Las invasiones silenciosas: La permanente sensación del libreto ajeno. Liliana Pertuy

29.09.2026

El gobierno abandona su propio libreto y adopta, consciente o inconscientemente, uno ajeno. Y eso tiene consecuencias múltiples.

 

Por un lado, se aleja de su base, de su respaldo, en busca de una ilusión de apoyo que le permita compensar su fragilidad electoral y la falta de mayorías. Es una trampa perfecta: queda atenazado entre dos pinzas. Y eso, finalmente, lo aísla.

Actúa con un libreto ajeno y su propio público lo abuchea cuando sale a saludar. Pero también lo reprime el dueño del otro libreto porque no lo interpreta suficientemente bien. Nunca han sido buenas las imitaciones.

Y no, no se trata de no hacer olas. Siempre pienso más lejos. Esta es la cuestión.

Y hablando de olas, aparece Praxis, cuyo dueño, líder, pastor o guía es un surfista tecnológico.

¿Qué es Praxis?

Praxis se autodefine como una "nación digital". Su fundador es el estadounidense Dryden Brown. En los últimos días ha adquirido una enorme visibilidad pública en el Río de la Plata a partir del anuncio de su llegada a Uruguay y del acuerdo con el proyecto urbanístico +Colonia, en Colonia del Sacramento.

Se ha anunciado una inversión proyectada del entorno de US$ 1.000 millones, vinculada fundamentalmente a la construcción de viviendas para integrantes de la comunidad. La primera etapa está prevista para comenzar en 2027. 

Praxis se presenta como una comunidad tecnológica que pretende crear nuevos sistemas culturales, económicos y de organización social. En sus propios términos, busca construir una nueva ciudad para la era posterior a la inteligencia artificial general.

Hasta aquí, podríamos estar simplemente frente a otro proyecto de inversión.

Pero hay algo más que merece nuestra atención.

¿Por qué Praxis genera controversia?

Porque alrededor de Praxis existen elementos que han provocado fuertes cuestionamientos públicos.

Se ha informado sobre documentos internos y concepciones referidas a determinados "estándares tradicionales de belleza europeo-occidentales", así como sobre una organización social basada en distintos arquetipos físicos y funcionales.

En los materiales difundidos aparecen categorías como "guerreros", "sacerdotes" y "mercaderes", asociadas a determinadas características físicas, funciones sociales y roles dentro de la comunidad.

También resulta relevante su búsqueda, durante los últimos años, de territorios donde desarrollar modelos de ciudades con elevados niveles de autonomía respecto de los Estados nacionales.

No estoy haciendo una acusación gratuita. Estoy poniendo sobre la mesa información que ya está publicada y que puede ser consultada.

Y por eso vale la pena detenerse.

Vuelta al feudalismo

Las llamadas "ciudades libres", charter cities o ciudades modelo no son una invención de Praxis.

En Honduras existió el régimen de las Zonas de Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE). Uno de los casos más conocidos es Próspera, en la isla de Roatán.

Estas zonas fueron concebidas con amplios niveles de autonomía fiscal, normativa y administrativa. Aunque se encontraban dentro del territorio hondureño, sus promotores aspiraban a desarrollar estructuras institucionales diferenciadas del Estado nacional.

El régimen de las ZEDE fue derogado y posteriormente declarado inconstitucional. Sin embargo, el conflicto no terminó allí: los inversores iniciaron demandas internacionales contra el Estado hondureño.

El caso de Honduras Próspera Inc. contra la República de Honduras continúa ante el CIADI. El propio registro del organismo identifica como instrumentos invocados el Acuerdo de Estabilidad Jurídica y Protección al Inversor y el CAFTA-DR. 

La magnitud económica de la disputa también es significativa. La reclamación de Próspera, que originalmente rondaba los US$ 10.775 millones, fue posteriormente reducida a aproximadamente US$ 1.630 millones. Esa cifra es el monto reclamado, no una obligación ya determinada contra Honduras.

¿Por qué me detengo en esto? Porque no quiero que lo que digo parezca simplemente una manera de hacer olas. Está en la prensa. Está en documentos. Está en los tribunales internacionales. Está ocurriendo. Y precisamente por eso debemos mirar más lejos.

Ahora sí: vayamos a nuestro país

Las sectas han existido desde tiempos inmemoriales. Históricamente, el término estuvo relacionado con grupos que se separaban de una corriente principal de pensamiento, religión o filosofía.

