La industria alimentaria manipula los sentidos. François Graña
26.02.2026
La industria alimentaria, como cualquier otra rama productiva orientada al mercado, es una actividad lucrativa; no pretende proteger la salud de los consumidores sino venderles sus productos.
Estos tienen escaso o nulo valor nutricional y han perdido toda su frescura natural así como su textura, olor y sabor originales. La industria incorpora aditivos químicos destinados a hacerlos duraderos y a engañar los sentidos. Estos procedimientos los vuelven tóxicos y peligrosos para la salud. A continuación, describiré qué contienen algunos de los productos ultraprocesados más consumidos que encontramos en cualquier supermercado.
El crujiente y sabroso nugget no se forma a partir de pechuga de pollo sino en base a una masa homogénea que incluye piel, grasa, cartílagos, tendones y fragmentos de hueso molido. Esa mezcla resulta muy poco apetitosa, por lo que se le agregan colorantes para que se vea dorado, saborizantes para que huela a pollo, estabilizantes que eviten que se deshaga al freírse, conservantes para que dure meses congelado sin alterar su consistencia y fosfatos que mejoran la textura pero que a largo plazo dañan los riñones. La pasta resultante se moldea para que imite las formas naturales de las presas de pollo. Luego son empanados en harina tratada con químicos antifúngicos, se fríen en aceite reutilizado y saturado de grasas trans y se empaquetan con gases que evitan el crecimiento de bacterias. El resultado final se parece mucho al pollo pero contiene menos del 30 % de carne verdadera, y como puede verse, es una bomba de aditivos químicos potencialmente peligrosos para la salud.
El pan de molde está más próximo del plástico que del trigo. Es un producto diseñado en laboratorio para durar semanas sin echarse a perder, resistir cambios de temperatura y mantener esta textura esponjosa que lo caracteriza. En la larga lista de aditivos se encuentra el bromato de potasio, un químico que mejora el volumen y la elasticidad de la masa y que está prohibido en el Reino Unido, Canadá y varios países de la Unión Europea por su potencial cancerígeno, tal como ha sido declarado por la OMS. Se agregan emulsionantes, estabilizantes, azúcares y grasas parcialmente hidrogenadas que alteran los niveles de grasa en el cuerpo. Se le agregan conservantes como el propionato de calcio para que mantenga una frescura artificial; si se consume con regularidad, este componente químico acarrea problemas digestivos. El sabor ligeramente dulce se logra añadiendo jarabe de maíz, pensado para que se haga adictivo.
Los jugos envasados en cajas coloridas con lindas imágenes de frutas frescas y con la palabra "natural" impresa en grandes caracteres, presentados como fuente natural de vitamina C y energía, no son más que azúcar líquida disfrazada de fruta. En realidad poco y nada contienen de jugo de fruta. El proceso se inicia con un jarabe espeso en base a fruta que ha sido sometido a altas temperaturas para deshidratarlo, con lo que también se van los nutrientes y los antioxidantes naturales. Ese concentrado se puede almacenar por meses, y al momento de fabricar el jugo se mezcla con agua, colorantes y saborizantes artificiales, grandes cantidades de azúcar añadida o jarabe de maíz. El líquido dulce resultante sabe a frutas gracias a los aromatizantes artificiales; asimismo, ha perdido sus fibras y sus enzimas naturales, y la sobrecarga de azúcar impacta el hígado y dispara los niveles de glucosa. Algunos fabricantes agregan ácido ascórbico para simular la fruta real, y benzoato de sodio que, combinado con ciertos colorantes, constituyen un compuesto potencialmente dañino para el sistema neurológico, sobre todo en los niños.
El jamón, los panchos, la mortadela, los chorizos y demás embutidos presentan un aspecto limpio, saludable y apetitoso; este efecto, completamente falso, ha sido cuidadosamente diseñado en laboratorio. Donde vemos carne, se esconde en realidad un preparado industrial pensado para engañar el cerebro. El proceso se inicia con una pasta hecha de huesos, tendones, cartílago y restos musculares triturados que han sido descartados en el procesamiento de carnes. A esa masa de color rosa grisáceo y sabor desagradable se le incorporan saborizantes y aromas artificiales, nitritos y nitratos de sodio que prolongan la vida útil del producto y mantienen su color rojo. En el organismo, estos aditivos químicos se transforman en nitrosamina, un compuesto altamente cancerígeno que puede elevar la presión arterial y provocar enfermedades cardíacas. Su alto contenido en sodio, grasas saturadas y aditivos genera inflamación crónica, daña los riñones y altera la microbiota intestinal. En su versión "light" contienen menos grasas pero más químicos. Los embutidos están clasificados por la OMS como carcinógenos del grupo 1 junto al tabaco y al amianto.
Los refrescos sin azúcar constituyen una trampa perfecta. La industria los publicita como alternativas saludables, pero lo que oculta es que han sido diseñados para engañar el cuerpo y el cerebro. El aspartamo, la sucralosa y similares sucedáneos de la sacarosa, cientos de veces más dulces que el azúcar natural, pueden interferir con la flora intestinal desequilibrando la microbiota y afectando el metabolismo de la glucosa. Aunque no contengan azúcar, pueden aumentar el riesgo de diabetes tipo 2. Al recibir un intenso efecto de dulzura, el cerebro entra en un estado de confusión que incrementa el apetito llevando en muchos casos a comer en exceso. Además, su consumo frecuente puede afectar la memoria, la concentración y el estado de ánimo. Se ha sugerido una asociación entre el consumo de aspartamo y ciertos trastornos neurológicos.
Las papitas chips son crujientes por fuera y tóxicas por dentro. El sonido que producen al morderlas, la sal que se pega a los dedos, su sabor único, las hacen muy tentadoras. Se producen a partir de una pasta deshidratada mezclada con almidones, saborizantes y estabilizantes. Se fríen a altas temperaturas en aceites reutilizados una y otra vez, atiborrados de grasas trans que dañan el sistema cardiovacular. Durante la fritura se genera acrilamida, que es una sustancia neurotóxica y carcinógena que produce tumores y daña el sistema reproductivo. La respuesta sensorial a su consumo, que es prolijamente estudiada por los fabricantes, activa circuitos cerebrales similares a los de las drogas adictivas. El glutamato monosódico es el principal responsable de su adictividad. Su atractivo empaque metálico brillante ayuda a conservar los químicos y mantener el producto estable por meses. Es una fórmula perfecta para alterar el organismo y volverlo dependiente.
Estos son apenas algunos botones de muestra. Igualmente engañosos y tóxicos son los yogures saborizados, las salsas y aderezos industriales como el ketchup y la mayonesa, entre muchos otros. Ningún alimento producido y envasado por la industria es saludable. Ante tal panorama, es imperativo convertirnos en consumidores críticos: hacer preguntas, leer atentamente las etiquetas. Pero sobre todo, preferir las frutas y verduras frescas.
Francois Graña es Doctor en Ciencias Sociales
Ref.: https://www.youtube.com/watch?v=NXlSNTgOJuM&ab_channel=LoNuncaContado
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