Las máscaras de América Latina: Los otros rostros de Argentina. Claudio Rama
30.10.2026
Hay una Argentina que no cabe en la imagen de los barcos que llegaron al puerto de Buenos Aires. Sus rostros están también en la madera tallada de una máscara chané, en los diablos de la Quebrada de Humahuaca y, en los Carnavales de Oman y Tartagal.

Máscara de Humahuaca. Metal, goma, lana, plástico, vidrio. Moldeado, costura, pegado: Siglo XX
Al reunir y estudiar máscaras latinoamericanas, me interesa detenerme en esa diversidad que tantas veces queda fuera del relato nacional. Estas piezas permiten mirar un país desde sus fiestas, sus creencias y las maneras en que sus comunidades se relacionan con los muertos.
La idea de una sociedad trasplantada desde Europa iluminó una parte de la historia argentina, pero dejó otras en penumbra. Los pueblos del sur, las culturas andinas del noroeste y las comunidades del Gran Chaco también forman parte de su trama. Sus herencias no son un capítulo cerrado de la historia. Se manifiestan en prácticas que se transmiten y se transforman. En este recorrido por las máscaras de América Latina, Argentina invita a revisar cuánto de esa pluralidad seguimos sin reconocer.
En Salta, las máscaras chané ofrecen una entrada a ese mundo. Su territorio cultural rebasa las fronteras nacionales y se vincula con comunidades de Bolivia y Paraguay.
El Gran Chaco fue escenario de resistencias, desplazamientos y encuentros entre pueblos, a los que se sumó la acción de las misiones religiosas. De esa historia compleja procede un paisaje cultural que no se entiende si se lo encierra dentro de un solo país. Las máscaras muestran relaciones que los mapas políticos apenas alcanzan a explicar.
En el centro de esta tradición está el Arete Guazú, la Fiesta Grande, asociada a la cosecha del maíz. Hay danzas comunitarias, chicha y agradecimiento por el alimento recibido, pero también un encuentro con los antepasados. El maíz sostiene la vida y vincula el trabajo de quienes siembran con la continuidad de la comunidad. La celebración permite agradecer la cosecha y pedir por las siembras futuras. Por eso, su coincidencia con el tiempo del carnaval no basta para explicar su sentido. La palabra aña, con la que se designan estas máscaras, remite a los espíritus y a los muertos. Su traducción como "demoni" exige cuidado: puede llevarnos a interpretar una creencia indígena únicamente desde categorías cristianas. Allí destaca la relación entre quienes viven y quienes ya murieron. Durante la ceremonia, la máscara puede ser habitada por los espíritus y los rostros tallados hace posible una presencia que la comunidad reconoce, aunque no sea visible en la vida cotidiana. Ese encuentro también requiere protección.
En las creencias vinculadas al Arete, un difunto puede intentar llevarse el alma de un familiar por añoranza. La máscara oculta la identidad de quien la porta y lo resguarda de ese reconocimiento. Hay aquí una proximidad con los muertos que incluye afecto, respeto y temor.
Me resulta especialmente sugerente esa doble condición: la pieza permite acercarse a los ancestros y, al mismo tiempo, establece una distancia necesaria frente a ellos. Las formas de las máscaras expresan diferencias dentro de ese universo. Las aña-ndechi representan a los ancianos mediante rostros humanos generalmente sencillos.
Las aña-hanti o aña-tairusu, asociadas a los jóvenes, incorporan una prolongación superior, el hanti, donde aparecen motivos geométricos, astros o figuras animales. Otras llevan plumas, mientras las de animales remiten a espíritus vinculados con su custodia. Un jaguar, una flor o un sol forman parte de un lenguaje que merece ser leído junto con la ceremonia. La madera clara del yuchán permite dar forma a estas piezas. El tallado, la pintura y los calados producen rostros que adquieren sentido al ser llevados por los danzantes.
Algunos diseños se relacionan incluso con distintos momentos del día: el sol puede aparecer en la máscara de la mañana y una pequeña visera proteger la mirada al mediodía. Como coleccionista, estos detalles me recuerdan que la pieza inmóvil es apenas una parte de lo que buscamos comprender. Faltan el cuerpo, la música y el tiempo de la fiesta.
En Tartagal y Orán, ese mundo ritual convive con otras expresiones festivas. Los bailes del pim pim y las tradiciones ava guaraníes comparten el espacio regional con comparsas y manifestaciones de raíz andina. Hay máscaras de animales y personajes de gestos irónicos; también figuras como el soplador, el silbador o el mascador de coca. Los corsos reúnen distintas pertenencias. Esa convivencia permite advertir una cultura que cambia con los encuentros y las circulaciones de sus habitantes, sin perder por ello toda relación con sus raíces.
Más al oeste, en la Quebrada de Humahuaca, el diablo anuncia otro modo de entrar en la fiesta. Su desentierro abre el carnaval y su entierro marca el cierre, hasta el regreso del año siguiente. En torno al Pujllay se encuentran tradiciones andinas, referencias agrícolas y elementos del calendario cristiano. El personaje concentra el permiso festivo para jugar y alterar por unos días la vida habitual. La relación con la Pachamama ayuda a comprender que la celebración también pertenece a una manera de vivir y agradecer la tierra.
El recorrido alcanza otra expresión en Corrientes, donde el antifaz acompaña el baile y el despliegue del carnaval. La memoria de las celebraciones de San Baltazar incorpora además una presencia afrodescendiente que merece lugar en esta mirada. Entre el rostro ritual chané y el antifaz de una bailarina hay funciones y experiencias diferentes. Reunirlos permite preguntar cómo cada comunidad construye la fiesta, qué recuerda en ella y qué formas encuentra para reconocerse.
Cuando contemplo estas piezas de mi colección, procuro no separarlas de las personas y las celebraciones que les dan sentido. Una máscara puede interesarnos por su belleza, pero comprenderla exige escuchar la historia que la acompaña. En Argentina, esos rostros nos acercan a memorias indígenas, andinas y afrodescendientes que amplían la imagen del país. Por eso comienzo este recorrido con ellos: porque mirar sus máscaras es también aprender a mirar a quienes durante tanto tiempo quedaron fuera del retrato.
Claudio Rama. Escritor y artista plástico.
UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias