La visita de León XIV y la construcción de una nueva sociedad. Gastón Castillo
05.11.2026
En las próximas horas, el sumo pontífice de la Iglesia Católica y Jefe de Estado de la Ciudad del Vaticano pisará suelo uruguayo, marcando el retorno de una figura papal a nuestro país tras más de tres décadas.
León XIV emprende su viaje al Cono Sur bajo un convulso telón de fondo internacional: el recrudecimiento de las hostilidades en Medio Oriente, el drama humanitario en Gaza, el avance de la ultraderecha en el mundo y la concentración del poder tecnológico en una élite corporativa global. En este escenario, su mensaje cobra un sentido de urgencia sobre la responsabilidad ética de la sociedad mundial y la realidad de nuestra región, atravesada por profundas asimetrías estructurales entre la riqueza acumulada y la marginación que asfixia a las periferias del Sur global.
Uruguay, siendo la república más secular del continente, vuelve a posicionarse como un faro institucional e histórico en el continente. Que el pontífice haya elegido nuestro territorio para celebrar su primera misa en América Latina no es un dato menor: sitúa la mirada de la región sobre nuestra casa común. Más allá de los debates predecibles sobre la conveniencia y el alcance de su visita -y de las confusiones frecuentes entre la laicidad de nuestra república y la idea de "laicismo"-, resulta imprescindible reconocer la dualidad del Papa León XIV como guía espiritual y líder de estado. Se trata de una vocación valiente, capaz de plantarse con firmeza frente a las pretensiones hegemónicas e imposiciones imperiales de potencias que intentan supeditar el destino de un mundo que anhela avanzar en su dimensión humana.
Su más reciente encíclica plantea desafíos que interpelan directamente los principios que han guiado a la izquierda y al progresismo uruguayo. Destacando, en primer lugar, la actualización de la Doctrina Social de la Iglesia como herramienta crítica frente a la concentración económica y tecnológica, un fenómeno que profundiza la vulnerabilidad de nuestros pueblos.
Asimismo, el texto rescata la dignificación del trabajo y la justa remuneración como premisas insustituibles para la vida humana. Este postulado adquiere una vigencia crítica en una época donde los avances de la Inteligencia Artificial y la automatización amenazan con precarizar el tejido laboral tradicional. Recuperando el pensamiento histórico de Pío XII, la encíclica reivindica el rol inalienable de la sociedad civil y del movimiento sindical en la defensa y construcción del bien común.
El mensaje papal no esquiva los grandes dilemas contemporáneos: apela a la solidaridad entre las naciones frente a la crisis socioambiental, denuncia la desintegración del tejido comunitario y clama por la paz en pleno auge
militarista. Da continuidad al legado de Francisco al colocar a la justicia social como eje conceptual indiscutible de la acción católica, integrando un reconocimiento explícito a la equidad de género. El documento señala con nitidez que la sociedad debe escuchar, valorar e integrar el aporte de las mujeres no solo desde la retórica, sino en la aplicación efectiva de la ley, el acceso al empleo cualificado, la educación y los espacios de toma de decisión.
Junto a la defensa del desarrollo humano, la imprescindible intervención del Estado y los valores de verdad, justicia y libertad, el pontífice lanza un advertencia directa al sistema político al sostener que: ''Cuando la política renuncia a una visión de largo plazo y se reduce a cálculos coyunturales o a polarizaciones estériles, los discursos sobre el bien común pierden credibilidad, al tiempo que se profundizan las desigualdades y las fracturas sociales''.
Habrá quienes busquen reducir este documento a un mero texto teológico. Sin embargo, esa mirada resulta desatinada. Estamos ante una verdadera hoja de ruta política y ética sobre el posicionamiento que el humanismo cristiano debe asumir frente a los extremismos y posturas radicales que amenazan la institucionalidad democrática, el republicanismo y la soberanía de nuestros pueblos.
Uruguay no es ajeno a este choque de época. Por ello, desde el progresismo nos corresponde abrevar en el legado de figuras como ''Perico'' Pérez Aguirre, María Auxiliadora Delgado o Juan Pablo Terra. Es momento de revalidar la defensa innegociable de la libertad religiosa, la agenda de derechos conquistada y la laicidad positiva, recordando que la raíz originaria del compromiso cristiano descansa en la cercanía con los más postergados, los enfermos y los vulnerados. Desde esa memoria histórica debemos articular un Uruguay menos desigual, con mayor justicia social.
La llegada de León XIV nos ofrece una alegría profunda: la certeza de que no debemos renunciar a la esperanza de edificar un mundo verdaderamente fraterno, solidario y mancomunado.
Gaston Castillo es Diputado suplente por el Frente Amplio e integrante de Encuentro Sur - Espacio 609, Niro Vazquez es Edil suplente por Montevideo e integrante de Seregnistas 95 y Matías López asesor parlamentario de La Amplia.
Foto de portada: Gobierno de Paysandù
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias