La frase que explica la crisis cubana: "No partimos de cero". José W. Legaspi
25.06.2026
La aprobación de 176 medidas económicas incluye apertura accionaria, reducción de subsidios y mayor espacio para el sector privado. Mientras China y Vietnam apostaron hace años por profundas reformas de mercado sin abandonar el control político, Cuba vuelve a ensayar cambios parciales para enfrentar una crisis que arrastra desde la caída de la Unión Soviética.
La aprobación por parte de la Asamblea Nacional cubana de 176 medidas económicas marca uno de los intentos de reforma más ambiciosos desde el inicio del llamado Período Especial, a comienzos de la década de 1990. El paquete incluye aumentos salariales, reducción de subsidios, ampliación de actividades privadas, cambios en el régimen de usufructo de la tierra y, quizás lo más significativo, la posibilidad de que empresas estatales se transformen en sociedades por acciones con participación de inversores privados y extranjeros.
La magnitud de las medidas constituye, en los hechos, un reconocimiento de que la economía cubana atraviesa una situación crítica. No se trata únicamente de una coyuntura marcada por las sanciones estadounidenses o la caída de algunas fuentes tradicionales de financiamiento externo. La isla acumula más de tres décadas de bajo crecimiento, escasa productividad y dificultades para generar riqueza suficiente para sostener su estructura económica y social.
El gobierno de Miguel Díaz-Canel insiste en que estas transformaciones forman parte de una actualización del socialismo cubano y no de una ruptura con él. Sin embargo, la propia naturaleza de algunas decisiones revela hasta qué punto La Habana se ve obligada a introducir mecanismos de mercado que durante décadas fueron observados con desconfianza por amplios sectores de la dirigencia revolucionaria.
La comparación con China y Vietnam resulta inevitable.
Cuando Deng Xiaoping impulsó las reformas chinas a fines de la década de 1970, el diagnóstico era claro: la planificación centralizada había demostrado enormes limitaciones para desarrollar las fuerzas productivas. Pekín mantuvo el monopolio político del Partido Comunista, pero abrió espacios crecientes para la iniciativa privada, la inversión extranjera, la competencia y la integración al mercado mundial.
Vietnam siguió un camino similar con la política de Doi Moi iniciada en 1986. El resultado fue la transformación de una economía agrícola y empobrecida en uno de los países de mayor crecimiento de Asia, con una fuerte expansión industrial y exportadora.
La diferencia fundamental es que tanto China como Vietnam asumieron que el mercado no sería una herramienta transitoria sino un componente estructural de su estrategia de desarrollo. Cuba, en cambio, parece avanzar mediante aperturas parciales, limitadas y generalmente condicionadas por la emergencia económica del momento.
Existe además otro factor que rara vez aparece en las explicaciones oficiales: la concentración de una parte significativa de la actividad económica en estructuras empresariales vinculadas a las Fuerzas Armadas. Durante décadas, sectores estratégicos como el turismo, el comercio exterior, la logística, la infraestructura y numerosos servicios han estado bajo la órbita de conglomerados militares o de empresas controladas por ellos. Aunque el gobierno presenta este modelo como una garantía de eficiencia y estabilidad, sus críticos sostienen que ha contribuido a reducir la transparencia, dificultar el control público y generar espacios propicios para prácticas de privilegio y corrupción difíciles de fiscalizar.
La historia reciente muestra un patrón repetido. Cada vez que desaparece un sostén externo -primero la Unión Soviética, ahora Venezuela- aparecen nuevas reformas destinadas a aliviar las tensiones más urgentes. Pero una vez superada la emergencia, el proceso suele desacelerarse sin resolver los problemas de fondo.
Por eso el verdadero significado de las medidas aprobadas no reside solamente en su contenido. Lo relevante es que constituyen una nueva admisión de que el modelo económico construido tras la revolución continúa enfrentando dificultades para generar crecimiento sostenido y bienestar material.
La experiencia china y vietnamita demuestra que es posible preservar el control político del Partido Comunista mientras se introducen transformaciones económicas profundas. La pregunta que vuelve a plantearse en Cuba es si la dirigencia está dispuesta a recorrer ese camino hasta sus últimas consecuencias o si estas reformas serán, una vez más, una respuesta coyuntural a una crisis estructural que lleva más de treinta años sin resolverse.
La propia frase pronunciada por Díaz-Canel ante la Asamblea Nacional resume involuntariamente el problema: "No hemos partido de cero". Efectivamente, Cuba no parte de cero. Parte de más de tres décadas de reformas sucesivas que todavía no han conseguido sacar a la economía del estancamiento.
José W. Legaspi