La oveja, el perro, el hombre y el mundo globalizado. Marcelo Marchese
30.04.2026
Un productor rural que venía lidiando con los perros asesinos y con las autoridades que deberían protegerlo, tuvo un ataque al corazón cuando era arrestado tras ejecutar a un perro.
Al parecer no lo ejecutó en su campo sino en un poblado tras salir de la comisaría donde había realizado otra denuncia infructuosa, así que deberíamos pensar en alguien desesperado, pues en el País de la ganadería, todo está hecho en contra del productor rural, incluyendo las leyes que deben aplicar las autoridades.
BREVE HISTORIA DEL PERRO
El perro es una creación humana. Tomamos a un cachorro de lobo y lo amansamos, y de sus crías, elegimos las más mansas, las más útiles para nosotros, sea para cazar, sea para protegernos, sea para trabajar, sea por compañía. Si uno de esos perros atacaba a uno de nuestros hijos o al ganado, se lo ejecutaba, no sólo para que no atacara más gente y bienes, sino, sobre todo, para que sus genes no se reprodujeran.
Así creamos al perro: seleccionando los mejores rasgos del perro, y eliminando la reproducción de los rasgos del lobo que no le sirvieran al hombre. Cuando al perro se lo deja al garete, en pocas generaciones vuelve a algo parecido al lobo, como son los perros Dingo en Australia o como eran los perros cimarrones en la colonia, el mayor peligro que había en nuestros campos.
BREVE HISTORIA DE LA OVEJA
La oveja es una creación humana. Tomamos una o dos razas de ovejas salvajes, y fuimos reproduciendo aquellas que dieran más carne y más lana, pues necesitamos comer y abrigarnos.
El mecanismo es sencillo: separar al macho que tuviera ciertas virtudes, y hacer que brindara sus genes a las hembras, y así, por miles de años. A los otros machos se los capaba para que no reproduzcan sus genes menos necesarios para el hombre.
BREVE HISTORIA DEL HOMBRE
Hace millones de años, un primate que vivía en los árboles dejó de reproducir los sonidos que instintivamente reproducía, para crear algo nuevo: las palabras que transmitían sentimientos e ideas. Eso nos permitió hacer lo que siempre hicimos pues así lo determinaba el instinto, pero también nos permitió negar en parte lo que nos marcaba el instinto y probar algo nuevo: el desafío, así que nos organizaron, bajamos de los árboles, dominamos al león, el leopardo y la hiena, nos dimos a la caza de grandes animales y a recoger ricas frutas y después, nos dedicamos a criarlos y a plantar granos y árboles frutales.
El mecanismo era sencillo: ya que los cuartos traseros del cerdo eran lo más rico, seleccionábamos para la reproducción a los cerdos que tuvieran mejores cuartos traseros, y con el tiempo, eso dio el jamón ibérico, y ya que esa uva era la más deliciosa, y aquella otra, la que daba el mejo vino, fuimos seleccionando sus semillas, y así tenemos la inmensa variedad de uvas de mesa y de vinos deliciosos.
La cosa venía bastante bien, en el sentido de que seguíamos existiendo y seguíamos agregando vida al planeta, ya que hicimos el trigo, el arroz, la uva, la manzana, la naranja, el limón, el perro, el gato, la vaca, el caballo, el cerdo, la paloma y la oveja, y además, la arquitectura, la literatura, la música, la filosofía, las mitologías, las religiones y a una cantidad de gente.
Como éramos un desafío, como nos salimos de la dictadura del instinto, y como nadie en esta tierra había hecho algo parecido antes, no había un manual de cómo proceder, así que también la macaneamos abundante: guerras, invasiones, esclavitud, torturas, censuras, inquisiciones, zoológicos y manicomios, pero a pesar de estos rasgos autodestructivos, salimos adelante.
Para el siglo XVII, el norte del Río de la Plata estaba poblado por ganado que se derramaba desde el norte, así que el alimento, abundaba, y donde el alimento abunda, va la gente. Así nació la Banda Oriental, que luego fue la Provincia Oriental, luego, la Provincia Cisplatina, luego, de nuevo la Provincia Oriental, luego, en 1828, el Estado Oriental y por último, la República Oriental del Uruguay, que tuvo un período de esplendor a principios de siglo, cuando en seis meses construimos el Estadio Centenario y conquistamos tres campeonatos mundiales.
