Lula contra Bolsonaro: la democracia no alcanza si no transforma. José W. Legaspi
20.10.2026
El debate brasileño expuso dos proyectos de país, pero también una debilidad de la izquierda: defender la democracia no basta si no ofrece un futuro diferente.
Hay elecciones en las que se discute quién administrará el gobierno durante los próximos cuatro años. Y hay otras en las que, detrás de los nombres y las disputas electorales, se enfrentan concepciones antagónicas de la sociedad, del poder y de la democracia. Brasil está atravesando una de estas últimas.
El debate del domingo 18 de octubre entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, transmitido por la televisión Bandeirantes, dejó bastante más que una sucesión de acusaciones, provocaciones y gestos calculados para circular en las redes sociales. Mostró las dificultades de una izquierda que debe defender sus conquistas sin resignarse a administrar el presente, y las posibilidades de una derecha radical que ha aprendido a convertir el descontento social en una herramienta política.
No sería serio afirmar que Lula ganó inequívocamente el debate. Tampoco que Bolsonaro consiguió imponerse. El encuentro tuvo momentos de confrontación política genuina, pero también demasiados episodios destinados a producir indignación, alimentar prejuicios y reforzar adhesiones previamente construidas.
El problema es que, mientras ambos candidatos se disputaban la iniciativa, millones de brasileños seguían esperando respuestas a preguntas bastante más elementales: cómo vivir mejor, cómo llegar a fin de mes, cómo trabajar sin agotarse y qué futuro pueden esperar sus hijos.
Y esas preguntas, antes que cualquier otra cosa, deberían ser el territorio natural de la izquierda.
La ultraderecha ya no necesita esconderse
Flávio Bolsonaro no compareció simplemente como el heredero de un apellido. Representó la continuidad de un proyecto político que ha sobrevivido a las derrotas electorales, a los escándalos y a las consecuencias de la gestión de Jair Bolsonaro.
Ese proyecto no puede explicarse únicamente por el autoritarismo de sus dirigentes. Tiene raíces sociales, culturales y económicas. Se alimenta de la inseguridad, de la frustración de sectores medios, de la precariedad de amplias franjas de trabajadores y de la desconfianza hacia las instituciones.
La derecha radical ha conseguido algo que las izquierdas latinoamericanas deberían estudiar con mayor atención: transformar problemas reales en explicaciones falsas, pero políticamente eficaces.
La delincuencia se convierte en argumento para reclamar un Estado cada vez más represivo. Las dificultades económicas se atribuyen exclusivamente al gasto público. La corrupción deja de ser un problema institucional para transformarse en una acusación selectiva contra los adversarios. Y la libertad se presenta como el derecho de los poderosos a desprenderse de las obligaciones que les impone la sociedad.
Durante el debate, Bolsonaro insistió en el endurecimiento penal, el combate a las organizaciones criminales y las denuncias de corrupción. También procuró instalar la preocupación por el endeudamiento de las familias y el costo de vida.
Sería un error que la izquierda despreciara estas preocupaciones por el solo hecho de que las utiliza la derecha. El problema no está en las preguntas que Bolsonaro formula, sino en las respuestas que ofrece.
Prometer reducciones extraordinarias de la deuda pública mientras se anuncian costosos mecanismos de alivio del endeudamiento privado puede ser una contradicción económica. Pero electoralmente tiene una ventaja: ofrece soluciones aparentemente simples a problemas complejos.
La demagogia no necesita ser coherente. Necesita resultar convincente.
Lula y los límites de defender lo conseguido
Lula llegó al debate con una fortaleza que su adversario no puede exhibir: una trayectoria de gobierno, políticas sociales reconocibles y una experiencia histórica vinculada a la ampliación de derechos.
Pero esa misma trayectoria contiene una dificultad. Después de tantos años de protagonismo, Lula ya no representa solamente la esperanza de un cambio. Representa también una parte considerable del sistema político que los brasileños conocen, valoran o rechazan.
Por eso no alcanza con recordar lo realizado. La defensa de los salarios, de la distribución de la riqueza, de las pequeñas empresas y de la inversión productiva conserva un enorme valor político. Sin embargo, una izquierda que se limita a reivindicar sus realizaciones corre el riesgo de ofrecer como futuro la prolongación del presente.
En el debate, Lula defendió su experiencia económica y mencionó inversiones vinculadas a la tecnología, la industria digital y la economía verde. Son orientaciones relevantes, pero todavía insuficientes si no se articulan en una propuesta comprensible de transformación productiva y social.
El contraste apareció con mayor claridad cuando la discusión se acercó al trabajo. La controversia sobre la jornada de seis días de trabajo por uno de descanso -la llamada escala 6x1- expresa una cuestión de fondo: quién se beneficia de los aumentos de productividad y cuánto de la vida de los trabajadores continúa subordinado a las necesidades de las empresas.
