La productividad: la crisis que no hace ruido. Luis J. Camacho
31.07.2026
Por qué América Latina puede crecer sin transformar su capacidad de innovar, producir y pagar mejores salarios.
Un gobierno anuncia que la economía creció. Las exportaciones alcanzaron un nivel histórico, se registró una inversión importante y se crearon nuevos empleos. Casi al mismo tiempo, una familia se pregunta por qué el salario sigue sin alcanzar, una pequeña empresa continúa atrapada entre costos crecientes y márgenes estrechos, y un joven concluye que deberá buscar fuera de casa las oportunidades que no encuentra cerca.
Las dos imágenes pueden ser reales.
Una economía puede crecer sin transformar de manera equivalente su capacidad para innovar, organizar el trabajo, incorporar conocimiento y generar más valor. Puede producir más porque emplea a más personas, recibe más turistas, construye más, extrae más recursos o se beneficia de precios internacionales favorables. Todo ello cuenta y puede mejorar la vida de mucha gente. Pero no necesariamente significa que haya aprendido a producir mejor.
Las crisis económicas suelen hacer ruido. La inflación se percibe en el supermercado. El desempleo entra en las conversaciones familiares. Una devaluación modifica precios, planes y estados de ánimo. La baja productividad, en cambio, puede acompañar a una sociedad durante décadas sin provocar una escena que ocupe la primera plana.
No genera filas frente a los bancos ni obliga a declarar una emergencia. Incluso puede esconderse detrás de buenas noticias.
Esa es precisamente su peligrosidad: una economía puede hacerse más grande sin volverse mucho más capaz.
Crecer no es lo mismo que aprender
El producto interno bruto (PIB) responde a una pregunta fundamental: ¿cuánto produjo una economía? La productividad plantea otra: ¿cómo lo produjo, qué recursos necesitó y qué capacidades quedaron instaladas tras el crecimiento?
La productividad laboral mide, de manera simplificada, cuánto valor se genera por persona ocupada o por hora trabajada. La productividad total de los factores intenta captar algo más difícil: con qué eficiencia se combinan el trabajo y el capital. Allí intervienen la tecnología, la gestión, la infraestructura, las instituciones, el conocimiento y la capacidad de innovar.
Las dos medidas no son equivalentes. Una empresa puede aumentar la producción por empleado al adquirir maquinaria, aunque siga organizando mal sus procesos. Una economía puede mejorar su productividad laboral si los trabajadores se desplazan hacia sectores más eficientes, aunque la innovación no se haya difundido ampliamente. Por eso las estadísticas necesitan interpretación, no solo celebración.
Existe, además, una aclaración esencial: la productividad no implica trabajar más rápido ni extender la jornada. Un trabajador no puede compensar individualmente un puerto costoso, una conexión digital inestable, un trámite interminable, una dirección deficiente o un sistema educativo que no garantiza el aprendizaje. Confundir productividad con intensidad laboral convierte un problema estructural en un reproche dirigido a quien tiene menos poder para resolverlo.
La evidencia a largo plazo muestra la magnitud del desafío. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) estimó que entre 1960 y 2019 la economía de América Latina y el Caribe creció a una tasa anual de alrededor de 1.77%. La productividad aportó apenas 0.06 puntos porcentuales a ese crecimiento, frente a 2.31 puntos porcentuales en las economías emergentes de Asia.[1] Durante casi seis décadas, buena parte de la expansión regional provino de incorporar trabajo, educación y capital, pero no de aprender a combinarlos de manera radicalmente mejor.
La Comisión Económica para América Latina (CEPAL) describe el resultado como una "trampa de baja capacidad de crecimiento": la productividad regional ha permanecido estancada e incluso ha disminuido en la última década.[2] No se trata, por tanto, de una mala temporada. Es la acumulación de años en los que la innovación, la gestión y el conocimiento no se difundieron lo suficiente.
Una expansión coyuntural no tiene por qué transformar, por sí sola, una estructura productiva. El problema aparece cuando lo coyuntural se convierte en modelo: esperar que el próximo auge de precios, la próxima inversión o la temporada excepcional haga el trabajo que solo puede realizar una estrategia sostenida de aprendizaje.