El problema vino tras la llamada Segunda Guerra Mundial (no fue ninguna guerra mundial sino una guerra de imperios) después de la cuál se definió un nuevo rol para estas tierras, un nuevo rol que aventaba al Diablo a la ganadería, o al menos, a los ganaderos criollos.
Hay un dato elocuente: en el año 1961, el veintiuno por ciento de nuestra población vivía en el campo. Hoy, sólo un cuatro por ciento. Según el Censo Agrario del 2011, 1200 familias, 1200 pequeños productores, abandonan el campo año tras año, un campo que es fagocitado por el latifundio, un latifundio que es fagocitado por las transnacionales.
El plan diseñado tras la mal llamada Segunda Guerra Mundial, implicaba que esta región debía de abastecer de madera al mundo así luego se podía hacer el suficiente papel para el packaging de las ventas de TEMU, para la burocracia política y comercial, y en particular, para limpiarse ciertas partes del cuerpo.
Si la idea era abastecer de madera, no se precisaba gente, y sin gente, es fácil apoderarse de un territorio. Ahora, ganaderos y agricultores que crearan bienes sociales y que a su vez, transmitieran su saber a su descendencia y que amaran su tierra, eran un estorbo, así que lo mejor que se podía hacer, era complicarles la vida.
BREVE HISTORIA DEL MUNDO GLOBALIZADO
El plan es bien simple: el capital financiero quiere ser definitivamente dueño del mundo antes de ser dueño de la luna, los planetas y todo lo demás, así que debe apoderarse del agua, la tierra y la energía, por lo que, entre otras lúcidas medidas, impiden a los ganaderos europeos usar de los químicos imprescindibles para la vida, les restan áreas de trabajo, les complican los créditos, les ejecutan el ganado y por último, les arrebatan las tierras.
En Uruguay, se les pone todo tipo de trabas disfrazadas siempre con el cuento de la seguridad sanitaria, dejan que los caminos sean un desastre, se cierran las escuelas rurales, las policlínicas y las comisarías, los dejan sin electricidad, les aumentan el precio del diésel, permiten que los frigoríficos establezcan el precio del ganado y se protege a los perros devenidos en lobos que se divierten matando ovejas y terneros, y guay del productor que mate a uno de estos perros devenidos en lobos.
Para que este genocidio de la vida rural se esté llevando a cabo, es necesario un previo lavado de cabeza de la población de la ciudad, así que en la escuela ya no se enseña que la vaca es generosa y todo lo brinda, sino que los perros devenidos en lobos tienen más derechos que los ganaderos, y que un nene no es nene, sino que puede ser nena, y que una nena no es nena, sino que puede ser nene, y acaso se vista a la fuerza al nene de nena y a la nena de nene.
Pero aquí no termina el lavado de cerebro: se nos pinta al ganadero como un estanciero despiadado que a fuerza del látigo, hace trabajar a sus esclavos disfrazados de peones rurales. Como el campo está tomado por el látigo de Mandinga, nada nos importa que se lo persiga cuando mata a un perro devenido en lobo, y así nace el grito de "¡Muerte a las jineteadas de Mandinga y muerte a Mandinga!"
El problema no es sólo este grito estúpido que viene ultra financiado por el capital financiero, sino que a la gente del campo le cuesta entender que alguien pueda estar en contra de la producción de alimentos sin la cuál no hay humanidad.
En la ciudad los hombres duermen bajo cartones. Miles de jóvenes reparten currículums sin esperanza. Un tambero acaba de venderlo todo. Los medios publican estupideces. La política nacional ha devenido en una telenovela venezolana de bajo presupuesto. Las parejas han decidido no tener hijos, pero "adoptan" un gato al que castran y apresan con una red en el balcón. A un criador de ovejas el corazón le dijo basta. El corazón de ese criador de ovejas es el corazón de nuestro campo. Del campo nació la ciudad, una ciudad que necesita del campo. Si muere el campo, morirá la ciudad.
Marcelo Marchese
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias