La frontera ética del Carnaval: la bastardización de la memoria. Jorge Schneidermann

27.01.2026

El arte popular uruguayo y, esencialmente, la poética carnavalesca, han marcado indeleblemente nuestra matriz cultural, alzando la voz ante la injusticia sin ambages ni medias tintas, y reivindicando aquellos valores que dignifican la condición humana.

En el caso de las murgas, queda claro que la sátira, el gracejo y la irreverencia contestataria son elementos expresivos que hacen a su acción performativa y pretendidamente transformadora.

Sin embargo, cuando una murga -como se ha observado en el caso de Doña Bastarda- recurre a la iconografía del Holocausto y menciona explícitamente la conversión de seres humanos en "jabón", más allá de las licencias retóricas que se arrogan sus guionistas, no nos situamos frente a una ocurrente transgresión artística, sino ante un gesto ofensivo que hiere sensibilidades y reaviva los rescoldos de una tragedia cuya rememoración  aún lacera el alma y los corazones de quienes jamás olvidaremos la sistemática aniquilación de seis millones de seres humanos condenados a sufrir el más cruento de los destinos por el simple hecho de ser judíos.

La normalización de la violencia simbólica es un paso hacia la legitimación del odio y la intolerancia, premisas consustanciales al pensamiento único y el fundamentalismo.

Simplemente se trata de ejercer la empatía, poder ponerse en el lugar del otro e intentar escuchar al otro desde el otro para poder comprender su dolor.

El arte es una de las expresiones más elevadas del espíritu, pero cuando  instrumentaliza los horrores de una tragedia para desacreditar y deshumanizar al otro, traiciona su propia naturaleza. La libertad de expresión encuentra su límite infranqueable en la dignidad humana; permitir que el antisemitismo u otras formas de discriminación atenten contra la esencia pura del carnaval solo habrá de precipitarnos hacia una peligrosa deriva ética.

Una crítica política legítima se dirige a las acciones de un gobierno o institución. Cuando se recurre a tropos antisemitas que tienden a denostar, caricaturizar o banalizar la Shoá, salimos del plano del debate para incursionar peligrosamente en los cenagosos territorios del prejuzgamiento.

El Teatro de Verano o los tradicionales tablados barriales no deberían ser una zona liberada al vale todo. El Carnaval, como fenómeno cultural de masas, debe asumir precisamente la responsabilidad de no normalizar prejuicios que han causado las mayores tragedias de la humanidad. La sátira debe elevar las conciencias, no degradarlas.

Históricamente, desde los albores del pasado siglo, el propósito de la crítica murguera ha sido incomodar al poder, nunca ensañarse con la dignidad humana ni con quienes no comulgan con sus convicciones ideológicas.

Concluyendo, y evocando al inefable "Canario Luna", solo me resta esperar que "los letristas no se olviden" -de aquí en más- de "dedicarle algunos versos" a las decenas de miles de indefensos ciudadanos iraníes sumariamente detenidos, torturados y masacrados por un abyecto régimen frente al cual pocos, y muy tibiamente, se han pronunciado. Si de los miles de cristianos masacrados en Nigeria nadie se acuerda, que podemos decir del pueblo druso, desde siempre invisibilizado e imposibilitado, al igual que la nación Kurda, de constituirse libremente en sus tierras ancestrales.

 

Al margen del cuplé

 

 A 81 años de la toma de Auschwitz a instancias de las fuerzas soviéticas, el mundo parece no haber aprendido absolutamente nada. 

Como durante aquella infame década de los treinta, momento en que  el nazismo se abocó a colonizar premeditada y discrecionalmente las mentes de toda una nación, hoy por hoy el antisemitismo vuelve a irrumpir con similares bríos, aunque camaleónicamente  ataviado con los ropajes del antisionismo.

En aquellos tiempos, la cómplice aquiescencia de muchos -dentro y fuera de Alemania- alimentó la voracidad de un régimen genocida y liberticida empeñado en demonizar a los judíos y sindicarlos, fiel a la nefasta tradición inquisitorial judeófoba medieval, como directos responsables de todos los males alguna vez padecidos por la humanidad.

Al parecer, transcurridas poco más de ocho décadas desde aquel 27 de enero en que el mundo  se sorprendió ante la macabra entidad de los barbáricos crímenes perpetrados en el complejo de campos de concentración y exterminio de Auschwitz-Birkenau, insólitamente vuelven a arreciar los tormentosos vientos del antijudaísmo  a lo largo y ancho del planeta, soliviantando a los incautos de siempre que asumen acríticamente las consignas mediáticas antiisraelíes como verdades reveladas, eligiendo seguir observando la realidad a través de la deformante óptica del prejuicio.

 

Jorge Schneidermann. Psicólogo clínico, docente y ensayista

Columnistas
2026-01-27T17:46:00

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