Una región diversa con una dificultad compartida.
Hablar de América Latina exige cautela. La región no constituye una economía uniforme. Sus países difieren en tamaño, especialización, instituciones, estructura empresarial, integración internacional y condiciones laborales. Los promedios regionales permiten reconocer patrones; no sirven para calificar individualmente a cada nación.
Un informe conjunto de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), la CEPAL, el Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF) y la Comisión Europea señala que, en 2022, los países de América Latina y el Caribe destinaron menos del 0.5% del PIB a políticas explícitas de desarrollo productivo, sin incluir infraestructura ni educación general, frente a aproximadamente el 3% en los países de la OCDE. El mismo informe estima que apenas alrededor del 2% de los empleos de la región corresponden a actividades de alta o media-alta intensidad tecnológica, en comparación con el 7.7% en la OCDE.[3]
Estas cifras no significan que América Latina carezca de talento, de empresas competitivas ni de sectores avanzados. Los tiene. El problema es su limitada difusión. En una misma economía pueden coexistir organizaciones capaces de competir globalmente y miles de unidades productivas con poco capital, crédito costoso, baja digitalización y una gestión basada más en la supervivencia cotidiana que en la planificación.
Nuestras economías se parecen con frecuencia a archipiélagos: algunas islas de alta productividad mantienen conexiones débiles con el territorio que las rodea.
El desafío no consiste únicamente en crear empresas ejemplares ni en atraer proyectos de gran escala. Consiste en lograr que a su alrededor se desarrollen proveedores, trabajadores especializados, servicios técnicos, centros de investigación y nuevas organizaciones capaces de aprender de dicha actividad. Sin esos puentes, el éxito permanece aislado.
La informalidad no es falta de esfuerzo.
La heterogeneidad productiva también se observa en el empleo. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estimó que, durante el primer semestre de 2025, cerca del 47% de las personas ocupadas en América Latina y el Caribe trabajaban en condiciones de informalidad.[4] El promedio esconde diferencias importantes entre países, sectores y territorios, pero revela la magnitud regional del fenómeno.
La informalidad dificulta la capacitación, la protección social, el acceso al crédito y la acumulación de conocimiento en las empresas. Una unidad productiva que no sabe si sobrevivirá el próximo mes difícilmente puede financiar investigación, adoptar un sistema complejo o construir una trayectoria profesional para sus trabajadores.
Sería injusto, sin embargo, describir la informalidad como una elección cómoda o una deficiencia cultural. Con frecuencia, la informalidad y la baja productividad son resultados de los mismos obstáculos: financiamiento escaso, capacidades gerenciales limitadas, mercados pequeños, infraestructura deficiente, educación desigual y regulaciones diseñadas para empresas que ya poseen los recursos necesarios para cumplirlas.
Formalizar no puede consistir únicamente en registrar y sancionar. Debe permitir producir mejor. Si entrar a la formalidad solo añade costos y trámites, pero no abre acceso a crédito, tecnología, protección, capacitación o mercados, la política exige una transformación sin ofrecer los medios para realizarla.
La competencia también importa. El Banco Mundial advierte que la escasa competencia en diversos mercados de la región perjudica a los consumidores, limita la calidad y debilita los incentivos para innovar. Sin embargo, también subraya que una mayor exposición a la competencia debe ir acompañada de políticas que fortalezcan las capacidades productivas y tecnológicas de las empresas, las competencias de los trabajadores y los sistemas nacionales de innovación. Sin esas condiciones complementarias, muchas empresas locales pueden tener dificultades para adaptarse y aprovechar los beneficios de mercados más abiertos.[5]
La solución no consiste en proteger indefinidamente la ineficiencia ni en exponer a las empresas más frágiles a una competencia para la que nunca pudieron prepararse. Consiste en combinar reglas competitivas con financiamiento, formación, infraestructura e innovación. La competencia puede impulsar a mejorar; no enseña por sí sola cómo hacerlo.