No se trata solamente de trabajar menos horas. Se trata de discutir cómo se distribuye el tiempo, la riqueza y el poder. Allí la izquierda puede recuperar una iniciativa histórica que nunca debió abandonar.
La democracia es indispensable, pero no suficiente
La defensa de la democracia constituye una diferencia fundamental entre Lula y el bolsonarismo. No es una cuestión secundaria ni un recurso retórico. Brasil conoce demasiado bien las consecuencias de la intolerancia política, el desprecio por las instituciones y los intentos de desconocer la voluntad popular.
Pero conviene introducir una distinción. La democracia es una condición indispensable para la transformación social. No es, por sí sola, la transformación social.
Un ciudadano puede defender las instituciones y, al mismo tiempo, estar convencido de que esas instituciones no consiguen mejorar su vida. Puede rechazar el autoritarismo y sentir que el crecimiento económico no llega a su salario. Puede valorar las libertades públicas y descubrir que sus hijos tienen menos oportunidades que las que él imaginó.
Cuando la izquierda no consigue responder a esas contradicciones, la ultraderecha encuentra un terreno fértil. El bolsonarismo disputa precisamente ese terreno.
No necesita demostrar que sus propuestas producirán una sociedad más justa. Le alcanza con convencer a una parte del electorado de que los responsables de sus frustraciones son otros: los políticos tradicionales, los movimientos sociales, las minorías o las instituciones que limitan el ejercicio del poder.
La izquierda, en cambio, tiene una obligación mayor. Debe demostrar que la democracia no solamente merece ser defendida, sino que puede convertirse en un instrumento eficaz para cambiar la vida de las mayorías.
El espejo latinoamericano
Sería cómodo considerar el debate brasileño como un acontecimiento exclusivamente nacional. No lo es. Brasil concentra una parte decisiva del peso económico, demográfico y político de América del Sur. Sus orientaciones internacionales, su política industrial, sus vínculos comerciales y su capacidad de articulación regional afectan directamente a Uruguay.
Pero existe otra razón para observarlo con atención. La izquierda latinoamericana atraviesa una crisis que no puede atribuirse solamente a la ofensiva conservadora. También debe examinar sus propias limitaciones.
Durante años, buena parte del progresismo identificó la responsabilidad de gobernar con la necesidad de moderar sus objetivos. La estabilidad económica pasó a presentarse como una finalidad suficiente. La administración eficiente desplazó progresivamente a la discusión sobre las relaciones de poder. Y la transformación social quedó subordinada a aquello que los mercados, las restricciones fiscales y las correlaciones políticas parecían permitir.
Es evidente que ningún gobierno puede ignorar esas restricciones. Pero reconocer los límites no significa convertirlos en un programa.
Rodney Arismendi insistía en la necesidad de comprender las condiciones concretas de cada país para construir procesos de transformación posibles. Esa perspectiva no suponía renunciar al horizonte estratégico, sino encontrar los caminos políticos capaces de acercarse a él. La cuestión sigue siendo actual.
Una izquierda que promete lo imposible pierde credibilidad. Pero una izquierda que solamente promete lo posible dentro del orden existente termina perdiendo identidad. En Uruguay conocemos esa tensión. También aquí el progresismo enfrenta el desafío de demostrar que gobernar no consiste únicamente en administrar mejor, sino en modificar gradualmente las estructuras que reproducen la desigualdad.
El peligro de una victoria sin horizonte
Las encuestas muestran una elección brasileña extraordinariamente disputada. Eso obliga a abandonar cualquier triunfalismo. Lula puede ganar. Bolsonaro también. Pero hay una pregunta que seguirá siendo válida cualquiera sea el resultado del 25 de octubre. ¿Qué significa hoy una victoria de la izquierda?
Si significa impedir que la ultraderecha controle el Estado, será una conquista importante. Si significa preservar derechos amenazados, también. Si permite mantener espacios democráticos desde los cuales organizar nuevas transformaciones, su importancia será todavía mayor.
Pero si después de ganar todo vuelve a reducirse a la gestión económica, a los equilibrios parlamentarios y a la prudencia administrativa, la ultraderecha encontrará nuevas oportunidades. Porque el descontento que la alimenta no desaparece con una derrota electoral.
El debate entre Lula y Flávio Bolsonaro mostró dos proyectos enfrentados, pero también dejó expuesta una contradicción que atraviesa a las izquierdas contemporáneas. Para derrotar a la ultraderecha es necesario defender la democracia. Para impedir que vuelva, es necesario transformar las condiciones que hacen posible su crecimiento.
La izquierda no puede conformarse con ser la alternativa menos peligrosa frente al autoritarismo. Tiene que volver a ser la alternativa más convincente frente a la injusticia.
Porque el problema no es solamente evitar que la derecha destruya el futuro. Es que la izquierda vuelva a tener uno para ofrecer.
José W. Legaspi