Con el tiempo, la palabra adquirió connotaciones negativas y comenzó a asociarse con organizaciones cerradas, con fuertes mecanismos de adhesión y con liderazgos autoritarios.

La característica que me interesa señalar es otra: cuando el líder es presentado como el iluminado, el enviado, el que sabe, desaparece progresivamente la libertad de pensamiento del individuo.

La secta ofrece seguridad. El individuo está amparado, "cuidado", protegido. No necesita pensar demasiado cuál será su rumbo porque alguien ya se lo ha establecido.

Y allí aparece otra palabra que me preocupa: oscurantismo. El oscurantismo ha sido utilizado históricamente para referirse a la obstaculización de la difusión del conocimiento y al mantenimiento de la ignorancia.

Y si algo amenaza profundamente a una democracia es justamente eso: que las personas dejen de pensar por sí mismas. Porque una ciudadanía que no piensa es una ciudadanía que puede ser conducida.

Oligarquía tecnológica

La oligarquía, en su sentido político clásico, refiere a la concentración del poder en manos de unos pocos.

Hoy tenemos que empezar a preguntarnos si estamos asistiendo a una nueva forma de concentración del poder: la oligarquía tecnológica.

No se trata solamente de quienes tienen dinero. Se trata de quienes concentran simultáneamente capital, tecnología, información, capacidad de comunicación, plataformas, algoritmos y conocimiento especializado.

El poder se concentra en quienes saben, pero también en quienes poseen los recursos materiales para hacer que ese conocimiento se transforme en poder efectivo. Y aquí aparece una combinación que considero peligrosa: tecnología, concentración económica, liderazgo personalista, comunidades cerradas y aspiraciones de autonomía territorial.

La vieja ciudad-Estado vuelve a aparecer bajo una nueva estética. Ya no hablamos de señores feudales con castillos. Hablamos de capital tecnológico, inteligencia artificial, criptomonedas, algoritmos, plataformas y ciudades privadas.

Pero la pregunta sigue siendo la misma: ¿Quién manda?

Del algoritmo al alma

Las nuevas formas de poder no necesitan necesariamente prohibir. Pueden orientar. Pueden seleccionar. Pueden producir preferencias.

Los algoritmos no solamente organizan qué vemos. También pueden contribuir a determinar qué deseamos ver, qué consumimos, qué consideramos atractivo, qué consideramos normal y hasta qué entendemos por éxito.

La secta orienta y controla al rebaño. El algoritmo puede performar el alma. Nuestros gustos. Nuestra moral. Nuestros deseos. Nuestra percepción del mundo. Y esto tiene una dimensión política enorme. 

Porque el poder más eficaz no siempre es el que obliga. Muchas veces es el que consigue que el individuo quiera aquello que el poder necesita que quiera.

¿Cómo se une todo esto?

Se une en una determinada concepción del futuro. Un nuevo orden donde la oligarquía tecnológica necesita territorios, espacios de autonomía y nuevas formas de organización social.

Personas autoexplotadas y convencidas de que la explotación es libertad. Personas que aceptan como "nuevos" valores que, en realidad, pueden ser viejos valores restaurados bajo una estética tecnológica.

Y mientras una parte del mundo habla de emancipación, igualdad y derechos, otra puede estar construyendo una sociedad donde esos principios sean considerados el origen de todos los males. Frente al derrumbe de determinadas formas del capitalismo global, el propio capitalismo puede presentarse nuevamente como el salvador del mundo.

La nueva moral puede ser la vieja moral. Porque, finalmente, el reino prometido vuelve a estar allí. Nada nuevo.

¿O sí?. Tal vez lo que nos deja estupefactos es que nos creíamos demasiado modernos.

Es peligroso

Es peligroso aceptar alegremente la instalación de proyectos con estas características en un país pequeño como Uruguay sin discutir públicamente qué significan, cuáles son sus condiciones, qué derechos tienen quienes participan de ellos, qué obligaciones mantienen frente al Estado y cuáles son los límites que nuestra legislación establece.

No se trata de rechazar toda inversión extranjera. Tampoco de demonizar la tecnología. Se trata de no entregar la capacidad de pensar antes de que otros piensen por nosotros. Como siempre, mi estrategia, en vez de esconderme, es ampliar la mirada.