Exportar más no siempre significa aprender más.
América Latina posee recursos y oportunidades que el mundo necesita. Produce alimentos, minerales críticos y energía; recibe turismo; desarrolla servicios digitales y ocupa una posición estratégica en la reorganización de las cadenas globales. El error sería suponer que cada dólar exportado se transforma automáticamente en capacidad productiva.
Una actividad exportadora puede aumentar sus ingresos importando gran parte de sus insumos y manteniendo pocos vínculos con el resto de la economía. También puede convertirse en el centro de una red de proveedores, laboratorios, centros de formación y servicios especializados. Las dos situaciones mejoran las estadísticas externas, pero solo la segunda multiplica el conocimiento disponible.
Por eso, además de preguntar cuánto exportamos, conviene preguntar qué aprendemos al exportar. ¿Se forman trabajadores? ¿Se desarrollan proveedores locales? ¿Se financia la investigación? ¿Surgen empresas capaces de certificar, diseñar, programar o comercializar? ¿La inversión transfiere tecnología? ¿El territorio adquiere capacidades que perdurarán cuando cambie el ciclo económico?
No basta con participar en una cadena global. Importan tanto la tarea realizada como la posibilidad de avanzar en ella. Extraer, ensamblar o alojar puede generar empleo e ingresos. Diseñar, investigar, certificar, gestionar marcas y desarrollar tecnología generan capacidades más difíciles de sustituir.
El verdadero éxito de una inversión no se mide únicamente el día en que se anuncia. También se mide años después, cuando ya es posible identificar qué conocimientos, empresas y trabajadores crecieron a su alrededor.
Reunirse no equivale a innovar.
En casi todos los discursos sobre productividad aparece la misma fórmula: el Estado, las empresas y las universidades deben trabajar juntos. La afirmación es correcta, pero es demasiado general. El valor no depende de reunir actores, sino de la profundidad del vínculo que logren construir.
Un artículo publicado en los Proceedings of the Academy of Latin American Business and Sustainability Studies examinó, mediante una encuesta a 37 instituciones vinculadas a proyectos de investigación y desarrollo, los canales de colaboración entre universidades, empresas y entidades públicas de la República Dominicana. El estudio encontró un predominio de mecanismos tradicionales y operativos (proyectos conjuntos, pasantías y servicios técnicos), mientras que las licencias tecnológicas, las empresas derivadas y los laboratorios compartidos seguían siendo marginales. También identificó barreras de financiamiento, agendas desalineadas, estructuras institucionales débiles y una cultura de innovación limitada.[6]
La investigación se circunscribe a un ecosistema caribeño y no permite generalizar sus resultados a toda América Latina. Su valor en esta discusión es más preciso: muestra qué debemos observar al hablar de colaboración. Una pasantía o un convenio puede ser valioso, pero no equivale automáticamente a transferencia tecnológica, creación empresarial o innovación acumulativa.
La reunión es el comienzo, no el resultado.
Las universidades necesitan incentivos para resolver problemas productivos sin abandonar la investigación fundamental. Las empresas deben participar en la definición y la ejecución de proyectos, no aparecer únicamente al final como receptoras. Los gobiernos deben ofrecer continuidad, reglas claras y mecanismos de evaluación. Si cada actor conserva sus propios tiempos, lenguajes y recompensas, la colaboración termina produciendo ceremonias, documentos y fotografías, pero pocas capacidades nuevas.
La tecnología no se difunde sola.
La inteligencia artificial, la automatización y las tecnologías de la llamada Industria 4.0 suelen presentarse como atajos hacia la productividad. Pueden ser herramientas poderosas, pero comprar tecnología no equivale a transformar una organización.
Un programa costoso implementado sobre un proceso deficiente puede digitalizar la ineficiencia sin eliminarla. La tecnología genera valor cuando se combina con dirección competente, trabajadores capacitados, financiamiento, energía confiable, objetivos claros y disposición para reorganizar el trabajo.
Un estudio de casos múltiples, publicado en Latin American Business and Sustainability Review y basado en 18 MIPYMEs de Puerto Rico en el contexto caribeño, encontró beneficios asociados a la interoperabilidad, el análisis de datos, las proyecciones y la relación con los clientes. También identificó obstáculos mucho menos futuristas: la inestabilidad del sistema eléctrico, la falta de financiamiento y las limitaciones de capital.[7]
El estudio tampoco pretende representar toda la diversidad regional. Sí, ilustra una lección aplicable más allá de los casos examinados: la innovación no depende únicamente de la herramienta, sino del ecosistema que permite utilizarla.
La inteligencia artificial puede ayudar a una pequeña empresa a analizar las ventas, atender a los clientes o gestionar los inventarios. Pero no resolverá por sí sola una logística costosa, un crédito inaccesible, una conectividad precaria ni una administración que desconoce sus propios costos. Sin capacidades complementarias, la tecnología corre el riesgo de ampliar la brecha entre quienes pueden integrarla y quienes apenas pueden adquirirla.
Tampoco toda automatización representa progreso. Si solo aumenta la vigilancia, intensifica el ritmo o traslada riesgos al trabajador, puede mejorar una métrica empresarial sin impulsar el desarrollo. La productividad sostenible debe generar más valor con mejor calidad, menor desperdicio, mayor aprendizaje y condiciones laborales dignas.
Sin productividad, los mejores salarios encuentran límites; con ella, tampoco basta.
La productividad importa porque amplía el espacio económico en el que los salarios reales pueden crecer de manera sostenible. Si cada hora de trabajo genera poco valor, las empresas enfrentan límites para pagar más sin elevar los precios, sin perder competitividad ni desaparecer. Pero el razonamiento inverso tampoco es automático. Cuando la productividad aumenta, los salarios no necesariamente aumentan al mismo ritmo.
La OCDE señala que la capacidad empresarial para elevar salarios y otros ingresos laborales depende del crecimiento de la productividad. También documenta, para los países que cubre, periodos en los que la remuneración real por hora no acompañó ese aumento. Desde mediados de la década de 1990, aproximadamente una cuarta parte de los países con datos disponibles registró un crecimiento del ingreso laboral real inferior al de la productividad.[8]
Esa evidencia no debe trasladarse mecánicamente a América Latina. Sirve para demostrar un principio general: producir más valor abre la posibilidad de pagar mejor, pero no determina cómo se distribuye ese valor.
Entre ambos resultados intervienen la competencia, la negociación laboral, la formalización, la estructura tributaria, la concentración empresarial y el poder dentro de las organizaciones. También importa dónde ocurre la mejora. Si la productividad aumenta solo en algunos sectores intensivos en capital, el promedio nacional puede subir sin que el beneficio alcance a la mayoría de los trabajadores.
Existen, entonces, dos conversaciones que no deben confundirse. La primera es productiva: ¿cuánto valor genera una economía por hora y qué capacidades le permiten aumentarlo? La segunda es distributiva: ¿quién recibe los beneficios cuando ese valor crece?
Pedir mejores salarios sin construir capacidades productivas puede encontrar límites difíciles de sostener. Celebrar la productividad sin examinar quién recibe sus beneficios puede generar crecimiento sin legitimidad.
La productividad que importa no es la que genera más agotamiento por hora. Es la que permite crear más valor, pagar mejor, reducir desperdicios, aprender y liberar tiempo humano para tareas de mayor calidad.
Una agenda menos vistosa y más decisiva.
La productividad rara vez ofrece una inauguración espectacular. Se construye mediante decisiones acumuladas: una escuela que realmente enseña; una empresa que profesionaliza su gestión; un trámite que deja de consumir días; un proveedor que logra certificarse; una universidad que convierte el conocimiento en soluciones; una infraestructura que funciona cuando se necesita.
América Latina necesita políticas de desarrollo productivo que superen el ciclo electoral. No se trata de escoger empresas favoritas desde un escritorio ni de regresar a un proteccionismo sin evaluación. Se trata de identificar capacidades potenciales, coordinar instituciones y corregir los instrumentos que no arrojan resultados.
