la paz con una fotografía del álbum Dazet que, si de alguien no pudo haber sido jamás, ese alguien es Isidoro Ducasse, Conde de Lautréamont.

A la edad de trece años Isidoro viajó al sur de Francia para vivir con la familia Dazet, entre cuyos miembros había un muchacho cinco años menor que, los Cantos así lo revelan, tuvo una intensa relación con el poeta.

En la primera edición del Canto 1, Dazet aparece nombrado nueve veces, pero en la segunda edición, esta vez, completa, Dazet fue sustituido por expresiones del tipo: "pulpo de mirada de seda" o "tiburón de pecho broncíneo".

El canto final, que tiene una estructura diferente, refiere a los intentos de Maldoror por atraer a un muchacho al dominio de sus garras. Logra, incluso, hacerle llegar una carta para que se retuerza como una culebra en la encrucijada del deber y el deseo.

Con estos antecedentes podemos sacar algunas conclusiones que la crítica, por mojigatería, no quiso advertir, pero antes prestemos atención a un párrafo que corresponde al texto más tierno de los Cantos, ya que incluso el heavy metal gusta de baladas: "Allí en un bosquecillo rodeado de flores, duerme el hermafrodita sobre la hierba humedecida por sus lágrimas. La luna ha desprendido su disco de la masa de nubes y acaricia con sus pálidos rayos el dulce rostro de adolescente. Sus facciones expresan tanto la más viril energía como la gracia de una virgen celeste. Nada parece natural en él, ni siquiera los músculos de su cuerpo que se abren paso a través de los armoniosos contornos de formas femeninas."

Algo llevó a Ducasse a sustituir la palabra Dazet y acaso la sustitución fue resultado de que alguien obligara al poeta a no manchar un nombre. Así como el padre de Lord Alfred Douglas odiaba al amante de su hijo llamado Oscar Wilde, el padre de Georges Dazet odiaba a quien enfrentaba a un espejo repugnante.

Tras vacilaciones, el pequeño Dazet cedería a la presión familiar y su amante enviaría todo el veneno del despecho a la elaboración de una obra cumbre del arte universal. Ducasse, como todo poeta, fue un hombre herido; en caso contrario se hubiera dedicado a la vida, no a la poesía.

Hemos hablado de una mixtura, la del dolor convertido en belleza, que es la mixtura del mal que se transforma en bien por obra de la voluntad, pero esa mixtura se ampara en otras mixturas del poeta, pues Ducasse se sabe homosexual, lo que implica sentir el latido de dos sexos y vivió los mejores años de su vida en una sociedad heroica y los años más duros en una sociedad disciplinada. Mas hay una mixtura más importante.

El niño hablaba dos lenguas; se trata de determinar qué lengua aprendió primero el niño Ducasse, ya que el poeta escribe en su lengua materna, pues el inconsciente se estructura en la lengua materna. Un niño aprende una lengua y si aprende otra, esa otra será adquirida en función de la primera desde que oímos el mundo en función de la lengua que hablamos.

El padre Ducasse vino del sur de Francia, donde se habla un francés diferente del parisino y también lenguas gasconas. No sabemos si hablaba castellano antes de viajar a Montevideo, pero podemos suponer que sí, ya que esa sería una condición esencial a su cargo, y los franceses del sur están más próximos a las lenguas ibéricas que los del norte.

Se suponía que la lengua literaria del poeta era el francés, sin embargo se encontró una traducción al castellano de La Ilíada a cargo de Hermosilla, donde Ducasse estampó: "Propriedad del señor Isidoro Ducasse nacido en Montevideo. Tengo tambiem Arte de hablar, del mismo autor. 14 de abril de 1863". Las únicas palabras manuscritas que tenemos del poeta fueron escritas en castellano.

Sabemos algo más que nos dice Maldoror: "Cuentan que nací en brazos de la sordera. En los primeros tiempos de mi infancia no oía lo que me decían. Cuando, con las mayores dificultades, lograron enseñarme a hablar, solo después de haber leído en una hoja lo que alguien escribía podía comunicar, a mi vez, el hilo de mis razonamientos".

Tenemos entonces que en un libro en castellano Ducasse escribe su nombre como Isidoro y no como el Isidore que figura en su acta de nacimiento. En la frase escrita hay dos errores ortográficos, uno de ellos parecido a esa misma palabra en francés (¿interferencias?) aunque debemos considerar que no había un excesivo disciplinamiento ortográfico en el Montevideo de Lautréamont.

La lengua materna se forja con las palabras amorosas que entona la madre mientras le da de mamar a su criatura. El niño tiene todos los sentidos en ebullición y mientras saborea la leche, mientras saborea la teta, escucha las palabras que serán su principal herramienta. Si la madre le canta, alimenta a un músico.

¿Jacquette-Célestine Davezac le hablaba en su propia lengua a su retoño o en la lengua con que su hijo debía desenvolverse en la vida? ¿Le dio de su seno la leche y al mismo tiempo, el habla? Isidoro fue bautizado con ese nombre un año y siete meses después del nacimiento. Algo ocurrió allí, pero el poeta nos da la clave del enigma en los Cantos, así como nos dio la clave de su nacimiento al escribir que "nació en las orillas americanas, en la desembocadura del Plata".

