La pandemia del picudo rojo: una amenaza mal enfrentada. Leonardo Rodríguez Maglio

19.03.2026

Las primeras noticias sobre el picudo rojo llegaron a Uruguay en 2021, y al interior del país al año siguiente. Se trataba de una plaga importada desde el sudeste asiático que ataca y destruye en pocos meses a las palmeras de la especie Phoenix canariensis, tan presentes en nuestras ramblas y parques públicos, y también en muchísimos jardines privados.

Aquello debió haber encendido todas las alarmas. Sin embargo, la reacción fue tardía, insuficiente y carente de la urgencia que el problema exigía. El resultado está a la vista: la plaga se expandió por todo el territorio nacional, devastando palmeras canarias y afectando también especies autóctonas.

Una estrategia equivocada

Las autoridades, tanto del gobierno anterior como del actual, adoptaron una estrategia que dividió responsabilidades: el Estado protegería las palmeras del ornato público, mientras que los privados deberían encargarse de las suyas.

Pero esta visión es profundamente errada. El picudo rojo no es un problema individual, sino colectivo. Es una epidemia vegetal que, además, trasciende fronteras: hablamos de una pandemia global. Pretender que cada propietario enfrente solo esta amenaza es tan absurda como imaginar que, ante una pandemia humana, el Estado vacunara únicamente a sus funcionarios y dejara al resto de la población librada a su suerte.

Experiencias internacionales

El caso de las Islas Canarias demuestra que la plaga puede ser controlada. Allí, el picudo rojo llegó en 2005 y fue erradicado en 2011 gracias a un plan integral que incluyó:

  • Inyecciones en las palmeras.
  • Aplicación de insecticidas en las copas.
  • Trampas con feromonas para capturar adultos.
  • Extracción y destrucción controlada de ejemplares afectados.

Todo ello realizado con protocolos estrictos para evitar la dispersión del insecto. Sí, es un procedimiento costoso, pero también es la única vía efectiva.

El costo de la inacción

En Uruguay, la falta de un plan nacional ha generado un mercado desregulado y oneroso: extraer una palmera enferma puede costar hasta 2.500 dólares. Los particulares que intentan actuar lo hacen sin garantías de eficacia, mientras la plaga sigue avanzando.

La consecuencia es doble: se pierden palmeras que forman parte de nuestro paisaje y se altera el equilibrio ecológico, pues en ellas habitan especies como las comadrejas, que cumplen funciones de control natural sobre otras plagas. El riesgo de un efecto dominó ecológico es real.

¿Por qué no se actúa?

La respuesta parece simple: las palmeras son ornamentales, no productivas como la soja o el ganado. Al no generar rédito económico directo, su defensa no despierta un clamor colectivo ni moviliza recursos inmediatos. Sin embargo, su valor cultural, ambiental y estético es incalculable.

Ignorar esta pandemia vegetal es, en definitiva, despreciar la belleza, el patrimonio y el equilibrio natural que también sostienen nuestra calidad de vida.

Un llamado urgente

Señor presidente, señores ministros, legisladores, intendentes y alcaldes: el picudo rojo no es un problema privado, es un desafío nacional. La estrategia actual ha fracasado y seguirá fracasando mientras se insista en dejar la responsabilidad de los predios privados en manos de los particulares.

Este artículo es apenas una nota. Ojalá se sume a otras, hasta formar una melodía que pueda ser cantada en coro, cuyo eco logre sacudir la montaña, despertando conciencias y provocando una avalancha de acción.

Porque si no actuamos ahora, cuando la última palmera caiga, será demasiado tarde para preguntarnos hacia qué otra planta volarán estos insectos.

 

(*) Leonardo Rodríguez Maglio. Licenciado en Filosofía.


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2026-03-19T11:17:00

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