Esconderse nos hace vulnerables. Nos convierte en una presa más fácil del depredador. De esto sabemos mucho las mujeres.

¿Y la soberanía?

Aquí aparece una palabra que para mí resulta central: soberanía.

No como una frontera dibujada en un mapa. Soberanía como capacidad de una sociedad de decidir sobre sí misma. ¿Quién establece las reglas? ¿Quién controla el territorio? ¿Quién garantiza los derechos? ¿Quién controla las actividades económicas? ¿Quién responde frente a la ciudadanía? ¿Quién puede ser juzgado y por quién? ¿Quién controla los datos? ¿Quién controla la inteligencia artificial? ¿Quién controla los algoritmos? ¿Quién decide qué se puede hacer dentro de nuestro territorio?

Esas son las preguntas que tenemos que hacer. No alcanza con decir que se actuará "con responsabilidad". La responsabilidad democrática exige información, debate público, conocimiento y transparencia. No estamos en tiempos de confianza a ciegas.

Un territorio no deja de ser soberano porque alguien tenga mucho dinero o mucha tecnología.

¿Para quién juega nuestro Estado?

Esa es la pregunta.

¿Para quién juega nuestro Estado? ¿Para los inversores? ¿Para las empresas? ¿Para las grandes plataformas tecnológicas? ¿O sigue siendo, antes que nada, el defensor de su pueblo y de su sociedad?

No estoy planteando una oposición entre inversión y soberanía. Estoy planteando algo bastante más sencillo: la inversión debe estar al servicio de la sociedad y sometida a sus reglas democráticas.

Porque si invertimos la relación, si es el Estado el que termina adaptándose a las necesidades del inversor, entonces el poder deja de estar donde debería.

Y eso sí es un problema.

Las invasiones silenciosas

Cuando hablo de que el imperialismo nos envenena el agua, hablo también de esto.

No siempre llega con barcos. No siempre llega con soldados. Puede penetrar en distintos niveles. Con amenazas. Con propuestas. Con inversiones. Con zanahorias. Con promesas. Con modelos culturales. Con tecnologías. Con nuevas formas de dependencia.

Y si del otro lado no encuentra contundencia ideológica, conocimiento, soberanía y dignidad, ya hizo el agujero en la muralla.

No hace falta que la muralla caiga de golpe. Alcanza con que nadie se dé cuenta de que alguien empezó a perforarla.

¿Islas dentro de nuestra democracia?

Mi temor es que terminemos construyendo islas. Islas de privilegio dentro de una democracia. Islas donde circulen capitales, tecnología y poder transnacional mientras el resto de la sociedad observa desde afuera.

No afirmo que eso vaya a ocurrir inevitablemente en Uruguay. Digo que tenemos la obligación de discutirlo antes. Porque si esperamos a que ocurra para discutirlo, probablemente lleguemos tarde.

Y entonces Uruguay puede terminar funcionando como laboratorio de un nuevo orden: oligárquico, tecnocrático, profundamente desigual y cerrado sobre sí mismo. Un orden donde unos pocos deciden y muchos simplemente consumen las decisiones.

La valla

La derecha nacional no necesita que nadie le construya todas las condiciones. La ultraderecha tampoco.

Pero si quienes defienden una democracia social, republicana, soberana y profundamente igualitaria no construyen una valla política, cultural e intelectual, otros la construirán por nosotros.

Y la pregunta no es solamente quién construirá esa valla.

La pregunta es: ¿Con qué ideas? ¿Con qué valores? ¿Con qué conocimiento? ¿Con qué proyecto de país?

Porque en el medio estamos nosotros. A veces sin saber qué hacer. A veces con miedo a perder nuestros beneficios. A veces demasiado ocupados en conservar lo que tenemos como para preguntarnos qué mundo estamos ayudando a construir.

Y esa es, justamente, la tormenta perfecta. Por eso hay que mirar más lejos.

No para hacer olas. Sino para saber de dónde vienen.

Liliana Pertuy es socióloga, feminista. Militante por la memoria, la verdad y la justicia. Denunciante de terrorismo de Estado, caso menores detenidos en Treinta y Tres. Ciudadana y artista plástica.

Foto: Yamandú Orsi con Dryden Brown, de Praxis / Subrayado (canal 10)

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2026-09-29T02:29:00

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