El problema radica en interpretar la palabra "sordera". El niño Ducasse oía a su manera los pájaros y los carruajes, pero no entendía la voz humana porque carecía de la estructura de una lengua. No pudo adquirir ni la estructura del francés ni la del español, por lo que toda voz humana era sonido y furia para él, como lo sería para el Benjy de Faulkner.

Alguien, acaso el padre, a quien el poeta saluda con cariño, acaso una institutriz, pero no la madre, le brindó al niño esa estructura, desde que la lengua escrita la tiene reconocible.

Las palabras que alguien escribiera en una hoja salvaron al niño de una soledad atroz. Apenas nos ha contado en los Cantos que sólo por medio de la escritura de otro logró por fin ordenar sus pensamientos, agrega que si oye cantar a una soprano sufre infinito, y en cambio disfruta si escucha música instrumental. La voz humana le genera horror, como le sucediera a Holderlin.

El poeta no dice "un tenor", sino "una soprano". El trauma, aunque superado, deja cicatrices y sus cantos serán como olas empujadas por la furia.

Ese lazo salvador con la escritura despertó la Musa del poeta. Su dificultad para hablar, luego, vencida, lo transformó en un maestro de la retórica, así como un tartamudo a pura fuerza de voluntad se transformó en el mayor orador de la antigüedad.

La relación con la madre es la clave de la relación de Isidoro con el mundo. Muy dudosamente le habrá dado de mamar, o si le diera, acaso sí padeciera sordera, pero sea como fuere, murió, tal vez suicidada, cuando Isidoro tenía un año y ocho meses. En algún momento de ese proceso el niño cayó en un abismo.

Por mucho tiempo se imaginó al poeta nacido en Francia. Nadie duda hoy que redactara su obra en francés y sin embargo ¿debemos descartar que la escribiera en castellano y que la tradujera al francés para su impresión? Se han detectado una serie de expresiones inexistentes en francés y cuya estructura es castellana. Para elucidar este problema, antes que nada, habría que despojarse de los harapos del complejo de inferioridad del sudamericano ante la culta Europa y del otro lado del océano habría que despojarse de un penoso complejo de superioridad.

El poeta nace y muere en una ciudad sitiada. Tal vez sintiera que volvía a caer en el abismo, que no hay escape posible, que los males pueden irse para tornar siempre, que la vida sea un laberinto sin salida.

Hablé con miembros de la familia Ducasse. Me dijeron que se había decidido borrar toda huella del hombre que ofendió a Dios. Es su obra maldita la que ha llevado a borrar los registros del poeta. Sabemos que nació frente al río, donde hoy el viento mece unas hamacas vacías, que viajó a Francia y que volvió una o dos veces, que despreciaba a su profesor de retórica, que su padre está enterrado en el Cementerio Central y que siempre recordó su infancia, no en vano El otro Monte aparece en el nombre del escritor. Maldoror es Lautréamont y Lautréamont es Isidore, el asunto también es que Isidore es Isidoro.

Las ilustraciones perjudican la literatura ya que cada personaje es mitad obra del autor y mitad obra del lector. El personaje, para el lector, es como una sombra, y si le encajan una ilustración, desaparece ese aspecto creativo suyo, por lo que el lector pierde algo y el arte su terapéutica. Cosa pareja sucede con el autor, y mejor fuera que los editores no agregaran fotografías ni dato alguno, pero los editores deben atender a otras necesidades.

En su genialidad el poeta logró el ideal de no dejar un rostro al porvenir. Como no tiene rostro, Lautréamont es cada uno de nosotros. Eso es lo que inquieta, y eso es lo que llevó a la policía del pensamiento a clavar a la mariposa negra al panel de la realidad.

Así como el poeta, gracias al infinito amor de un alma amiga, superó el problema del habla, también superará esa trampa que le tendieron sus enemigos recalcitrantes.

Su ataque al hombre revela un gran amor por la humanidad ¿Habrá sido su sordera resultado de un excesivo poder de atracción de la voz humana, una especie de resguardo? En eso, o en la superación de eso, radica su sensibilidad.

En los nombres Isidoro y Maldoror brilla el oro. El dolor es oro si el poeta lo transforma en la materia prima con que hará el milagro. Devolvamos al poeta a su oscuridad. Allí ganará esplendor y nosotros, si somos valientes, podremos encontrarnos con nosotros mismos.

 

(*) Debo consignar tres agradecimientos. El poeta Eduardo Roland me hizo llegar las actas de nacimiento y bautismo. El escultor Jorge Añón me hizo advertir el asunto clave de la sordera y añadió que le enseñaría a hablar una mujer con infinita paciencia. Añón, por lo demás, hizo una serie de esculturas sobre El Conde que podrán apreciarse en este video https://www.youtube.com/watch?v=kagJgZSYrvg&t=93s, y es, de las personas con quien hablé, el que más intimó con él. El psicoanalista Alejandro Ojeda me ayudó a entender la necesidad de una estructura para poder oír una lengua y cómo la furia del sordo permanecería en su escritura, adoptando esa voz elevada.

Marcelo Marchese
2026-11-03T13:33:00

Marcelo Marchese

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