Las MIPYMEs requieren algo más que crédito. Necesitan formación gerencial, extensión tecnológica, acceso a datos, estándares, compras públicas bien diseñadas y conexiones con empresas más grandes. La educación debe evaluarse por el aprendizaje y la capacidad de resolver problemas, no solo por la cantidad de matrículas y títulos.
La integración regional también debe superar la discusión arancelaria. Puede crear escala para investigar, certificar, financiar la innovación, compartir infraestructura y desarrollar proveedores. Ningún país necesita producirlo todo, pero la fragmentación obliga a muchos a adquirir capacidades que podrían construirse de forma cooperativa.
Toda política de competencia debe ir acompañada de una política de capacidades. Toda política tecnológica debe considerar la infraestructura y el aprendizaje. Toda alianza universidad-empresa debe medirse por lo que transfiere y transforma. Y toda mejora productiva requiere un acuerdo social sobre sus beneficios.
Si innovar significa únicamente despedir trabajadores o exigir más por el mismo salario, encontrará una resistencia comprensible. Si se traduce en mejores remuneraciones, formación, crecimiento empresarial, protección social y servicios públicos de calidad, la productividad deja de parecer una exigencia impuesta y puede convertirse en un proyecto compartido.
América Latina no carece de personas que trabajen duro. Con demasiada frecuencia, las obliga a trabajar en sistemas que aprenden poco.
Las crisis ruidosas exigen reacción. La crisis de productividad demanda algo más difícil: continuidad, cooperación y voluntad de actuar antes de que el estancamiento parezca normal.
El PIB puede decirnos cuánto creció una economía. La productividad compartida nos dice si ese movimiento aprendió a convertirse en futuro.
Luis J. Camacho es académico, investigador y editor en las áreas de negocios internacionales, comportamiento del consumidor y sostenibilidad. Preside ALBUS y dirige LABSREVIEW.
Referencias:
[1] Galindo, A. J., & Izquierdo, A. (Coords.). (2024). 2024 Latin American and Caribbean Macroeconomic Report: Ready for Take-Off? Building on Macroeconomic Stability for Growth. Banco Interamericano de Desarrollo. https://doi.org/10.18235/0005667
[2] Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2025). Panorama de las Políticas de Desarrollo Productivo en América Latina y el Caribe, 2025: ¿cómo salir de la trampa de baja capacidad para crecer? Resumen ejecutivo (LC/PUB.2025/16). Naciones Unidas. https://www.cepal.org/es/publicaciones/82533-panorama-politicas-desarrollo-productivo-america-latina-caribe-2025-como-salir
[3] OECD, Comisión Económica para América Latina y el Caribe, CAF Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe y Comisión Europea. (2026). Perspectivas económicas de América Latina 2025: Impulsando y financiando la transformación productiva. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/e4f25c0d-es
[4] Organización Internacional del Trabajo. (2025). Panorama Laboral 2025: América Latina y el Caribe. Oficina Regional de la OIT para América Latina y el Caribe. https://doi.org/10.54394/SCJS5838
[5] Maloney, W. F., Garriga, P., Meléndez, M., Morales, R., Jooste, C., Sampi, J., Thompson Araujo, J. T., & Vostroknutova, E. (2024). Competition: The Missing Ingredient for Growth? Latin America and the Caribbean Economic Review. Banco Mundial. https://doi.org/10.1596/978-1-4648-2111-0
[6] Núñez, R. (2025). Typology and strategic value of university-industry collaboration channels: Empirical evidence from the Dominican Republic. Proceedings of the Academy of Latin American Business and Sustainability Studies (ALBUS), 3(1), 289-296. https://doi.org/10.70469/ALBUS.10
[7] Orengo-Serra, K. L. (2025). Adoption of 4.0 technologies in MSMEs in the Caribbean: A multiple cases study. Latin American Business and Sustainability Review, 2(1), 8-19. https://doi.org/10.70469/labsreview.v1i2.11
[8] OECD. (2024). OECD Compendium of Productivity Indicators 2024. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/b96cd88a-en
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias