Lula dio vuelta la elección donde Bolsonaro creía tenerla ganada. José W. Legaspi
27.10.2026
La remontada no se explica solamente por el Nordeste: Minas Gerais cambió de ganador, Lula revirtió resultados en 213 municipios y la participación aumentó casi dos puntos.
La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil no fue simplemente la de quien obtuvo más votos. Fue la de quien consiguió modificar una correlación de fuerzas que, tres semanas antes, parecía desfavorable. El resultado definitivo del Tribunal Superior Electoral es contundente: Lula obtuvo 64.256.232 votos (51,79%) frente a los 59.826.041 (48,21%) de Flávio Bolsonaro. Una diferencia de 4.430.191 sufragios.
En la primera vuelta, Bolsonaro había aventajado al presidente por 2.224.965 votos. Entre ambas elecciones, la diferencia se desplazó más de 6,6 millones de votos. ¿Qué ocurrió? ¿Dónde se modificó el resultado? ¿Qué papel desempeñaron quienes no habían votado en octubre?
Las respuestas muestran que el bolsonarismo conserva una enorme fuerza política, pero también que sus fronteras electorales no son infranqueables.
Minas Gerais: donde cambió la elección
De las 27 unidades federativas brasileñas, solamente Minas Gerais cambió de ganador. No es un estado cualquiera. Con aproximadamente el 10% del electorado, Minas constituye uno de los territorios decisivos de Brasil, tanto por su población como por su diversidad económica y social.
En la primera vuelta, Bolsonaro había obtenido allí 5,78 millones de votos, frente a los 5,19 millones de Lula. Una ventaja cercana a 589.000 sufragios. Tres semanas después, Lula consiguió revertirla.
Minas demuestra que la segunda vuelta no fue una simple reproducción de las preferencias anteriores. Hubo electores que cambiaron su voto, otros que optaron por uno de los finalistas después de apoyar a candidaturas eliminadas y ciudadanos que volvieron a participar. No sabemos individualmente cómo votó cada grupo, pero sí que el resultado colectivo se modificó.
La enseñanza es evidente: una elección no se gana solamente consolidando a los convencidos. También exige disputar a quienes dudan y a quienes no se identifican plenamente con ninguno de los proyectos enfrentados.
La remontada tuvo nombre de ciudades
El cambio resulta todavía más significativo cuando descendemos a los municipios. Según un relevamiento de CNN Brasil, Lula mejoró su posición relativa frente a Bolsonaro en 5.389 municipios, el 96,7% del total. Además, consiguió imponerse en 213 municipios donde había perdido la primera vuelta. Entre ellos aparecen dos capitales: Río de Janeiro y Macapá.
En la ciudad de Río de Janeiro, Bolsonaro había ganado inicialmente por unos 138.000 votos. En la segunda vuelta, Lula obtuvo 1.898.391 sufragios frente a 1.785.198 de su adversario: una ventaja superior a 113.000. El desplazamiento del margen electoral fue de aproximadamente 251.000 votos.
Y ocurrió precisamente en uno de los principales territorios políticos del bolsonarismo. También cambiaron de ganador municipios importantes de São Paulo, Minas Gerais y otros estados.
La conclusión es significativa: Lula no ganó solamente donde ya era fuerte. Consiguió mejorar su desempeño incluso donde continuó siendo minoritario. La izquierda amplió sus fronteras electorales sin abandonar sus principales bases sociales.
Los electores que volvieron a votar
Otro elemento decisivo fue la participación. En la primera vuelta, la abstención alcanzó el 21,08%. En la segunda descendió al 19,22%. Casi tres millones de ciudadanos adicionales concurrieron a las urnas. Es un fenómeno relevante porque las segundas vueltas suelen registrar cierto desgaste participativo, especialmente entre quienes habían apoyado a candidatos eliminados. Esta vez ocurrió lo contrario.
Lula sumó aproximadamente 10,38 millones de votos respecto de la primera vuelta, mientras Bolsonaro incorporó unos 3,72 millones. La diferencia de crecimiento fue decisiva.
Esa expansión pudo combinar transferencias de votos de candidaturas eliminadas, mayor participación, reducción de votos blancos y nulos y cambios de preferencia. La política no puede reducirse a una operación aritmética, pero tampoco puede prescindir de ella.
El Nordeste sostuvo, pero no alcanzaba
Sería imposible comprender la victoria de Lula sin reconocer el papel del Nordeste. Sus nueve estados volvieron a acompañarlo. Allí permanece una parte fundamental de la base social del lulismo, construida durante décadas de políticas de inclusión, ampliación de derechos y reducción de la pobreza.
Pero el Nordeste, por sí solo, no explica la remontada. Lula necesitaba crecer fuera de sus territorios tradicionales. Y lo consiguió. En São Paulo mejoró su desempeño en importantes centros urbanos, aunque Bolsonaro conservó la victoria estadual. En Río de Janeiro, la recuperación fue todavía más visible. En Minas Gerais, alcanzó para cambiar el ganador.
No se trató de sustituir una base electoral por otra, sino de ampliarla. Esa diferencia es fundamental para cualquier izquierda que aspire a gobernar y transformar.
Ganar una elección no significa conquistar la hegemonía
Sería un error interpretar el resultado como la desaparición del bolsonarismo. Flávio Bolsonaro obtuvo el 48,21% de los votos válidos. Casi la mitad de los brasileños que votaron por alguno de los candidatos eligió una alternativa radicalmente distinta de la representada por Lula.
Brasil continúa profundamente dividido. Conquistar el gobierno no equivale necesariamente a construir hegemonía. La victoria electoral permite ejercer el poder institucional, pero no garantiza transformar las relaciones económicas, sociales y culturales que sostienen a los adversarios.
La reelección de Lula plantea, por tanto, una responsabilidad mayor: demostrar que la democracia puede mejorar concretamente las condiciones de vida y ofrecer horizontes de futuro. Porque derrotar electoralmente a la derecha radical no significa eliminar las causas de su crecimiento.
Una enseñanza para la izquierda latinoamericana
Durante demasiado tiempo, sectores progresistas latinoamericanos parecieron aceptar que el avance de las derechas radicales constituía una tendencia irreversible. Brasil demuestra que esa conclusión era prematura. El electorado no es una realidad inmóvil. Las identidades políticas importan, pero no determinan para siempre las decisiones ciudadanas.
Lula consiguió ampliar su apoyo cuando más lo necesitaba. Pero su triunfo tampoco debería alimentar la complacencia. La izquierda necesita ofrecer algo más que la derrota electoral de la derecha: reconstruir expectativas, mejorar las condiciones materiales de vida y recuperar la capacidad de transformar la sociedad.
De lo contrario, corre el riesgo de ganar elecciones sin modificar las condiciones que permiten el crecimiento de sus adversarios.
La gran enseñanza brasileña está en cómo se produjo la remontada: disputando territorios adversos, ampliando apoyos y en una elección con mayor participación.
El bolsonarismo creyó que la primera vuelta había mostrado los límites del lulismo. La segunda demostró que aquellos límites podían desplazarse. Porque incluso en una sociedad profundamente polarizada, la historia no está escrita de antemano. Y los pueblos siguen teniendo la capacidad de modificar aquello que parecía decidido.
José W. Legaspi