La guerra silenciosa. Marcelo Marchese
22.07.2026
El domingo a las tres de la mañana fue asesinado Miguel, cuidacoches de Tristán Narvaja. Los medios informaron de su muerte y luego pasaron a las otras desgracias que proclaman como hienas desde las tumbas.
Miguel ayudaba a cerrar y en ocasiones a abrir el negocio. Dormía sobre un colchón a cuarenta metros de la librería y si llovía, buscaba un techo en la esquina de Colonia. Ahí fue donde recibió los disparos.
De mañana estaba dormido sobre su colchón con la boca abierta. Era una de las personas que veía dormir en la calle camino a la librería. Cada persona que vemos durmiendo en la calle es una absoluta derrota moral, pero debemos seguir caminando para tropezar con otra absoluta derrota moral.
Miguel venía a la librería varias veces por día a pedir una llamada, agua, tabaco, jabón o un banquito para vigilar a cada auto que estacionara. Tenía una silla, pero se la habían robado, así como le habían robado los championes en varias ocasiones. Al rato ya estaba calzado de nuevo, pues hay personas, en general mujeres, que se apiadan de estos muchachos que viven en la calle sea porque tienen la edad de sus hijos, porque no tuvieron hijos y trasladan su cuidado a seres desprotegidos, o simplemente porque son buenas gentes.
Así como el lector vive el día atento a las cuestiones de su trabajo, Miguel vivía el día atento a los autos que estacionan frente a la Facultad de Derecho y sabía qué personas le darían cien pesos. También vivía atento a construir relaciones fructíferas y así Richard, encargado del restaurante Molina, le proveía la cena. Miguel, sin embargo, vivía otras cosas que fueron su ruina.
Como me dijo hace un tiempo El Dani, quien no duerme en Tristán Narvaja sino en un caño maestro en la rambla, "Miguel está lleno de agujeros", pues la vida en la calle no es changa y se lucha a brazo partido por el manejo de una cuadra, hay que cuidar que no te arrebaten las cosas cuando dormís, tu colega puede perder los estribos a la primera de cambio y si no le das su dinero al proveedor te clava un puñal.
La mano izquierda no le funcionaba bien. Había un dedo que no podía cerrar. Sospecho que le habrían cercenado un tendón. La herida de otro dedo no cicatrizaba. Le dije que su propio cuerpo se curaría siempre y cuando no siguiera con la pasta base. No le interesó el consejo. No es que me creyera o no me creyera. Fue como si le hablara desde una distancia inaudible.
Cada vez que venía trataba de adivinar qué música sonaba en el local: "Estos son Los Redondos". Casi siempre le embocaba. Descubrí hace un tiempo que quien pide limosna no sólo pide limosna; quien pide limosna pide atención, pide un poco de amor en un mundo helado.
Miguel, que siempre pedía algo, también pedía dinero que en vano prometía devolver. A la tercera le dije que se le había terminado el crédito, frase que recibió como quien sufre una injusticia. Un par de veces clamó por una amnistía, a la que me negué y cuando además pretendí sermonearlo, mi hijo, mejor conocedor de ese mundo que yo, me atajó.
Por Miguel me enteré que en la pandemia los presos fueron vacunados en masa. Ni siquiera estaban enterados que podían negarse. Allá, en el infierno que les hemos construido, no existe ese derecho ni ningún otro derecho.
Miguel se conocía a sí mismo y sabía que al atardecer, cuando ya había reunido cierto dinero, convenía llamar al proveedor, pues si lo llegaban a robar o si gastaba lo vendido en lo suyo, pagaría las consecuencias. Así fue como murió, al parecer, por quinientos pesos. Una bala le partió una arteria.
"La mano que firmó el papel devastó una ciudad", dijo el poeta. Hace un siglo la mano que firmó el papel prohibió en todo el globo el tráfico de drogas. Ya sabía el resultado: alimentaba la mafia, corrompía la justicia y pudría a las sociedades hasta que asesinaran la libertad en aras de la seguridad.
Es sabido que el imbécil es aquel que ante el error repite igual camino ¿Se ha avanzado un ápice en la lucha contra la mafia desde que la fortalecieron a niveles inauditos con esta prohibición criminal? No sólo no se ha avanzado un ápice sino que hemos retrocedido al pantano. Por millones de años la humanidad consumió drogas en los rituales chamánicos, en los ritos eleusinos o donde fuera. Sigmund Freud y Juana de Ibarbourou consumieron cocaína y el mundo no se vino abajo, pero la mano que firmó el papel devastó nuestras ciudades, y los gobernantes, los medios y la sacrosanta Academia acataron la orden.
Nada hay más porfiado que un hecho y el hecho es que la prohibición al narcotráfico es un remedio cien mil veces peor que la enfermedad. Seguiremos sufriendo esta guerra silenciosa mientras cierran nuestras fábricas, las transnacionales se apoderan de todo, los niños de rostros grises venden repasadores por las calles y los presidentes electos se tiran de cabeza para morder una coima.
Este es el País que tenemos ¿Qué fue de la madre de Miguel? ¿Qué fue de su familia? ¿Cómo terminó en la calle? Cuando vine el domingo ya no estaba el colchón de Miguel ni el cajón que le había prestado, pero el lunes de mañana encuentro en el pedazo de vereda que sería su casa, dos bolsas con ropa y en una especie de nicho, su termo y una vela encendida. A la noche permanecía el termo y la vela se había consumido pero en su lugar había dos velas encendidas y un rosario de madera.
Un hijo de los hombres se ha despeñado por el abismo. Un alma piadosa ha encendido el fuego y la luz que guían al muerto al más allá. Esa alma piadosa también es el País que tenemos. Es lo mejor del País que tenemos.
Marcelo Marchese
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias