Las mujeres como enemigas. Liliana Pertuy

14.03.2026

Una vieja estrategia del poder consiste en conseguir —o fabricar— un enemigo. El enemigo justifica la urgencia, habilita la beligerancia y suspende el raciocinio. En su nombre todo parece permitido: descalificar, imponer, disciplinar.

 

En tiempos atravesados por el miedo a lo extraño, la falta de reflexión y la creciente incapacidad de empatía, esa lógica se expande con facilidad. El diálogo se vuelve sospechoso, el debate se empobrece y el respeto por el otro se vuelve cada vez más frágil. En ese clima, incluso pequeños espacios de poder se ejercen con una violencia desproporcionada.

Una de las formas más comunes de esa violencia es la descalificación disfrazada de obviedad: "eso es tu opinión".

Aunque parezca un sinsentido, fui destinataria de ese destrato por parte de algún dirigente. Como si al hablar uno pudiera hacer otra cosa que emitir una opinión, salvo que esté citando a otro, transmitiendo un mandado o repitiendo el recado de un tercero. Pero el gesto no era ingenuo: repetir "esa es tu opinión" funcionaba como una forma de reducir, de poner en su lugar, de marcar jerarquías. El tono era el del rey ofendido porque una plebeya osa opinar frente al poder.

Dejé pasar unos días. Y llegó marzo.

Y con marzo llegó otra afrenta, esta vez más profunda, porque toca algo que para muchas de nosotras tiene una historia larga: pasados de lucha, presentes de resistencia y también la responsabilidad de cuidar el futuro. Una de las luchas más queridas para mí, junto con la memoria.

En estos días conversé con amigas y compañeras. En marzo solemos buscarnos, reconocernos, juntarnos -aunque sea simbólicamente- alrededor de nuestra hoguera. Intercambiamos análisis, reflexiones y también algunas pócimas necesarias para sobrevivir en un mundo que, cada tanto, parece volver a colocarnos al borde de la hoguera real.

En esas conversaciones apareció una coincidencia inquietante: hay una intención -y una intensidad- en colocarnos nuevamente en el lugar de enemigas.

Lo más preocupante es que esa lógica también se filtra en las filas amigas. Pequeños poderes se sienten habilitados para retar, rezongar, disciplinar, mandarnos al rincón.

Si quisiera decirlo en términos técnicos, podría hablar de violencia política basada en género: acciones u omisiones que buscan limitar o menoscabar el ejercicio de los derechos políticos de las mujeres.

Pero más allá de las definiciones, hay algo más evidente: la enorme cantidad de energía que las mujeres gastamos en defendernos.

Defendernos del adversario, sí. Pero también -demasiadas veces- de los "amigos".

Ese desgaste no es inocente. Termina siendo funcional al verdadero enemigo: aquel que necesita que volvamos a ocupar el lugar de "la otra", de la extraña, de la sospechosa permanente.

Porque hay algo que parece no cambiar: las mujeres seguimos siendo enviadas a la fila de las sospechosas cada vez que no hacemos lo que los señores esperan que hagamos.

Liliana Pertuy es socióloga, feminista. Militante por la memoria, la verdad y la justicia. Denunciante de terrorismo de Estado, caso menores detenidos en Treinta y Tres. Ciudadana y artista plástica.

Columnistas
2026-03-14T05:37:00

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