La mentira en el discurso político. Ernesto Kreimerman
25.05.2026
La mentira política no es un accidente del sistema representativo ni una desviación moral corregible mediante apelaciones éticas. Es, como advirtió Hannah Arendt (1906-1975, "Los orígenes del totalitarismo"), un instrumento estructural del poder moderno, especialmente desde la irrupción de los partidos de masas y agudizado por el oscurantismo de las redes sociales. Su afirmación "la mentira ha sido siempre considerada un medio necesario y justificable para alcanzar fines políticos", no describe una patología, sino una lógica de funcionamiento.
De la razón de Estado...
La tradición occidental reconoce desde temprano la tensión entre verdad y gobierno. Para Maquiavelo la idea de que el príncipe debe "saber entrar en el mal cuando sea necesario", incluye la manipulación deliberada de percepciones. Pero la mentira premoderna era táctica, episódica, vinculada a la diplomacia o la guerra.
El salto cualitativo ocurre con el siglo XX: la aparición de partidos de masas, la alfabetización ampliada y los medios de comunicación de alcance nacional transforman la mentira en método sistemático. Como señaló Jacques Ellul (filósofo, 1912-1994, "la propaganda moderna no busca simplemente convencer: busca estructurar la realidad percibida. La mentira deja de ser un recurso puntual y se convierte en ambiente".
En este punto, la teoría democrática contemporánea aporta un refuerzo decisivo. John Rawls ("Una Teoría de la Política", 1921-2002) advirtió que la razón pública requiere que los ciudadanos dispongan de la información necesaria para evaluar las instituciones que los gobiernan. La mentira política, por tanto, no es sólo un acto inmoral: es una violación del principio de publicidad, condición epistémica del constitucionalismo democrático. En realidad, no es que el ciudadano compre la mentira sino que pierda el sentido de la realidad, que todo es lo mismo.
La mentira en los partidos de masas
Los partidos ideológicos introducen un elemento decisivo: la mentira ya no se justifica por la eficacia, sino que permea la doctrina. La verdad deja de ser empírica y pasa a ser teleológica: verdadera es la afirmación que sirve al destino histórico del movimiento.
Tres rasgos definen esta mutación:
a) La mentira como cohesión interna: el partido de masas necesita homogeneidad. Como escribió George Orwell (1903-1950 "Rebelión en la Granja") "el acto esencial del Partido es hacer imposible la experiencia de la realidad".
b) La mentira como pedagogía: en los movimientos ideológicos, la mentira no oculta: educa. Reordena el mundo para que coincida con la narrativa del partido. La propaganda nazi sobre el "enemigo interno", por ejemplo, cumplía esta función. Karl Mannheim ("La Teoría de las Generaciones", 1893-1947), mostró que las ideologías no sólo distorsionan hechos: producen un marco cognitivo que determina qué puede ser considerado verdadero.
c) La mentira como prueba de lealtad: el militante demuestra su adhesión no aceptando hechos, sino repitiendo ficciones. Václav Havel (1936-2011, último presidente de Checoslovaquia) lo formuló así: el ciudadano no miente porque crea en la mentira, sino porque la mentira es la condición para seguir perteneciendo al sistema.
Aquí la teoría democrática crítica aporta un complemento decisivo. Jürgen Habermas (1929-2026, "La teoría de la acción comunicativa") sostuvo que cuando la comunicación se distorsiona de manera sistemática, el espacio público deja de ser un ámbito de formación racional de la voluntad. La mentira ideológica, entonces, no es un desvío sino una colonización del espacio público por una racionalidad estratégica.
Del totalitarismo al populismo
El nazi Joseph Goebbels sistematiza la idea de que una falsedad repetida con disciplina puede adquirir estatuto de verdad pública. No se trata de engañar a individuos, sino de construir un mundo paralelo. La narrativa racial, la manipulación de cifras económicas y la reescritura del pasado alemán son ejemplos paradigmáticos.
En el caso de Sudáfrica, el apartheid convirtió la mentira en principio organizador del orden social. No se trató sólo de una política discriminatoria, sino de una ficción jurídica y estadística destinada a sostener la idea de que la segregación racial era natural, estable y funcional. El régimen produjo categorías raciales arbitrarias, manipuló censos, reescribió la historia nacional y fabricó un relato de "armonía separada" que ocultaba la violencia estructural del sistema.
La mentira adoptó forma administrativa y normativa: leyes que definían identidades raciales como si fueran hechos biológicos, mapas que fragmentaban territorios para justificar la exclusión, informes oficiales que negaban la represión estatal. Como señaló Arthur Koestler (1905-1983, "La era del anhelo") en otro contexto autoritario, el régimen "no mentía para ocultar la verdad, sino para destruirla": la mentira no encubría la desigualdad, sino que la institucionalizaba.
Aquí la lectura de Claude Lefort (1924-2010, "Les formes de l´historie") ilumina el mecanismo profundo: el totalitarismo pretende abolir la división social y por eso fabrica una verdad única que no admite verificación. El apartheid necesitaba precisamente eso: una verdad racial incuestionable, sostenida por el aparato estatal, que clausura cualquier posibilidad de pluralidad democrática. La mentira no era un instrumento contingente: era la condición ontológica del sistema segregacionista.
La mentira se articula con el control de la información, la construcción del "pueblo verdadero", la "mayoría silenciosa" y la demonización del adversario. La verdad se vuelve atributo moral: no describe hechos, describe pertenencias.
La mentira como saturación
En el siglo XXI, la mentira política ya no necesita coherencia. La posverdad, concepto que Arendt anticipó al hablar de "falsedades organizadas", opera por acumulación, no por verosimilitud. El objetivo no es convencer, sino desorientar. La mentira se vuelve ruido estratégico. Los líderes contemporáneos que utilizan este método no buscan imponer una narrativa única, sino erosionar la idea misma de verdad verificable. La mentira se convierte en estilo de gobierno o de oposición. Aquí la teoría democrática contemporánea ofrece un cierre conceptual contundente. Pierre Rosanvallon "1948, "L'âge de l'autogestion") subrayó que "la democracia es un régimen de confianza; cuando el poder miente, destruye las condiciones mismas de su legitimidad". La mentira política, en su forma actual, no sólo manipula: corroe la ecología democrática y habilita la anti política.
Cuando la mentira se combina con la descalificación sistemática, la violencia política deja de ser un exceso y se vuelve método. El adversario es reducido a enemigo, la palabra se degrada en arma y el espacio público se contamina de intimidación. Allí donde se niega la verdad y se humilla al otro, la violencia deja de anunciarse: simplemente ocurre.
Para cerrar el paso a este impulso autoritario y corrosivo, hay que enfrentar la degradación deliberada del lenguaje público. Allí donde la mentira y la descalificación se vuelve cotidiana, la violencia encuentra su cauce. La defensa democrática exige restituir la verdad como límite y la dignidad del otro como condición: sin ese doble resguardo, el espacio común se vuelve inhabitable. Quizás haya llegado el momento de redefinir con claridad algunas inmunidades. Mentir a conciencia jamás puede estar protegida por la impunidad.
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias